El dolmen de Menga

El dolmen de Menga

Ciencia

La 'cueva' Patrimonio de la Humanidad en España para recorrer a pie: hallan restos humanos con 1.000 años

Un estudio genético sobre inhumaciones medievales perfila la ascendencia de uno de sus ocupantes y reabre el debate sobre el uso simbólico de este monumento miles de años después.

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Las claves

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Hallan restos de un humano de más de 1.000 años en el dolmen de Menga, Patrimonio de la Humanidad en Málaga.

El análisis genético del individuo revela ascendencia mixta de la península ibérica, el norte de África y el Levante mediterráneo.

El enterramiento medieval, orientado hacia La Meca, muestra prácticas funerarias distintas a las de otras necrópolis islámicas cercanas.

El hallazgo refuerza la importancia simbólica y la reutilización del dolmen de Menga durante siglos en la historia del sur peninsular.

Una investigación, en la que participa la Universidad de Sevilla y que publica Journal of Archaeological Science: Reports, analiza dos inhumaciones de entre los siglos VIII y XI halladas en el atrio del dolmen de Menga. Solo uno de los individuos aportó ADN fiable.

Las dataciones sitúan ambos enterramientos entre los siglos VIII y XI, aunque todo apunta a que no fueron contemporáneos. De hecho, los autores estiman que sus inhumaciones pudieron haberse producido con aproximadamente dos siglos de diferencia.

El individuo analizado, un varón de más de 45 años, presenta una ascendencia diversa. El estudio de su ADN identifica una mezcla compatible con perfiles de la península ibérica, el norte de África y el Levante mediterráneo.

Los datos indican que su linaje mitocondrial comparte una mutación con individuos actuales de Marruecos y Argelia. El hallazgo sugiere conexiones biológicas en el Mediterráneo occidental, pero no permite trazar una continuidad directa entre poblaciones medievales y actuales.

Según los autores, este perfil genético encaja con la intensa movilidad humana entre el sur de Iberia y el Magreb. El análisis refuerza la idea de que el Estrecho fue, durante siglos, un espacio de contacto, intercambio y mezcla.

La presencia de estos restos en Menga refuerza la idea de que el monumento siguió teniendo un valor simbólico en época medieval. Los investigadores plantean que su reutilización funeraria no fue casual, sino parte de una memoria prolongada del lugar

Los arqueólogos plantean que el dolmen pudo funcionar como un lugar santo. Por su tamaño, su visibilidad y su arquitectura, Menga pudo percibirse como un espacio singular, comparable a ciertos santuarios rurales o ermitas de al-Ándalus.

Orientación hacia La Meca

El ritual funerario plantea interrogantes sobre las creencias de estos individuos. Aunque los cuerpos estaban orientados hacia el sureste, en dirección a La Meca, su alineación con el eje del dolmen resulta poco habitual frente a otras necrópolis islámicas del entorno.

Leonardo García Sanjuán, coautor del trabajo, señala que el enterramiento en la entrada de un monumento tan antiguo puede indicar una relación simbólica con el lugar. Esa ubicación sugiere una práctica funeraria distinta de la observada en cementerios islámicos cercanos.

Los investigadores recuerdan que la genética no equivale necesariamente a la religión. El contexto arqueológico apunta a una relación compleja entre prácticas islámicas y tradiciones locales, pero no permite fijar una interpretación definitiva sobre la identidad de los enterrados.

La elección del atrio de Menga para un entierro medieval refuerza la larga biografía del monumento. El estudio sitúa este episodio dentro de la reutilización de espacios prehistóricos en al-Ándalus y subraya la continuidad simbólica del enclave durante más de 5.000 años.

El Dolmen de Menga, integrado en el Conjunto Arqueológico Dólmenes de Antequera, Patrimonio Mundial, permite hoy recorrer el entorno del hallazgo. El lugar muestra cómo un monumento neolítico siguió teniendo significado social y funerario muchos siglos después de su construcción.

Este estudio refuerza a Menga como un enclave clave para entender la historia del sur peninsular. El análisis genético añade una nueva pieza a la biografía del dolmen y muestra la movilidad humana que caracterizó al Mediterráneo medieval.