Miguel Díaz-Canel durante una rueda de prensa la pasada semana en La Habana. Reuters / Presidencia de Cuba
Cuba o la miseria moral de la izquierda
Los silencios de la izquierda mundial retratan más que mil discursos. Y pocos han sido tan persistentes como el de buena parte de la izquierda española ante la realidad cubana. Durante décadas, Cuba no ha sido analizada: ha sido justificada. No ha sido observada con rigor: ha sido protegida mediante un relato que, a estas alturas, resulta insostenible.
Ese relato es conocido. Cuba no es una dictadura fallida, sino una víctima. No es un régimen represivo, sino un proyecto asediado. No es responsable de su miseria, sino consecuencia del bloqueo. Y, sobre esa construcción, se ha levantado una indulgencia política que revela una profunda contradicción moral.
Porque los datos cuentan otra historia. Hoy hay más de 1.000 presos políticos según organizaciones independientes. Tras las protestas del 11 de julio de 2021, más de 1.500 personas fueron detenidas, muchas sin garantías. Desde entonces, la represión continúa con miles de acciones documentadas cada año. No son cifras abstractas: son ciudadanos encarcelados por disentir. Defensores de derechos humanos cubanos llevan años denunciando que la persecución es sistemática y que el número de represaliados fluctúa, pero nunca desaparece.
Todo ello en un país sin libertad de prensa, sin pluralismo político y donde la disidencia se paga con cárcel. A esa represión se suma el colapso. Cuba vive su peor crisis en décadas: apagones prolongados, escasez de alimentos y medicamentos, hospitales sin recursos y una emigración masiva que actúa como plebiscito silencioso contra el sistema.
Y, sin embargo, el argumento persiste: el bloqueo. El embargo existe, pero no explica por sí solo el desastre. Cuba comercia con decenas de países, recibe turismo y remesas millonarias. Atribuir toda la crisis a factores externos implica ignorar lo esencial: un sistema económico ineficiente, cerrado y controlado por una élite político-militar que gestiona las divisas mientras la población sobrevive.
Porque mientras el ciudadano hace colas para comer, el poder administra los recursos. La igualdad prometida ha derivado en una desigualdad estructural donde el acceso al dólar marca la diferencia entre vivir o resistir.
Y es aquí donde la izquierda española queda retratada. Durante años ha denunciado —con razón— dictaduras de signo contrario, pero ha suavizado, relativizado o directamente justificado la cubana. Ha aplicado estándares distintos según la ideología del régimen. Ha convertido a Cuba en una excepción moral.
Pero hay momentos en los que esa incoherencia deja de ser abstracta y se vuelve evidente. Ha ocurrido estos días. Pablo Iglesias ha defendido públicamente al régimen cubano, minimizando la situación real del país, mientras se encuentra en La Habana alojado en el Gran Hotel Bristol Meliá Collection, un establecimiento de cinco estrellas en La Habana Vieja, tal y como ha denunciado Ariel Maceo Téllez —poeta, fotógrafo y escritor cubano, perseguido por la Seguridad del Estado y hoy exiliado en Alemania—. La imagen resulta difícilmente más elocuente: la defensa de un sistema que condena a la escasez desde espacios de lujo que ese mismo sistema reserva a una minoría.
No es una anécdota. Es una metáfora. La metáfora de una izquierda que habla en nombre de los humildes sin vivir como ellos, que justifica regímenes que nunca aceptaría para sí misma y que prefiere repetir consignas antes que enfrentarse a la realidad.
Ese doble rasero no es un error: es una forma de complicidad. Porque lo que está en juego no es solo Cuba, sino la credibilidad moral de quienes dicen defender los derechos humanos. No se puede exigir libertad en unos lugares y relativizar su ausencia en otros sin pagar un precio ético.
Cuba no se hunde solo por el embargo. Se hunde tras más de sesenta años sin libertad política, sin alternancia y sin rendición de cuentas. Se hunde porque ha sustituido la prosperidad por el control.
Y lo más inquietante no es solo ese fracaso, sino la indulgencia con la que ha sido tratado. Porque cuando una ideología es incapaz de condenar con claridad la represión cuando procede de los suyos, deja de ser una propuesta política para convertirse en una justificación.
Ahí es donde aparece, en toda su crudeza, la verdadera miseria moral.