Palacio de los Mencos: cuando el marqués es el guía y el vino, el final del recorrido

Palacio de los Mencos: cuando el marqués es el guía y el vino, el final del recorrido

Reportajes gastronómicos

Palacio de los Mencos: cuando el marqués es el guía y el vino, el final del recorrido

La visita al Palacio de los Mencos en Tafalla se convierte en un recorrido por siglos de historia familiar que termina, copa en mano, en una bodega detenida antes de la filoxera.

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No todas las casas históricas se visitan igual. Algunas se recorren como si uno caminara por un decorado bien conservado que podemos admirar siempre desde la distancia. Otras, en cambio, se habitan durante un rato, aunque sea como invitado. El Palacio de los Mencos, en Tafalla (Navarra), pertenece claramente a esta segunda categoría.

La experiencia empieza en su puerta principal, coronada por cadenas reales. No son un adorno, acreditan que por esa entrada pasaron reyes. Isabel de Farnesio, Fernando VII y María Amalia de Sajonia cruzaron ese mismo umbral. También Alfonso XII, el último monarca que durmió aquí, hace ya siglo y medio.

¿Y qué hay mejor que sentirse como parte de la historia durante un ratito? Más si la visita termina como más nos gusta en esta casa, con una cata de vino y embutidos propios, conociendo más a fondo lo que esconde las paredes de un lugar realmente fascinante...

Una casa grande… y muy apetecible en tiempos de guerra

El palacio se construye a finales del siglo XVI, cuando la familia Mencos decide levantar una nueva casa fuera del casco urbano de Tafalla. Y no lo hacen por capricho, sino por necesidad. “Necesitaban más cuadras, más bodegas, más graneros. La casa que tenían ya no daba más de sí”, explican durante la visita.

El resultado es una gran construcción que cumple perfectamente su función agrícola y residencial. Y que, precisamente por eso, se vuelve irresistible en tiempos convulsos. “Cada vez que ha habido una guerra, esta casa ha sido ocupada”, cuentan casi con resignación. Y no exageran.

Durante la Guerra de la Independencia, las tropas francesas instalan aquí la jefatura de división. Un mariscal de Francia convierte el palacio en su residencia y por estas estancias pasan generales y oficiales. Los franceses, según la documentación conservada, no lo maltratan.

La tragedia llega con la liberación: en 1813, al expulsar a las tropas napoleónicas del centro de Navarra, las tropas españolas prenden fuego al edificio “por si volvían los franceses”. El palacio arde. Se reconstruye. Y treinta años después vuelve a ser ocupado, esta vez durante la Primera Guerra Carlista.

Seis años de uso militar dejan la casa exhausta. Y aún queda más: en la Tercera Guerra Carlista, entre 1872 y 1876, el palacio se convierte en hospital de guerra. Aquí se instala el primer hospital de campaña de la Cruz Roja en España, por el que pasan heridos de enfrentamientos cercanos. Alfonso XII llega incluso a visitarlo.

No es la última ocupación: durante la Guerra Civil, vuelve a requisarse y se utiliza como escuela de suboficiales y posteriormente como cuartel de la Guardia Civil.

Desde su construcción, el edificio ha pasado de generación en generación. Ha sido restaurado, redecorado y vuelto a habitar tras cada conflicto. Tras la Guerra Civil, es el padre del actual propietario quien la recupera y emprende una profunda rehabilitación. La generación actual continúa ese trabajo, no solo para vivirla, sino para compartirla.

Retratos, tapices… y una vajilla que no entra en el lavavajillas

El recorrido por el interior avanza por salones amplios, escaleras recompuestas y estancias que conservan su función original. Hay retratos de antepasados con carreras militares, tapices que en realidad no son tapices, sino telas pintadas, y cuadros que han cambiado de lugar con los años para devolverles su contexto adecuado.

El comedor es una de las paradas inevitables. Allí se exhibe una gran vajilla de Pickman, perfectamente conservada. Nunca se usa. No por miedo a romperla, sino por una razón mucho más cotidiana: no se puede meter en el lavavajillas. “Para comer no se utiliza”, explican entre risas. En esta casa, la historia pesa, pero la vida diaria también manda.

Las historias se encadenan con naturalidad. Un retrato lleva a una batalla. Una escalera, a un incendio. Un escudo, a un convento colindante fundado por un almirante de la familia en el siglo XVI.

Todo se cuenta sin grandilocuencia, como si formar parte de la historia fuera algo asumido. Y es casi sin darte cuenta cuando descubres que quien va guiando la visita no es un historiador ni un guía externo. Es el propio Marqués de la Real Defensa. A su lado, su hijo Joaquín Mencos completa datos, añade matices... “Ya veis que mi padre y yo nos embalamos”, reconocen sonriendo.

El vino como obsesión familiar

La visita cambia de tono al bajar a la bodega histórica. Aquí el tiempo parece detenido. “Esto es una foto en el tiempo, una bodega prefiloxérica”, explican.

Y lo es, precisamente, porque cuando la filoxera arrasó con los viñedos, la familia decide no volver a plantar. Se dedican al cereal y la bodega queda congelada. Antes de eso, durante el siglo XIX, el vino fue una auténtica obsesión. Uno de los antepasados viaja constantemente a Burdeos y Bayona, observa los métodos franceses, experimenta, prueba.

“Era un apasionado absoluto del mundo del vino”, recuerdan. Está documentado que fue quien introdujo en Navarra el Cabernet Sauvignon y el Pinot Noir. Desde Madrid o Francia escribía cartas al administrador preguntando si ya se había elaborado.

En su momento de esplendor, la familia llegó a tener varias bodegas, en Tafalla, en San Martín de Unx e incluso en Burdeos. Los vinos se presentaban a concursos y obtuvieron premios importantes, como una medalla de plata en la Exposición Universal de París de 1889, firmada por la reina. “Tenemos premios muy interesantes”, dicen, casi restándoles importancia.

Las grandes barricas de roble que se conservan aquí, algunas del siglo XVIII, son testigos mudos de aquella época. “Si aquí se hubiera seguido produciendo vino, esto no existiría. Habríamos acabado con bodegas de cemento”, explican.

Del siglo XIX a la copa de hoy

La bodega ya no produce vino, pero el vino ha vuelto a la casa. No con una bodega propia, sino mediante una colaboración. “En Navarra hay mucha gente que hace bien el vino”, explican. Por eso, los vinos actuales de la casa, bajo la marca Marqués de la Real Defensa, se elaboran junto a una bodega de Olite, a partir de viñedos propios situados a pocos kilómetros de Tafalla.

Blanco, rosado lágrima y tinto forman parte de una producción pequeña, cuidada, que se presenta al final de la visita. La cata se completa con productos que no están aquí por azar. Hay chorizo de jabalí y salchichón de corzo, elaborados con animales de la finca familiar. “Ese jabalí es el que se comía las uvas”, comentan con humor.

También se sirve un aceite de oliva virgen extra de arbequina, Castillo de Monteagudo, producido por un pariente de la familia, el actual Marqués de San Adrián. Es cosecha temprana, sin filtrar, exprimido en frío y con un aroma intenso. “Hay muy poquito aceite de arbequina en Navarra”, recuerdan, reivindicando un producto aún poco conocido.

La bodega se utiliza hoy también para cenas, conciertos, catas y eventos. “La gente cruza ese arco y entra en otro mundo”, dicen. La acústica acompaña y el espacio, rodeado de barricas centenarias, hace el resto.

Desde 2012, el Palacio de los Mencos se abre al público de forma regular, tras un complejo proceso de adaptación a las normativas actuales. “Cumplir la normativa del siglo XXI en un edificio del XVI no fue fácil”, reconocen.

Pero permitió algo fundamental y eso era seguir compartiendo la casa. Y hacerlo como un lugar vivo, contado por quienes lo habitan a veces y lo conocen desde dentro.