Image: El inquilino mutante

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Arquitectura

El inquilino mutante

3 junio, 2016 02:00
Enrique Encabo Inmaculada Maluenda

Sede del Registro de la Propiedad de Vigo. Fotografía: Héctor Santos-Diez/Bisimages

La nueva sede del Registro de la Propiedad de Vigo, de Jesús Irisarri y Guadalupe Piñera, es un proyecto paradójico: un edificio único con cinco caras distintas; un espacio privado, pero a la vez público; y, sobre todo, una rehabilitación que conjuga la historia en tiempo presente.

Quizá éste sea el momento de lo local. La cara B de la globalización podría incluir la ruptura con la uniformidad; un mercado infinito permite, también, iniciativas a pequeña escala que alientan la resistencia cultural desde los márgenes. Guadalupe Piñera (Madrid, 1960) y Jesús Irisarri (Vigo, 1958) están asentados desde 1989 en Vigo y representan, precisamente, esa variante del profesional que, desde la periferia, no renuncia a establecer lazos con la propia contemporaneidad sin alterar su radio de acción. Renuentes a cualquier querencia sentimental por lo autóctono, han realizado en su entorno inmediato -Pontevedra, como la faulkne- riana Yoknapatawpha- equipamientos portuarios, edificios universitarios o viviendas unifamiliares. En los últimos años, el patrón se ha extremado: uno de sus últimos encargos, el Colegio de Arquitectos de la ciudad (terminado en 2009), puede verse desde el portal de su casa; y la nueva sede del Registro de la Propiedad de Vigo, una rehabilitación recién concluida, queda a solo unos minutos andando de su estudio.

Fruto de un concurso en 2008, el Registro se imbrica en el casco viejo de Vigo, de características urbanas muy definidas: vías estrechas, altura uniforme y un material, el granito, que conforma el pavimento y, como si se alzara, los frentes de las calles. Pétreo por fuera y cristalino por dentro -una geoda- la actuación altera, durante el horario de oficina, la naturaleza del espacio público. El nuevo patio creado en el corazón de la manzana conecta las travesías que rodean al conjunto: la Rúa Real, paralela a la línea del mar, con las cotas superiores de la Rúa Alta y la Rúa Chao.

Es posible leer también la intervención de Irisarri y Piñera como manifiesto sobre la ambigüedad urbana: su patio privado es también fachada, y su exterior hace pensar hasta qué punto la trama histórica consiste en variaciones tonales sobre un mismo tema. El Registro, en realidad, es la suma de cinco construcciones convenientemente transformadas en un único edificio de oficinas. La heterogeneidad de los viejos alzados dialoga con un empeño indentitario apoyado en mínimos detalles, como el tratamiento de los huecos sin carpintería o el paisaje quebrado de las cubiertas. El borrado de la escisión entre los antiguos inmuebles, el recuerdo selectivo de sus trazas, no deja de ser irónica en un contenedor destinado a custodiar la memoria de las lindes. Al interior, el proyecto mantiene el gusto de sus autores por una paleta material limitada y plantea una serie de encuentros sin preámbulos, antes choque que junta: los nuevos planos de hormigón y vidrio actúan como líquido de contraste frente a los sillares de los antiguos muros de carga, pero reciben el mismo tratamiento desnudo; un collage compuesto por simpatía tectónica.

Irisarri y Piñera exploran aquí el tema de la rehabilitación, tan frecuente en los últimos tiempos. Una reiteración que puede entenderse como confluencia de dos circunstancias: la evidente crisis que induce a reaprovechar el legado, por supuesto, pero también el empeño por ligar de forma activa pasado y presente. Respeto sin reverencia, el truco consiste en entender la arquitectura como un proceso continuo, esquivar el prurito de los epitafios o, al menos, no caer en la ingenuidad de pensar que seremos nosotros quienes los escriban.