El principito y el planeta.
El niño dijo:
― Mamá, dibújame, quiero saber cómo soy.
― Pero hijo, si tienes ahí un espejo bien grande, de cuerpo entero ―dijo la madre―.
― Ya, pero en el espejo me veo del revés.
El diálogo podría haber continuado como el del piloto perdido en el desierto y esa vocecita que surgió en un despertar en medio de la arena y de la soledad infinita de saberse perdido:
― Por favor, dibújame un cordero.
Y entonces la madre podría insistir dibujando al niño que quería saber cómo era:
― Así no, mamá. Me dibujas demasiado pequeño.
O demasiado grande, o demasiado guapo, o demasiado niño, o demasiado mayor. Y la madre entonces podría desesperar como el piloto ante el Principito que ponía tantas pegas a su cordero.
― Bien ―dijo el piloto― Aquí lo tienes.
― ¿Qué es? ―dijo el Principito.
El piloto había dibujado una caja, con su tapa y unos agujeros en los lados.
― Esta es la caja ―dijo el piloto― Dentro está tu cordero.
El diálogo entre madre e hijo podría haber continuado así, aunque ninguno de los dos hubiera leído a Saint-Exupéry, porque las madres conocen las respuestas, y si no las conocen, las saben, que es más importante.
Y entonces la madre habría dibujado una casa. Una casita como siempre hemos dibujado de niños. Una casa con su tejadito, un par de ventanas cuadradas y una puerta con arco de medio punto. Tal vez una claraboya arriba, en un supuesto desván, y además un caminito que conduce a un jardín y algunos árboles.
Y el pequeño príncipe quedó muy satisfecho:
― Este es exactamente el cordero que quería. Y mira, ahora está dormido.
Y seguramente la madre, al mostrar la casita dibujada, no tendría que explicarle mucho más a su hijo, pues los niños también saben.
Releyendo a Paul Auster en su Diario de invierno me encuentro con este párrafo: Todos somos extraños para nosotros mismos, y si tenemos alguna sensación de quiénes somos es solo porque vivimos dentro de la mirada de los demás.
El autor escribe sobre lo desconocidos que somos para nosotros mismos. Físicamente, incluso, sin hablar aún de nuestro interior. Cómo nos vemos, lo poco que nos vemos, las partes de nuestro cuerpo que no vemos, etc. Y son los demás los que nos ven, de cuerpo entero, pero no en el espejo del niño que conocía muy bien la distorsión de un espejo, ese niño que quería saber cómo era. Y cómo nos movemos, cómo reímos o lloramos o hablamos. Nuestra voz grabada suele sernos extraña. En vídeo, en movimiento, nos sentimos a menudo ajenos a nosotros mismos. Difícil es conocerse a sí mismo. Sócrates siempre tuvo razón. Lo sabemos.