Antonio Banderas en los Elle Style Awards en Madrid.

Antonio Banderas en los Elle Style Awards en Madrid. Sergio R Moreno GTRES

Corazón

Antonio Banderas, 66 años: "De mi infancia recuerdo los guisos de mi madre, el gazpachuelo y las ensaladas malagueñas"

El actor malagueño rememora su niñez en su ciudad natal junto a sus seres queridos.

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Detrás de la estrella internacional que conquistó Hollywood y se codea con las mayores celebridades del planeta, sigue intacto el corazón de un niño malagueño.

A sus 66 años, Antonio Banderas no olvida de dónde viene ni quiénes forjaron su carácter.

Lejos de las alfombras rojas y los focos, los recuerdos más vividos de su niñez huelen a sofrito tradicional y suenan al taconeo sobre la madera de un cine de barrio.

Nacido en agosto de 1960, el actor creció en el seno de una familia trabajadora de clase media en la Málaga de la época.

Sus padres, José Domínguez, policía de profesión, y Ana Bandera, profesora de instituto, le inculcaron valores de esfuerzo y humildad que aún hoy vertebran su vida.

Para Banderas, hablar de su infancia es hablar del talento culinario de su madre, fallecida en 2017 pero siempre presente en su memoria.

El actor se emociona cada vez que viaja mentalmente a la cocina de su casa.

Los recuerdos culinarios de Banderas

"Cuando era niño, mi hogar olía a guisos de mi madre. A gazpachuelo y ensaladas malagueñas con naranja, bacalao y aceituna negra", recordaba el malagueño.

Era una época de platos humildes, donde el ingenio y el cariño suplían cualquier otra carencia.

En su mesa nunca faltaba el ajoblanco en los días de calor o los "filetes de hígado, que ahora casi nadie come".

Pero si hay un plato estrella que el propio actor se ha llevado consigo hasta Los Ángeles para agasajar a compañeros como Penélope Cruz o Melanie Griffith, es la mítica paella mixta de doña Ana.

"La receta de la paella de mi madre es sencilla: tomate, pimiento verde y rojo, ajo, perejil, un buen caldo de pescado, gambas y un poco de pollo. Me conecta con mis raíces", aseguraba con orgullo.

Una herencia gastronómica sin florituras ni técnicas imposibles que ha convertido a Banderas en un cocinero empedernido cuando está lejos de su tierra.

Más allá del calor del hogar familiar, las calles de su barrio fueron el escenario donde se encendió la chispa de su vocación artística.

En la España de los años 60, el ocio infantil era muy distinto, y la gran pantalla era la mayor ventana al mundo.

"Había un cine-teatro muy cerca de mi casa y los domingos por la mañana hacían unas preciosas matinés para niños, y allí íbamos todos", rememoraba Banderas con nostalgia.

Ir al cine no era solo ver una película; era un evento social, un ritual donde las emociones se vivían a flor de piel de manera colectiva.

Uno de los recuerdos que el malagueño guarda con más cariño tiene que ver con la infraestructura de aquel modesto local y la pasión de su joven audiencia: "Allí vi la película de Titán, había un suelo de madero y todos golpeábamos con los pies cuando aparecían los héroes y cosas así".

Quién le iba a decir a aquel niño que pataleaba emocionado viendo aventuras épicas que, décadas después, él mismo se convertiría en el ídolo de millones de personas al enfundarse el traje de El Zorro.

Desde las calles de Málaga hasta la cima de Hollywood, Antonio Banderas sigue siendo el vivo reflejo de que los sueños que se gestan en la infancia, perfumados con el aroma del gazpachuelo materno, son los que llegan más lejos.