El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, en el pleno extraordinario por la crisis de Ceuta.
Tras más de un mes de la invasión de Ceuta, y tras su reciente comparecencia en el Congreso de los Diputados, el presidente Pedro Sánchez insiste en negar evidencias, sembrando más dudas que certidumbres, y sin aportar soluciones rápidas y efectivas. Qué sencillo lo habría tenido de haber recurrido a colaboradores en algún momento cercanos y a otros recomendados por personas de su absoluta confianza. Todos ellos con una experiencia difícil de discutir y aún más difícil de olvidar.
(Antes de continuar, valga la precisión: la frivolidad e ironía de estas líneas se reservan para quienes, desde su responsabilidad y la comodidad de sus despachos, no saben, no pueden, o no quieren solucionar la crisis. Ceuta y los ceutíes, que padecen sus consecuencias, merecen todo el respeto, solidaridad y apoyo).
La coordinación general del operativo recaería en José Luis Ábalos, antiguo ministro de Transportes, secretario de Organización del PSOE y diputado ponente de la moción de censura que aupó a Pedro Sánchez a la Moncloa con la lucha contra la corrupción y la necesidad de regeneración ética como principales argumentos. Por supuesto, auxiliado por su equipo de secretarias Jesica, Claudia, Andrea y Nicoleta. Y con Víctor de Aldama como mano derecha y responsable de intermediación estratégica.
El control presupuestario quedaría bajo tutela de Santos Cerdán, respaldado por la pericia contable de Julito Martínez. De las contrataciones se ocuparía Tito Berni, con el soporte jurídico de Álvaro García Ortiz, para certificar que cada decisión es conforme a derecho, siempre pendiente de informe o susceptible de una interpretación más favorable.
Para administrar las construcciones de nuevas infraestructuras el perfil idóneo sería Antxon Alonso. Ya fueran en el área de industria (dirigida por Vicente Fernández), de aeropuertos (dirigida por Javier Hidalgo, con vuelos operados por la aerolínea Plus Ultra), o de ferrocarriles (dirigida por Isabel Pardo de Vera). El lector advertirá que en Ceuta no aterrizan aviones ni llegan trenes, pero eso no supone ningún problema, ya que el Ejecutivo siempre halla el modo de consignar cientos de millones para las causas más insospechadas.
En lo relativo a los recién llegados, para facilitar las labores de identificación y clasificación digital se podría encargar un software a Begoña Gómez, mientras que el resto del despliegue tecnológico recaería en Juan Carlos Barrabés. La custodia de sus objetos personales se confiaría a Gertru Alcázar (sobre todo, aquellos cuya propiedad resultase discutible). Para velar por la protección de los grupos más vulnerables, qué mejor garante que Paco Salazar. El control de flujo de personas en la puerta de la frontera con Marruecos se adjudicaría a Koldo García.
Leire Díez instrumentaría las comunicaciones informales (garantizando que todas las filtraciones fueran espontáneas, minuciosamente planificadas y atribuidas a fuentes del entorno), mientras que la diplomacia de alto nivel (por ejemplo, con Rabat) quedaría en manos de José Luis Rodríguez Zapatero (transparente consultor internacional, especializado en misiones para países pseudodemocráticos). La selección del resto de personal la pilotaría Gaspar Zarrías. En caso de tensiones internas o externas bastaría con recurrir a Óscar Puente para rebajarlas (sirva como ejemplo que, tan solo dos días después de la invasión, ya avanzó visionariamente en sus redes sociales "Otra crisis más que resuelve Pedro Sánchez"). Y la música motivacional para todo este equipo estaría compuesta por el hermanísimo, David Sánchez, contando con Miguel Ángel Gallardo como concertino.
Con un gabinete como este, el éxito estaría garantizado … siempre que por éxito se entendiera multiplicar el número de cargos sin que aflore responsabilidad alguna. Solo faltaría resolver la crisis, pero esa nimiedad puede postergarse hasta la siguiente comparecencia.