Victor Hugo y Bertrand Russell

Victor Hugo y Bertrand Russell .

Entreclásicos

Viejos y rebeldes: de Victor Hugo a Bertrand Russell

Luchar durante la vejez contra los abusos y la pobreza no es una forma de senilidad, sino la prueba de que el corazón permanece despierto.

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En 1875, el jurista y académico francés Anselme Polycarpe Batbie escribió una frase que se ha parafraseado hasta la saciedad y, en no menor medida, hasta la necedad: "Aquel que no es republicano a los veinte años hace dudar de la generosidad de su alma; pero aquel que, después de los treinta, persevera, hace dudar de la rectitud de su mente".

En esas fechas, ser republicano significaba adscribirse a la oleada revolucionaria que había recorrido Europa durante 1848, logrando poner fin al absolutismo. Con el tiempo, la frase de Batbie se convirtió en un lugar común con una fórmula más simple: "Aquel que no es revolucionario de joven, carece de corazón, pero el que sigue siéndolo en la vejez, ha perdido la razón".

Se llegó a atribuir la frase a Churchill, pero no hay ningún registro que lo confirme. Personalmente, creo que es una frase desafortunada y bastante desalentadora. De hecho, los filósofos, intelectuales y escritores que han adoptado actitudes rebeldes e inconformistas en su vejez han pasado a la historia como una poderosa inspiración y los que han realizado la trayectoria inversa han decepcionado profundamente a los que se acercaron a su obra cuando abogaban por un mundo más humano y solidario.

En su juventud, Victor Hugo elogió el absolutismo monárquico y el catolicismo tradicional, pero su contacto con el Romanticismo le acercó al liberalismo y al parlamentarismo. Su cambio de perspectiva lo convirtió en un defensor de la educación pública y la abolición de la pena de muerte.

Su alejamiento del conservadurismo se acentuó con su exploración de los bajos fondos de París para documentar sus novelas. Allí conoció de cerca la pobreza de la clase trabajadora y el sufrimiento de las familias que no podía escolarizar ni alimentar decentemente a sus hijos, lo cual le conmovió y escandalizó.

Cuando se produjo el estallido revolucionario de 1848, la brutal represión del gobierno motivó su ruptura definitiva con cualquier forma de tradicionalismo. Tras el golpe de Estado de Luis Napoleón Bonaparte, se exilió y escribió su obra cumbre, Los miserables, un verdadero grito de protesta contra la injusticia social y el sistema penitenciario, particularmente cruel e inhumano.

Visionario y revolucionario, se convirtió en la voz de los excluidos y exigió medidas radicales para proteger a la infancia y las mujeres. Volvió a Francia en 1870 con la caída del Segundo Imperio. Aclamado como un héroe nacional, se pronunció a favor de la unidad de Europa para superar definitivamente la amenaza de la guerra y las grandes desigualdades sociales.

Nos dejó frases memorables que conservan intacta su vigencia, como "abrid escuelas y cerraréis prisiones". Utópico pero no ingenuo, siempre creyó que el bien común era una meta realista: "La miseria es una enfermedad del cuerpo social, como la lepra lo fue del cuerpo humano; puede desaparecer".

Con una óptica similar a la de Diderot, afirmó que la enseñanza no es simple instrucción, sino el camino hacia la dignidad, la paz social y el bien: "Cada niño al que se le enseña es un hombre que se gana". Optimista y enérgico, anticipó un futuro más equitativo y democrático en una Europa que aún se resistía al cambio. "No se puede detener la marcha de las ideas", aseguró, adhiriéndose a la confianza kantiana en el progreso moral de la historia.

Bertrand Russell nunca fue un reaccionario, pero sus orígenes aristocráticos le situaron en sus primeros años en la esfera del liberalismo y el utilitarismo. Partidario de la libertad individual y el sufragio femenino, la Primera Guerra Mundial le reveló que la libertad solo era una filigrana retórica mientras persistieran las injusticias sociales.

Por ese motivo, abandonó el liberalismo para abrazar el socialismo y el pacifismo. Su beligerancia contra cualquier forma de belicismo le acarreó la pérdida de su plaza de profesor en la Universidad de Cambridge y una pena de seis meses de prisión. Tras viajar a la Unión Soviética y mantener una decepcionante charla con Lenin y Trotski, manifestó públicamente su desencanto con la revolución de Octubre y apostó por un socialismo totalmente democrático.

Frente al capitalismo y el comunismo soviético, defendió la autogestión y pidió el fin de la educación represiva en las escuelas, donde aún se utilizaban los castigos físicos. El ascenso de los fascismos le convenció de que el mal absoluto solo podía derrotarse mediante la fuerza y apoyó a los aliados durante la Segunda Guerra Mundial, pero sin abandonar su convicción de que el mundo debía seguir la senda del pacifismo.

Desde 1945 y hasta su muerte en 1970, luchó contra el imperialismo estadounidense y soviético, se involucró en los movimientos contra la carrera de armamentos, firmó con Einstein en 1955 un manifiesto contra las armas nucleares y exigió la creación de un tribunal internacional para juzgar los crímenes de guerra cometidos por Estados Unidos en Vietnam.

Su activismo político le costó ser encarcelado de nuevo a los 89 años, acusado de promover una manifestación masiva de desobediencia civil contra las armas nucleares. "Nunca te dejes silenciar", escribió Russell, cuyo credo político podría condensarse en una frase: "El socialismo, combinado con la libertad, ofrece una perspectiva de felicidad humana que el capitalismo nunca podrá proporcionar".

De nazi a pacifista

El pastor protestante Martin Niemöller (1892–1984) protagonizó una de las evoluciones políticas más radicales del siglo XX. De joven fue un reaccionario que añoraba al Káiser, pero con noventa años se había transformado en un revolucionario que flirteaba con el anarquismo. Se atribuye a Bertolt Brecht un breve poema que en realidad improvisó Niemöller en un sermón de 1946:

"Primero vinieron por los comunistas, y yo no dije nada porque no era comunista.
Luego vinieron por los socialistas, y yo no dije nada porque no era socialista.
Luego vinieron por los sindicalistas, y yo no dije nada porque no era sindicalista.
Luego vinieron por los judíos, y yo no dije nada porque no era judío.
Finalmente vinieron por mí, y ya no quedaba nadie para defender mi causa".

Comandante de submarinos durante la Primera Guerra Mundial, después de la derrota de Alemania Niemöller militó en organizaciones de extrema derecha. Antisemita y anticomunista, votó al Partido Nazi en 1924 y 1933 y describió a Hitler como un enviado de Dios para restaurar la moral cristiana y el orgullo nacional.

Su ruptura con el nazismo se precipitó cuando el régimen intervino la iglesia protestante para borrar las raíces judías de la Biblia y expulsar a los pastores de ascendencia judía. Niemöller fundó con Dietrich Bonhoeffer la Iglesia Confesante para preservar la independencia religiosa, pero siguió apoyando a Hitler en su política expansionista.

Al régimen le pareció intolerable el desafío, aunque solo afectara lo religioso y teológico, y Niemöller fue deportado en 1938 a Sachsenhausen y, más tarde, a Dachau como "prisionero personal" del Führer.

No fue liberado hasta 1945. Testigo directo de los crímenes del nazismo durante sus siete años en campos de concentración, manifestó su arrepentimiento por haber apoyado a Hitler y reconoció su responsabilidad personal en el ascenso de un régimen genocida.

A partir de ese momento, su pensamiento experimentó un giro radical. Durante la Guerra Fría, se opuso al rearme de Alemania Occidental y al despliegue de armas atómicas de la OTAN en suelo europeo. Además, acusó a Harry Truman de genocida por los bombardeos de Tokio, Hiroshima y Nagasaki, lo cual creó un fuerte malestar en Estados Unidos.

Más adelante, criticó la guerra de Vietnam y abogó por el diálogo entre los bloques para evitar un holocausto nuclear. "La guerra es un pecado contra Dios y contra la humanidad", afirmó, lamentando no haberlo comprendido cuando era joven.

Los ejemplos de Victor Hugo, Russell y Niemöller desmontan la asociación que suele hacerse entre inconformismo e inmadurez. El inconformismo no es una actitud juvenil, sino el fruto de una aguda exigencia moral. Rebelarse contra las injusticias cuando has conseguido éxito y estabilidad no suele proporcionar ventajas, sino graves problemas, como les sucedió a Victor Hugo, Bertrand Russell y Niemöller.

Luchar durante la vejez contra la desigualdad, los abusos y la pobreza no es un desvarío o una forma de senilidad, sino la prueba de que el corazón permanece joven y despierto, siempre dispuesto a movilizarse por las buenas causas.

Noam Chomsky, otro rebelde nonagenario, afirmó que el pilar de su pensamiento era cuestionar todo, no aceptar nada que no superara un examen crítico. Como buen anarquista, Chomsky solía repetir la frase de Bakunin: "La justicia es el resultado de sumar libertad e igualdad". Aunque siempre he sido escéptico con las frases con pretensión de universalidad, creo que esta reflexión soporta cualquier intento de refutación. Y, sobre todo, nos recuerda que el corazón suele tener mejores argumentos que la razón.