Grupo de personas con Asperger
El pasado 2 de abril, Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo, debería haber servido para hablar de personas. De sus dificultades, de sus talentos, de sus familias, de la necesidad de apoyos eficaces y de una sociedad más capaz de integrar sin paternalismo.
El 2 de abril debería ser una jornada para recordar que detrás de cada sigla, de cada informe clínico y de cada etiqueta diagnóstica hay una vida concreta. Pero en nuestro tiempo, tan dado a convertirlo todo en campo de batalla ideológico, también el autismo ha acabado atrapado por la política identitaria.
Uno de los síntomas más llamativos de esa deriva es la ofensiva contra el término "asperger". Lo que hasta hace poco era una denominación ampliamente reconocida, utilizada por profesionales, familias y por muchísimas personas que se identificaban con ella, hoy aparece como una palabra incómoda, casi indecente, que habría que retirar del espacio público para ajustarse a una nueva ortodoxia moral. No basta con revisar categorías clínicas. Ahora también hay que someterlas a un proceso de depuración ideológica.
Y ahí conviene detenerse. Porque una cosa es que la ciencia evolucione, refine clasificaciones o modifique manuales diagnósticos. Eso es normal. Lo que ya no es normal es que esa evolución se utilice como coartada para imponer una especie de policía lingüística sobre personas que llevan años explicándose a sí mismas y siendo comprendidas por los demás a través de un término concreto. Eso no es sensibilidad. Eso es sectarismo cultural.
Desde el punto de vista sociológico, las palabras importan porque ordenan la experiencia. No son simples sonidos ni piezas intercambiables de un vocabulario administrativo. Nombrar una realidad ayuda a comprenderla, a integrarla en la propia biografía y a hacerla socialmente inteligible. Para miles de personas, "asperger" no ha sido un capricho terminológico ni una consigna política: ha sido una referencia personal, familiar y social. Un modo de entenderse a sí mismos. Un punto de apoyo. Un lenguaje compartido. Por eso resulta tan revelador que las nuevas corrientes de izquierda, obsesionadas con moralizar el pasado y vigilar el presente, hayan decidido que también aquí hay que corregir, censurar y reeducar. Ya no les basta con colonizar el lenguaje político, educativo o cultural. Ahora también pretenden dictar qué términos son aceptables en el ámbito clínico y cuáles deben ser expulsados por razones de pureza ideológica.
La paradoja es grotesca. Se llenan la boca con la palabra "diversidad", pero no toleran que muchas personas sigan prefiriendo una denominación con la que se sienten cómodas. Hablan sin cesar de "dar voz", pero silencian precisamente a quienes no encajan en el nuevo consenso sentimental. Dicen combatir el estigma, pero añaden otro nuevo: el de sospechar moralmente de quien usa una palabra que hasta ayer era normal y perfectamente comprensible.
Lo más grave es que esta operación se presenta como un avance humanitario, cuando en realidad expresa una forma refinada de arrogancia política. Porque etiquetar a una persona desde el punto de vista psicológico ya es, de por sí, una carga delicada. Un diagnóstico puede ayudar, orientar, abrir puertas y facilitar apoyos. Pero también pesa. También condiciona. También obliga a convivir con una definición clínica de uno mismo. Si a ese peso se le suma ahora una batalla ideológica sobre qué nombre puede usarse y cuál debe ser repudiado, lo que se está haciendo no es proteger a nadie, sino instrumentalizar una realidad vulnerable al servicio de una agenda cultural.
Lo importante nunca debe ser la vanidad terminológica de activistas y comisarios del lenguaje. Lo importante sí debe ser que las personas con autismo reciban atención temprana, apoyo educativo, oportunidades laborales, comprensión social y acompañamiento familiar. Lo importante es que no se las abandone tras el diagnóstico. Lo importante es que no se utilice su realidad para librar una guerra simbólica entre supuestos virtuosos y supuestos retrógrados. Si de verdad creemos en la dignidad de cada persona, deberíamos empezar por reconocer algo muy elemental: nadie tiene derecho a imponer desde la ideología cómo otro debe nombrar su propia condición.
Reivindicar el término "asperger" no significa negar la evolución científica ni desentenderse de los debates técnicos. Significa rechazar que la política convierta el lenguaje clínico en un tribunal moral. Significa recordar que la historia no se corrige borrando palabras, sino comprendiendo contextos. Y significa, sobre todo, defender que en una sociedad libre las etiquetas deben estar al servicio de las personas, y no las personas al servicio de las etiquetas. En una época que confunde justicia con censura y sensibilidad con imposición, conviene decirlo sin rodeos: bastante peso tiene ya un diagnóstico como para que, además, venga cargado con ideología.