Mussolini
Según el actual Gobierno, la más mínima inclinación conservadora o cualquier discrepancia ideológica con el "progresismo" lo convierte a uno en un "fascista".
¿Esto qué nos dice? Ante todo, que maneja un concepto inveterado de gran utilidad instrumental. Así, el "antifascismo" se transforma en un imperativo moral ante el que cualquier otra consideración debe ceder. Añadir el prefijo "anti" da la seguridad de que uno posee lo más necesario y valioso para justificar una existencia "progresista": la seguridad de tener un enemigo. Esto autoriza poder excederse cuanto haga falta. Ya la victoria de Mussolini y luego de Hitler fue interpretada en 1935 por el secretario general de la Internacional Comunista, Dimitrov, como “la dictadura terrorista abierta de los elementos más reaccionarios”.
Pero en la polémica común de la época el fascismo como ideología rara vez se definía con precisión. Los comunistas, inventores de esta terminología vejatoria, lo describían como un virus, una enfermedad fatal que golpeaba inevitablemente a la "democracia burguesa" y la pudría. No se trataba, en realidad, de luchar solamente contra los fascistas claramente identificados, sino de arrancar las "máscaras del fascismo" dondequiera que se escondiese un crítico al promisorio mundo socialista. A saber, entre todos sus oponentes.
Porque aunque el discrepante no sea aún un fascista consumado, posee ya algunas de sus características enfermizas. Está en camino de convertirse irremediablemente en uno y es, por lo tanto, culpable de “hacerle el juego al fascismo”.
El proceso de "fascistizar" al oponente gozó desde entonces de gran éxito. Su utilidad, por grosera que parezca, es evidente. Por un lado, nunca es agradable ser insultado a diario. Es algo que, machaconamente, desestabiliza. Por otro, la invectiva y la descalificación moral establecen un clima de intimidación que disuade a muchos de oponerse firmemente a estos métodos. Y lo más importante: el opositor acusado de fascismo o de preparar el terreno para el fascismo -siendo la noción extensible hasta el infinito- ya no es un adversario que toca desbancar en buena lid política, sino un enemigo que debe ser vencido cueste lo que cueste en todos los frentes sociales.
Ahora bien, esa idea de "fascistizar" al contrario, ¿dónde tiene su guarida? En un solo sitio: en la cabeza del que la piensa y acusa.