F. Murray Abraham, Gary Busey y William McNamara en una escena de la película 'Juego de supervivencia' (1994)

F. Murray Abraham, Gary Busey y William McNamara en una escena de la película 'Juego de supervivencia' (1994)

Cine

La caza humana como deporte en los libros y el cine: cuando todo está permitido, incluso el asesinato

La práctica de esta monstruosa actividad se ha convertido en uno de los más repetidos y eficaces arquetipos de la ficción moderna. 'El trofeo', la novela reciente de Gaea Schoeters, nos anima al recuento.

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Hunter White, protagonista de la novela El trofeo (Seix Barral), del periodista y escritor belga Gaea Schoeters, no se llama así ("Cazador Blanco") por casualidad. Más allá de la broma implícita en su nombre, no es simplemente un hombre poderoso enamorado de la caza. Es un urbanita inmerso la mayor parte del tiempo en un mundo moderno y elitista de brokers, inversiones millonarias y negocios para quien la caza representa la única manera de escapar, de reencontrar lo que considera la esencia de su humanidad, de su personalidad, de su virilidad.

Sus expediciones programadas y legales al África actual para cazar los animales salvajes más peligrosos, con los que se mide en una lucha de resistencia, astucia y valor, están llenas de un romanticismo idealizado. Romanticismo que esconde oportunamente tanto las ventajas de que goza siempre el moderno cazador como el sadismo latente bajo su aparente capa de deportividad y nobleza.

La imaginación de Hunter está plagada de recuerdos impostados del África ancestral, vista siempre a través del ojo colonizador occidental. Sus emociones son tan literarias como viscerales. Deben más a Frederick Selous, el auténtico Allan Quatermain, o a Hemingway que a la sangrienta realidad que las excita y motiva de forma inconfesa.

Schoeters, escritor inteligente, nos ofrece una visión compleja del tema desde ángulos insospechados, como el hecho de que sin las cacerías legales la mayoría de animales cazados se extinguirían. Paradójicamente, la caza mayor legalizada garantiza la supervivencia y protección de sus presas, en un perverso ciclo económico totalmente amoral.

El protagonista de El trofeo es capaz de verse como un benefactor no solo de sus presas, sino de todo el sistema que sustenta las vidas de quienes dependen del negocio de la caza, incluyendo nativos y profesionales africanos, blancos o negros. Al fin y al cabo, Hunter es un hombre civilizado. ¿O no? ¿Qué distancia hay entre el noble cazador y el vil depredador? ¿Entre el deporte de élite y el abuso de poder? ¿Entre la caza… y el asesinato?

En cierto momento, Hunter, hipnotizado por el espectáculo de unos jóvenes nativos cazando con arcos y flechas en plena naturaleza, sufre una repentina iluminación: al ver a uno de ellos a través de la mira de su rifle. "...Por un instante, en vez de ver a un ser humano, ha visto un espléndido y codiciable trofeo". A partir de ese momento, comienza un juego diferente.

El juego más peligroso

La idea de la caza humana como deporte o diversión, generalmente para satisfacer la sádica desidia de aristócratas de antaño y plutócratas de hogaño, se ha convertido en uno de los más repetidos y eficaces arquetipos de la ficción moderna. Su origen se encuentra en El malvado Zaroff (1932), la película de Irving Pichel rodada prácticamente al mismo tiempo que King Kong (1933).

Basada en el relato corto "The Most Dangerous Game" de Richard Connell, publicado en 1924, su historia de un noble ruso psicópata que da caza en su isla privada a los náufragos que acoge se convertiría en modelo a repetir con ligeras variaciones a lo largo de décadas, en remakes como Bloodlust! (1961), películas de acción como Blanco humano (1993) de John Woo, Juego de supervivencia (1994) o La isla de los condenados (2007).

Filmes de horror como 31 (2016) de Rob Zombie, Noche de bodas (2019) y su secuela o La caza (2020), y parábolas políticas como la brasileña Bacurau (2019), entre otros muchos ejemplos, alguno tan psicotrónico como el porno softcore de Jesús Franco Tender Flesh (1998).

La ciencia ficción se apodera del concepto expandiéndolo hasta lo global, conectado no solo con la idea de la riqueza y el supremacismo de las élites, sino con la del mundo del espectáculo y un nuevo sadismo de masas, manipulado para goce y consuelo de las clases populares.

En 1953, Robert Sheckley publica su cuento "La séptima víctima", sobre un concurso de supervivencia en el futuro próximo, que dará lugar al clásico italiano de ciencia ficción pop La víctima número diez (1965), del siempre político Elio Petri, y a la francesa El precio del peligro (1983) de Yves Boisset. Pero el modelo será seguido, imitado y ampliado hasta el exceso.

Stephen King publicará en 1982 The Running Man, basada en la misma idea y llevada ya dos veces también a la pantalla, como Perseguido (1987) con Arnold Schwarzenegger y como la reciente The Running Man (2025). Entre medias, Series 7 (2001) presenta un programa televisivo que enfrenta a muerte a sus concursantes, mientras la comedia Jackpot! (2024) inventa una lotería donde el ganador puede ser asesinado por cualquiera durante 24 horas, para apoderarse de su premio.

Otra variante derivada son los espectáculos deportivos ultraviolentos donde todo está permitido, incluido el asesinato. El relato "The Racer", publicado por Ib Melchior en 1956, da la salida (nunca mejor dicho) a las carreras futuristas mortales de La carrera de la muerte del año 2000 (1975), sátira de Paul Bartel, así como a la franquicia iniciada por Death Race (2008) de Paul W. S. Anderson, sin olvidar las dos Rollerball, de 1975 y 2002, entre infinitas variaciones más.

¿Ficción o realidad?

Pese a las muchas diferencias que ofrecen estos y otros ejemplos, de la saga distópica juvenil Los juegos del hambre (iniciada en 2012) a la saga distópica adulta inaugurada al año siguiente por The Purge; de comedias negras como Un tío llamado Peste (1997) a wésterns oscuros como The Duel (2016) o filmes asiáticos como la saga japonesa de Battle Royale (2000) y el camboyano The Prey (2018), los elementos originales de El malvado Zaroff, siguen bien presentes en ellos.

Todo gira siempre alrededor del abuso de poder, ya sea ejercido por individuos concretos –ricos sociópatas perversos–, por asociaciones secretas formadas por millonarios, o bien por grandes corporaciones del mundo del espectáculo e incluso por gobiernos que utilizan la caza humana como medio de control, compensación y distracción para sus desgraciados ciudadanos. ¿Por qué funciona tan bien esta idea? Naturalmente, porque puede ser cierta.

Ciudadanos huyendo de los disparos de francotiradores durante el asedio de Sarajevo. Foto: DPA

Ciudadanos huyendo de los disparos de francotiradores durante el asedio de Sarajevo. Foto: DPA

Como las snuff movies –con las que van de la mano–, las cacerías humanas son un persistente rumor que nos acompaña desde siempre. En países donde la vida humana vale poco o nada. En situaciones extremas, como la guerra de los Balcanes –se dice que entre 1992 y 1996 el ejército bosnio organizaba "safaris humanos" en Sarajevo–, o incluso en nuestras grandes urbes, donde abundan la pobreza y las diferencias de clase y el dinero puede comprarlo todo. Incluso la vida.

Vagabundos, discapacitados, presos comunes, migrantes, enfermos terminales, huérfanos o parados. Todos pueden ser presas, todos pueden ser tentados para convertirse en participantes de juegos mortales, a cambio de la promesa de dinero, bienestar, poder o libertad. Algo que solo pueden otorgar aquellos a quienes les sobra. ¿No se basan en el mismo principio los reality shows?

Quizás se trate sólo de un mecanismo de ficción compensatorio, que nos permite vengarnos vicariamente de quienes manejan el mundo a nuestra costa. ¿O es ya otra realidad distópica más, modelada sobre nuestros peores deseos y pesadillas? Como dijo Julio Verne, aunque quizá pensando en otra cosa: "Todo lo que una persona puede imaginar, otros podrán hacerlo realidad".