Los antiguos anfibios marinos Erythrobatrachus.

Los antiguos anfibios marinos Erythrobatrachus. Museo Sueco de Historia Natural

Ciencia

Fósiles de 250 millones de años en Australia revelan que el mar se llenó de megadepredadores tras la gran extinción

Fósiles reeanalizados revelan dos anfibios marinos tras la gran extinción y apuntan a una recuperación global fulminante.

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Las claves

Fósiles encontrados en Kimberley, Australia, revelan que tras la gran extinción, el mar se llenó rápidamente de megadepredadores.

El estudio de restos perdidos confirma la presencia de al menos dos especies de trematosáuridos, no solo una como se pensaba inicialmente.

Uno de los depredadores identificados, Aphaneramma, muestra una rápida expansión global tras la extinción, con fósiles hallados en varios continentes.

Estos hallazgos demuestran que la vida marina recuperó complejidad y diversidad de forma veloz tras la mayor extinción conocida.

Hace 252 millones de años, el planeta salió tambaleándose de la mayor extinción conocida. En ese paisaje vacío y recalentado, la vida marina empezó a reconstruirse antes de lo que solemos imaginar. Y, con ella, llegaron nuevos depredadores a ocupar la cúspide.

La pista más reciente no viene de un hallazgo espectacular en campo, sino de fósiles “perdidos” durante décadas en colecciones. Restos excavados en los años sesenta y setenta en Kimberley, al noroeste de Australia, han cambiado de significado al reexaminarse.

En 1972, aquellos fragmentos de cráneo se atribuyeron a una sola especie: Erythrobatrachus noonkanbahensis. Con el tiempo, el material original se extravió, y el animal quedó como una rareza difícil de comparar. Hasta que apareció, por fin, en 2024.

El nuevo estudio, publicado en Journal of Vertebrate Paleontology, confirma que no era un animal aislado. Al analizar en detalle los huesos con técnicas de imagen 3D, los autores sostienen que el conjunto escondía al menos dos trematosáuridos distintos.

Uno es Erythrobatrachus, un temnospóndilo de aspecto cocodriliano, pariente lejano de anfibios modernos, capaz de alcanzar tamaños considerables. La reconstrucción sugiere un cráneo ancho y robusto. En el mar, eso suele significar potencia y emboscada.

Dos especies en vez de una

El otro protagonista pertenece al género Aphaneramma, con un hocico más largo y estrecho, pensado para capturar presas pequeñas y rápidas. Dos formas parecidas en tamaño, pero separadas por su ecología: mismo escenario costero, estrategias diferentes, competencia repartida.

Lo más llamativo es lo que implica Aphaneramma fuera de Australia. Sus fósiles aparecen en rocas de edad similar en Svalbard, el Lejano Oriente ruso, Pakistán o Madagascar. Esa distribución sugiere una expansión global rapidísima tras la crisis del Pérmico.

Esa velocidad encaja con una idea incómoda: la recuperación no fue un ascenso lento y uniforme. Hubo linajes que aprovecharon nichos libres y se propagaron por rutas costeras conectadas, en un mundo con continentes distintos, pero mares que permitían corredores biogeográficos.

El paper también reubica a los trematosáuridos en el relato mayor del Mesozoico. Sus fósiles aparecen en depósitos costeros formados menos de un millón de años después de la extinción, lo que los convierte en algunos de los primeros tetrápodos marinos reconocibles del nuevo mundo.

Que el registro del hemisferio sur aporte ahora diversidad es una pieza importante. Durante años, la historia de estos depredadores se escribió con sesgo norteño por simple disponibilidad de fósiles. Kimberley añade contraste: no era un apéndice, era parte del núcleo.

Estos anfibios marinos monstruosos representan: una biosfera que, tras tocar fondo, recuperó rápidamente complejidad, especialización y alcance planetario.