Un cuadro de un dingo realizado por el pintor de animales británico George Stubbs.

Un cuadro de un dingo realizado por el pintor de animales británico George Stubbs. Nevill Keating Picture LTD

Ciencia

Australia tiene un perro del pasado todavía vivo: lleva teniendo el mismo ADN desde hace 2.700 años

El ADN antiguo revela que muchos dingos mantienen continuidad genética precolonial y que la hibridación con perros es más local de lo que se creía.

Más información: Logran clonar por primera vez a una loba ártica gestada por un perro beagle: esta es Maya

Publicada

Las claves

Un estudio genético revela que el dingo australiano ha mantenido una notable continuidad genética durante al menos 2.700 años.

El análisis de 42 restos antiguos demuestra que muchos dingos actuales no presentan mezcla significativa con perros domésticos, especialmente en poblaciones como las de K’gari.

La diferenciación entre linajes regionales de dingos existía miles de años antes de la llegada europea, sugiriendo barreras naturales antiguas.

La investigación destaca la importancia del dingo como depredador clave y cuestiona la creencia de que la especie está ampliamente hibridada con perros.

Durante años, el dingo ha vivido en tierra de nadie: icono cultural para unos, plaga para otros, y un perro mestizo en el imaginario popular desde la colonización europea. Un estudio con ADN antiguo le devuelve una identidad más nítida: continuidad genética y no mezcla masiva.

El trabajo analizó 42 restos de dingos hallados en Australia, con edades entre unos 400 y 2.746 años, y recuperó datos genómicos de alta calidad en una parte de ellos, incluidos nueve genomas. Esa serie sirve como línea base precolonial para comparar el presente.

Cuando esos genomas antiguos se cruzan con muestras modernas de dingo y con cientos de genomas de perros domésticos y lobos, la sorpresa es lo poco que se ha diluido el linaje. En particular, poblaciones como las de K’gari aparecen sin rastro de ascendencia canina reciente.

La conclusión derriba una idea muy extendida: que la mayoría de perros salvajes australianos serían híbridos generalizados. El estudio no niega que exista hibridación local, pero sostiene que, a escala continental, muchos dingos conservan una firma genética coherente con sus antepasados preeuropeos.

Ese matiz tiene consecuencias políticas. Si se asume que casi todo es mezcla, se debilita el argumento de conservar al dingo como unidad biológica singular. Si, en cambio, hay continuidad, la discusión pasa a ser de gestión: dónde controlar por daño al ganado y dónde proteger por su papel ecológico.

Un linaje estable

El ADN antiguo también aclara un misterio geográfico: la división entre dingos del oeste y del sureste no parece un producto moderno de la famosa “dingo fence”. Los linajes regionales ya estaban diferenciados miles de años antes, lo que apunta a barreras naturales y aislamiento prolongado.

En el plano histórico, el estudio refuerza que los ancestros del dingo llegaron a Australia hace más de 3.000 años, probablemente transportados por humanos que navegaban desde el sudeste asiático. No eran lobos nativos: eran perros que se asilvestraron y se adaptaron a otro continente.

Lo más sugerente es que la llegada quizá no fue un único episodio. Los autores detectan señales de afinidad particular entre dingos del este y el perro cantor de Nueva Guinea, lo que encaja con un escenario de rutas múltiples o contactos repetidos en la región.

Aquí conviene cuidar el lenguaje: no hablamos de pureza”como valor moral, sino de una referencia genética útil. En conservación, disponer de un punto de partida anterior a la colonización permite medir cuánto ha cambiado realmente una población y qué parte del cambio es reciente.

El estudio también pone en su sitio el argumento de se han mezclado tanto que ya da igual. Si la mezcla fuese masiva y uniforme, el ADN antiguo y el moderno se verían como un continuo borroso. Lo que aparece, en cambio, son linajes persistentes y estructura estable.

Esa estabilidad no convierte al dingo en una pieza de museo. En muchos ecosistemas australianos es un depredador de referencia, capaz de modular poblaciones de herbívoros y de influir en mesodepredadores introducidos. Por eso, en ecología su ausencia se teme por efectos en cascada.