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El Cultural

William Klein, fotógrafo y todo lo demás

La aportación del fotógrafo al medio es sumergirse en la ciudad y considerarla en su conjunto como objeto de interés

18 junio, 2019 09:00

William Klein. Manifesto. Espacio Fundación Telefónica. Fuencarral, 3. Comisaria: Raphaëlle Stoppin. Hasta el 22 de septiembre

William Klein (Nueva York, 1928) es uno de los nombres fundamentales de la fotografía moderna. Pero creo que, como pasa con muchas obras que marcaron un punto de inflexión, hoy resulta difícil para el espectador apreciar su importancia. En la medida en que fueron pioneras e influyentes, como han contribuido de forma tan medular a la constitución de su lenguaje, ahora somos incapaces de pensarlo sin ellas. Esto sucede con Klein: su tema –la ciudad–, su punto de vista –rápido, pegado al motivo– y su lenguaje –alto contraste, desenfoque– nos resultan "naturales", los propios de la fotografía "moderna". La única forma a nuestro alcance de poner las cosas en su sitio es devolver esas obras a su tiempo y verlas en su entorno. Y si lo hacemos, nos encontramos con que sus contemporáneos, aunque habían desistido de hacer pasar la fotografía por una variante de la pintura, no habían exprimido todas las posibilidades exclusivas del medio.

El gran Cartier Bresson había publicado en 1952 su libro sobre el "instante decisivo", que fundamentaba lo fotográfico sobre el pilar de la instantaneidad. En la misma década, autores como Eugene Smith o Robert Frank habían convertido la ciudad y sus habitantes en el tema de sus fotografías… Sin embargo, todos ellos seguían buscando la excepcionalidad de la situación, la composición estética ¿Cuál es entonces la aportación de Klein? Pues sumergirse en la ciudad y considerarla en su conjunto y su cotidianeidad como objeto de interés. Y retratarla en su misma dinámica, rápida, azarosa, mezcla de vulgaridad y distinción, atendiendo a los rostros pero también a los signos, ya sean carteles o escaparates.

'Candy Store, Amsterdam Avenue', 1954

Lo que resulta para mí más interesante de esta exposición es que no sólo presenta con amplitud el trabajo fotográfico de Klein, sino su trayectoria completa, que abarca pintura, fotografía pintada y sus incursiones en el mundo del cine. Y visto con perspectiva histórica, descubrimos que en él se cruzan influencias de la poesía letrista con la estética del Nouveau Réalisme, una mirada crítica al mundo de la moda y lo que sería documentación sobre performances… En definitiva, un punto de vista en el que cristaliza la vibración de la cultura de su tiempo.

William Klein fue un niño inteligente y marginado (judío en un barrio irlandés), que a los doce años había convertido el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) en su segundo hogar. Otro dato importante es que se graduó en sociología, aunque quiso siempre ser artista. Por todo ello no es de extrañar que en cuanto se licenció del ejército pidiera una beca para instalarse en París. Fue alumno de Fernand Léger y sus primeros cuadros acusan su influencia. Pronto asimiló el lenguaje abstracto de Mondrian y la Bauhaus, pero también las artes gráficas tal y como las manejaba el artista multidisciplinar Max Bill. Explorando las posibilidades de abstracción y el movimiento, creó conjuntos de paneles giratorios que proporcionaban distintas perspectivas de una sola obra. Es entonces, en 1952, cuando empieza a utilizar la fotografía. Primero para reflejar esos experimentos, pero pronto de forma autónoma, cuando se da cuenta de que manipulando el negativo en el cuarto oscuro puede lograr interesantes composiciones abstractas. En una exposición que recogía el conjunto de sus trabajos, es descubierto por el editor de Vogue, que le propone regresar a Nueva York y trabajar con él para renovar las imágenes de la moda. Y vaya si lo consiguió. Llevando las modelos a la calle y fotografiándolas con teleobjetivos entre los transeúntes, abrió una puerta en su mundo exclusivo a la realidad común.

'Still Life + scale on potato masher', 1949

En paralelo a su trabajo "alimenticio", Klein empezó a fraguar la que sería su gran obra. Tras casi una década en Europa, Nueva York le parecía una ciudad fascinante y terrible a la vez. Armado con un gran angular y película rápida, se lanzó literalmente a la calle y sobre la multitud. El resultado es bien conocido: un retrato fiel y nada complaciente del espectáculo social que pronto se llamaría "La sociedad del espectáculo". Es un dato significativo que este trabajo, convertido en libro no encontró editor en los Estados Unidos. Así pues, New York se publicó por primera vez en Francia en 1952. Uno de los momentos más emocionantes de esta exposición es precisamente la colección de pruebas y maquetas originales del libro. Diseñado por Klein hasta sus últimos detalles, su estética, como confesó, era la del New York Daily News: "Vi el libro que quería hacer como un tabloide enloquecido… granulado, con un exceso de tinta y titulares que son como cuernos de toro". El descubrimiento de esa estética y el creciente reconocimiento de su trabajo orientaron su camino los años siguientes. Aprovechó propuestas laborales e invitaciones para fotografiar otras ciudades: Roma, Moscú y Tokio. Como podremos ver, aunque no tienen la familiaridad que las de su ciudad natal, estos otros retratos revelan también el alma de esas urbes.

Me quiero detener en un trabajo especialmente interesante, que es además una de las aportaciones inéditas. Se trata de los 'contactos pintados', intervenciones con trazo pictórico enérgico y colorista sobre contactos ampliados. Lo interesante no es sólo el resultado visual, sino la idea que subyace debajo: la imagen fotográfica no es un material inerte sino una matriz viva que puede seguir produciendo significados incluso décadas después de haberse disparado. Una lección de la que los fotógrafos actuales siguen aprendiendo.