Hoy quiero hablaros del kéfir. Se trata de un hongo de aspecto similar al de la coliflor, con gránulos pero es más blandito que proviene de la zona del Cáucaso desde tiempos antiguos. Existen dos tipos: el que se alimenta de agua y el que se alimenta de leche, aunque en realidad el hongo es el mismo, pero adaptado a distintos medios. Entonces, ¿por qué en el título os hablo de yogur, si en realidad es un hongo? Pues porque, en realidad, el producto que se obtiene es el agua o leche kefirada a la que comunmente se denomina kéfir sin más.

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Produce una reacción de fermentación a través de sus bacterias probióticas (Lactobacillus acidophilus) y levaduras dando lugar a un producto derivado de la leche, similar al yogur líquido, que es el propio kéfir. Éste yogur contiene minerales (como el calcio o el fósforo), vitaminas del grupo B (B1, B5, B9 y B12, biotina) y K y proteínas de fácil digestión, y además, contiene menos lactosa, por lo que es especialmente recomendable para intolerantes a la lactosa.

Por otro lado, es capaz de regenerar las bifidobacterias de nuestro cuerpo, esto es, las bacterias que se encuentran en nuestro intestino, siendo de gran ayuda para mejorar y regular nuestras digestiones, para tratar problemas de gastritis, estreñimiento o afecciones en el colon. Al producirse una fermentación en el proceso, el kéfir contiene alcohol (tranquilos, menos de un 1%). De hecho, se dice que en Rusia se utiliza como remedio para la resaca, aunque mejor seguir nuestros consejos para quitar la resaca.

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Preparar Kéfir fácil en casa

Son organinsmos vivos, por lo que van creciendo según van “comiéndose” la leche que le echemos. El proceso para obtener la leche kefirada o kéfir es el siguiente: en un recipiente con tapa (de cristal o de plástico, nunca de metal) se introducen unas 3 cucharadas colmadas de gránulos por litro de leche, que es recomendable que sea entera y del tiempo (y si es fresca, mucho mejor). A continuación, se debe dejar reposar a temperatura ambiente al menos 12 horas. Yo suelo dejarlo 24 horas, pues cuanto más tiempo lo dejemos, más ácido se pondrá. Una vez transcurrido ese tiempo, separamos el yogur del hongo a través de un colador no metálico, puede ser de plástico o de tela. Es posible variar la proporción de leche y gránulos: así, a más concentración de gránulos, más espeso será el yogur y viceversa.

El motivo de que no sea de metal es que puede no ser estable en un medio ácido, como el kéfir, y podría transferirle partículas nocivas. La leche kefirada se puede conservar en botellas de plástico en la nevera hasta 15 días. Se puede tomar con azúcar, con miel, en batido con frutos rojos y frutos secos, con chocolate, etc. Podemos incluso hacer queso de untar (colando la leche kefirada con un colador de tela para que suelte el suero) o curado. De hecho, a menudo sustituyo en mis bizcochos el yogur por  kéfir, y el resultado es buenísimo.

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Y si hay una cosa estupenda de éste producto es que de forma popular, se suele pasar de forma gratuita entre personas, pues al crecer bastante rápido, también produce muy rápido. Yo personalmente lo recibí de un familiar, pero existen webs como ésta en la que se distribuye de forma gratuita y directamente en casa, o se puede comprar en herboristerías. Es una forma muy económica de conseguir yogur, además de ser más beneficioso para la salud y más ecológico porque nos deshacemos de los envases plásticos de los yogures que compramos en las tiendas.

Si en algún momento no queremos producir más kéfir, podemos lavarlo bien y congelarlo en un recipiente de plástico. Cuando queramos volver a producirlo, se saca del congelador y se introduce en leche, deshechando el primer kéfir que obtengamos, y volviendo a echar leche para poder aprovechar la segunda tanda de forma normal. Si queremos ralentizar el proceso, podemos meterlo en la nevera para “adormecer” al hongo y que fermente más lentamente.

Fotografías: arcsi, luxomedia, anjuli_ayer