La sonrisa de Smetana

La sonrisa de Smetana

Qué raro es todo!

La sonrisa de Smetana en 'La novia vendida'

El espectáculo que ofrece estos días el Real invita al público a disfrutar, predomina lo liviano y lo entretenido.

Más información: 'La novia vendida': Dios, cerveza y ruralismo checo protagonizan este singular acontecimiento en el Real

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El Teatro Real ha encadenado con éxito esta primavera dos óperas sonrientes: El sueño de una noche de verano de Britten y La novia vendida de Smetana. No digo cómicas, ni bufas, sino sonrientes: por encima de las seriedades que sin duda contienen, predomina en ellas lo liviano y lo entretenido. Se agradece.

La ópera nació profunda, con Monteverdi, pero en seguida encontró la manera de sonreír. Se agradece también la labor de los respectivos directores de escena, Deborah Warner y Laurent Pelly, que acertaron con el tono. Además, decidieron contar la historia contenida en el libreto y la partitura y no, como a menudo pasa, otra diferente.

En La novia vendida asistimos a la concertación de matrimonios por parte de padres o tutores, universal hasta hace poco y frecuente todavía en medio mundo, pero, al igual que sus antecesores Beaumarchais, Da Ponte y Mozart, Karel Sabina y Bedřich Smetana hacen que los poderosos y las tradiciones se rindan ante el ingenio y la astucia de los enamorados. Resistencia a la tradición y, además, al imperio.

En La novia vendida se oye nítidamente la intención de Smetana de constituir una ópera nacional, bohemia, emancipada de la imperial Viena y capaz crecer en rama aparte, separada del imponente tronco italogermánico. Una aspiración análoga, la de una ópera viable en español, vivía, sin mucha esperanza, en nuestros maestros del XIX. Pero el espectáculo que ofrece estos días el Real pasa por encima de estas honduras e invita al público a disfrutar.

La obertura, que es briosa y difícil para la cuerda, instala desde el primer compás un aire folk y un ambiente disfrutón. La novia vendida avanza con vocalidad atractiva y original entrelazada con gaitas, pastorales, furiantes, polcas y marchas circenses.

Natalia Tanasii (la novia) en bici con su pretendiente. Foto: Javier del Real

Natalia Tanasii (la novia) en bici con su pretendiente. Foto: Javier del Real

Entre las voces destacó la de la soprano moldava Natalia Tanasii (la novia), luminosa, homogénea, a la vez fresca y sólida y siempre musical. Las buenas facultades vocales del tenor esrilanqués-estadounidense Sean Pannikar (el novio) compensaron su actitud escénica, a menudo ingenua.

Destacaron también los intérpretes de los tres papeles abiertamente cómicos: el tenor granadino Moisés Marín (el pretendiente), el bajo-barítono austriaco Martin Winkler (el casamentero), cuya vis cómica hizo olvidar sus carencias en el grave, y la madrileña Rocío Pérez (Esmeralda), de doble talento como soprano y bailarina.

Laurent Pelly basa su propuesta escénica en el movimiento de masas, lo que le lleva a quitar de en medio la escenografía (colgándola, digamos, del techo) y poner a prueba al Coro Titular que, además de cantar en checo, se ve en la tesitura de tener que moverse con gracia. Brilló en ambos cometidos.

También la orquesta, que se lució desde la obertura hasta el final. Responsable del éxito de cuanto sonó fue el maestro Gustavo Gimeno, atento siempre a todo.