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En un mundo polarizado, resulta paradójico que dos líderes de ideología opuesta como Pedro Sánchez y Donald Trump compartan rasgos tan evidentes en su forma de ejercer el poder. Más allá de sus diferencias programáticas —el pseudoprogresismo "socialcomunista" del primero frente al nacionalpopulismo del segundo—, ambos ejercen el poder de una manera que analistas de diversos espectros describen como autocrática en la práctica: personalista, hostil a los contrapesos institucionales y centrada en la lealtad personal por encima de las normas democráticas. No pretendo equiparar contextos ni justificar posiciones políticas, sino poner de manifiesto las analogías objetivas que analistas y medios han señalado en su deriva iliberal.
1. El personalismo como eje del poder
Tanto Sánchez como Trump han convertido sus partidos en extensiones de su figura. Sánchez remodeló el PSOE a su imagen tras las primarias de 2017, eliminando disidencias internas y concentrando la toma de decisiones en el Palacio de la Moncloa. Trump, por su parte, transformó el Partido Republicano en un movimiento MAGA donde la disidencia se paga con el ostracismo. En ambos casos, el líder no es el primus inter pares (el primero entre iguales), sino el partido mismo. Consagrados columnistas han destacado esta similitud: un narcisismo populista que prioriza la lealtad ciega sobre el mérito o el debate interno.
2. El asedio a la independencia judicial
Uno de los paralelismos más inquietantes es el intento de someter al poder judicial. Sánchez impulsó reformas del Consejo General del Poder Judicial y la Ley de Amnistía, medidas que la oposición y parte de la judicatura interpretan como un intento de neutralizar investigaciones incómodas y recompensar a aliados políticos. Además, no ha dudado en criticar abiertamente a jueces y tribunales cuando sus resoluciones no le resultan favorables. Trump ha presionado al Departamento de Justicia, ha calificado a los fiscales como armas políticas y ha promovido lealtades en el aparato judicial. En ambos casos, el argumento es el mismo: "el sistema está contra mí; por tanto, lo reformo a mi medida". Organizaciones internacionales y voces autorizadas han alertado sobre estas prácticas y han hablado abiertamente de una deriva autocrática.
3. Hostilidad hacia los medios e imposición de la "verdad institucional"
Fake news es una expresión que ambos han popularizado. Trump la convirtió en un mantra para descalificar a la CNN, The New York Times o cualquier medio crítico. Sánchez, de forma análoga, ha acusado a medios independientes y no afines de ejercer la "guerra sucia", de generar "fango" y de ser divulgadores de bulos. Mientras tanto, se le critica por convertir a RTVE en un altavoz y máquina de propaganda gubernamental. La narrativa victimista ("todos contra mí") sirve para erosionar la credibilidad de la prensa independiente y justificar un control más directo de la información pública.
4. La polarización como estrategia de supervivencia
Ambos líderes dividen la sociedad en un "pueblo puro" frente a las "élites corruptas". Sánchez ha gobernado mediante pactos que muchos consideran rupturistas (Bildu, independentistas catalanes, extrema izquierda), presentándolos como el único "progreso" posible frente a la "derecha extrema". Trump ha radicalizado su base con discursos antiinmigración, antiélites y conspirativos. El resultado es idéntico: una democracia que se vuelve binaria, sin gradaciones intermedias, donde el adversario no es un competidor legítimo, sino un peligro existencial. Esta lógica erosiona el consenso democrático y justifica medidas excepcionales.
5. El uso abusivo del poder ejecutivo
Sánchez ha hecho un uso extensivo del decreto-ley para eludir el debate parlamentario, llegando a afirmar que, si no cuenta con apoyos legislativos, gobernará "con o sin el Parlamento". Trump también amplió el uso de órdenes ejecutivas para imponer su agenda con un escaso control del Congreso. En ambos casos, se invoca la "urgencia nacional" o la necesidad política para justificar la concentración de funciones en el Ejecutivo.
Conclusión
Estas analogías no pasan desapercibidas. Desde diversos medios se ha hablado de "putinismo, sanchismo y trumpismo" como variantes de una misma ruta hacia el autoritarismo competitivo. Esta deriva implica mantener instituciones con apariencia democrática, pero bajo un control personalista evidente.
La paradoja de ver a Sánchez plantándose ante Trump no contradice estas similitudes; al contrario, refuerza la tesis de que ambos operan bajo la misma lógica de poder personal y erosionan desde dentro las instituciones que dicen defender.
En democracia, el verdadero riesgo no es el adversario ideológico, sino el líder que considera que las reglas solo valen cuando le benefician. Sánchez y Trump ilustran cómo el populismo puede derivar en un estilo que debilita el Estado de derecho. La historia reciente demuestra que las democracias no mueren siempre con tanques en la calle; a veces se desgastan lentamente con decretos, lealtades incondicionales y narrativas de salvación personal. Vigilar esas analogías no es partidismo: es defensa de la libertad.