Pere Martorell, segunda generación de la familia al frente de la bodega De Muller.

Pere Martorell, segunda generación de la familia al frente de la bodega De Muller. Cedida

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El imperio de De Muller, la bodega de Reus tras el vino de misa utilizado en las iglesias del mundo: 'Facturamos 5 millones'

La empresa vitivinícola pertenece a la familia Martorell desde 1995. Producen el vino que se consagra en la mayoría de las parroquias de España.

Más información: El vino que beberá León XIV lo hace José Luis en La Rioja: "Él estuvo en la bodega; como familia católica, es un orgullo que el Vaticano nos elija"

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Cuando Eduard Martorell era niño vivía algunos meses del año en la finca Mas de Valls, en Reus (Tarragona). Pere, su padre, se instalaba allí con su familia durante la época de la vendimia para realizar y supervisar que la recolección de la uva se hiciera de una manera excepcional.

"Durante esas jornadas no veíamos nada a mi padre. Se iba a trabajar antes de que nos despertáramos y volvía cuando ya estábamos dormidos. Sólo venía a comer cuando mi madre tocaba una campana en la masía y él, estuviera donde estuviera, llegaba para la comida", explica Eduard en conversación con EL ESPAÑOL.

Ese, quizá, es uno de los primeros recuerdos relacionados con la viticultura que tiene Eduard Martorell (Reus, 1994), actual gerente de la bodega De Muller. Una empresa vitivinícola que destaca por producir –entre otros– uno de los vinos de misa más utilizados ya no sólo en España, sino en el mundo entero.

Se trata del vino de misa dulce superior –con un valor de 7,59 euros–, elaborado "siguiendo las prescripciones de la Sagrada Congregación Romana". "Por ello se nos concede en 1883 el Certificado Eclesiástico de pureza litúrgica", explican fuentes de la empresa.

Eso ha llevado a que la bodega De Muller, fundada en 1851, ocupe un lugar fundamental en las sacristías de las iglesias.

Eduard Martorell, actual gerente de la bodega De Muller.

Eduard Martorell, actual gerente de la bodega De Muller. Cedida

"Vayas donde vayas en España, lo vas a encontrar. Quizá no está en todas las diócesis, pero sí en la mayoría. El 98 ó 99% del vino de misa que producimos se comercia en el canal Iglesia", explica Martorell.

Y, a diferencia de lo que está presente en el imaginario popular, el vino de misa no es tinto, sino "dorado con reflejos ámbar". No es como el de la última cena, con sus características notas visuales tintas. La razón tiene que ver, sobre todo, con la limpieza.

Después de que un sacerdote consagra el vino y lo bebe durante la liturgia, utiliza unos paños blancos de lino llamados purificadores para limpiar el cáliz. Si el vino fuera tinto, los paños acabarían repletos de manchas moradas imposibles de quitar. El vino blanco, no obstante, mantiene la pulcritud del altar.

175 años de historia

Lo que está claro, sin embargo, es que los guardianes del vino de misa en la actualidad son los Martorell, que dirigen el destino de la bodega De Muller desde 1995. Antes de ese año, era la familia De Muller la encargada de elaborar los vinos de misa.

Lo hicieron desde mediados del siglo XIX. Concretamente, en 1851 un joven alsaciano llamado Augusto de Muller abandonó su tierra natal empujado por una calamidad que asolaba los viñedos de Centroeuropa: la filoxera. La plaga dejaba sin materia prima a las familias dedicadas al cultivo de la vid, entre ellas la suya.

"Así, con 21 añitos que tenía por aquel entonces, el señor Augusto decidió buscar otra zona vitícola donde sí pudiera plantar y pudiera seguir desarrollando lo que era la actividad", cuenta Eduard a este diario.

Vista aérea de la finca Mas de Valls y los viñedos de la bodega De Muller.

Vista aérea de la finca Mas de Valls y los viñedos de la bodega De Muller. Cedida

La elección fue Tarragona, tierra vinícola desde los tiempos del Imperio Romano, con un clima y una extensión de campos que ningún otro rincón de la península podía igualar entonces.

Allí, Augusto empezó a producir vino, vendiendo parte de su producción a su familia en Alsacia para que siguiera abasteciendo la zona de la Champaña. Al mismo tiempo, fue tejiendo una red de clientes propia que con el tiempo se convertiría en la columna vertebral de la empresa.

"La verdad es que fue un señor bastante inteligente en ese sentido e hizo una red comercial muy importante", admite Eduard.

El concurso del Vaticano

La gran oportunidad llegó en 1888. La Santa Sede organizó un certamen internacional para encontrar el mejor vino de misa del mundo. La familia De Muller, que mantenía excelentes relaciones con la Iglesia, se presentó al concurso con su vino dulce natural.

El resultado fue histórico: medalla de oro y nombramiento como proveedor oficial del Vaticano.

"Ganó la medalla durante seis papados hasta el segundo Concilio Vaticano", explica Eduard. Durante décadas, el vino elaborado en Tarragona fue el único que se elevaba al altar mayor de la Iglesia Católica universal.

Pero con el Concilio Vaticano II, convocado por Juan XXIII, se suprimió la figura del proveedor oficial pontificio. "De Muller fue el primero y el último en tener la oficialidad de proveedor oficial del Vaticano con el vino de misa", subraya Martorell.

Algunas barricas de la bodega De Muller.

Algunas barricas de la bodega De Muller. Cedida

Hoy, el Vaticano sigue consumiendo el vino de la bodega catalana junto al de "unas monjitas italianas que hay en el Véneto", precisa Eduard.

En aquellos años dorados, Casa De Muller era mucho más que una bodega. Sus propietarios fueron cónsules de España en Países Bajos, por ejemplo.

El vino que elaboraban se servía en la mesa de Alfonso XIII y la Casa Real les concedió el privilegio de estampar su sello en las facturas de la empresa. La innovación también les distinguió.

"La primera máquina de frío que se instala en una bodega para clasificar vinos en España es en Casa De Muller, antes de cualquier bodega de Rioja o cualquier otra bodega en España", apunta Eduard.

Pero el tiempo y la dispersión familiar hicieron mella. Las nuevas generaciones de los De Muller fueron diluyendo la gestión. "Al final no había gente en la familia que realmente gestionara la bodega. Por ello, entraron en un periodo un poco tortuoso", relata Eduard.

Los Martorell, en escena

En 1995, Pere Martorell –abuelo de Eduard–, un empresario reusense cuya familia se dedicaba principalmente al sector avícola –granjas de pollos y pavos–, vislumbró en aquella bodega en declive una oportunidad de negocio.

Adquirió De Muller con todo lo que ello implicaba: marcas, edificio y más de siglo y medio de historia. A principios de 1996, los Martorell trasladaron las instalaciones desde el centro de Tarragona hasta el Mas de Valls, en Reus, una masía catalana del siglo XV rodeada de viñedos.

La misma en la que, años después, un niño llamado Eduard oiría cada mediodía el tañido de una campana.

Cuando los Martorell empezaron a dirigir la bodega De Muller, trasladaron la sede a la finca Mas de Valls.

Cuando los Martorell empezaron a dirigir la bodega De Muller, trasladaron la sede a la finca Mas de Valls. Cedida

"Nuestro trabajo fue un poco reflotar las relaciones que tenía De Muller y que se habían ido perdiendo por esa mala gestión, y también actualizar un poco el portfolio de vinos, hacerlo un poco más actual", explica Eduard. La labor fue titánica, pero los números hablan solos. La bodega arrancó con dos naves. Hoy tiene cinco.

En 1999, la empresa incorporó también la elaboración de Vermut de Reus al absorber una firma histórica del sector. Así, al vino de misa, los vinos de licor, el moscatel y los vinos rancios se sumó el vermut, cuya tradición en Reus es legendaria. El catálogo se completó después con vinos tranquilos –blancos, tintos– y espumosos .

Padre e hijo al timón

Hoy la bodega la dirigen dos personas: Pere –padre de Eduard– y el propio Eduard, quien se incorporó formalmente a la empresa con 24 años, tras formarse en viticultura en el Priorat y obtener el postgrado de sumiller.

Su hermano mayor gestiona las granjas familiares. Sus primos, el sector agrícola. "Dentro de la familia, tenemos varias empresas y al final decidimos todo entre todos. Pero gestionando el día a día estamos mi padre y yo", explica Eduard.

En total, la bodega emplea a más de 40 trabajadores fijos en bodega y campo, a los que se suman jornaleros en temporada de vendimia. La facturación, según los datos del Registro Mercantil de 2024, ronda los 5 millones de euros.

"En 2025, aproximadamente facturamos unos 5 millones. Quizá algo más", apunta Eduard con la discreción propia de las empresas familiares de larga tradición.

Algunos vino de la bodega De Muller.

Algunos vino de la bodega De Muller. Cedida

El vino de misa De Muller llega hoy a China, Papúa Nueva Guinea, Colombia, Ecuador, México, Vietnam, Mongolia, el Tíbet, Senegal y prácticamente toda Europa. "Se puede decir que el vino de misa De Muller se encuentra casi en todo el mundo", afirma con naturalidad el gerente, como quien constata un hecho que en su casa ya no sorprende a nadie.

Una misión más allá del negocio

Para los Martorell, el vínculo con la Iglesia trasciende lo puramente mercantil. "Nos sentimos súper orgullosos, porque también creemos que la comunidad en según qué países sigue siendo muy importante. Tú ves las misiones que hay en países pobres y el servicio que dan: dan educación, dan comida. Para nosotros, el poder estar al lado suyo no es simplemente una relación comercial pura y dura", sostiene Eduard .

La familia viaja para visitar a sus clientes –párrocos, misioneros, librerías diocesanas– y colabora, en la medida de sus posibilidades, con las comunidades que atienden.

El rigor litúrgico también importa. No todo el vino etiquetado como vino de misa cumple los requisitos del Derecho Canónico, que exige que sea vino puro de uva, sin fermentación total y sin ningún tipo de añadido. "Nosotros sí seguimos la normativa canónica en el tema de elaboraciones, y pues nos llena de orgullo", subraya Martorell .

Los viñedos de la bodega De Muller.

Los viñedos de la bodega De Muller. Cedida

El futuro lo imagina con la misma filosofía familiar que lo trajo hasta aquí. Eduard, su hermano y sus primos aún no tienen hijos, pero la ilusión de perpetuar la saga está muy presente. "Por supuesto. Por eso estoy trabajando también. Por eso me esfuerzo día a día, para que esto siga así. Para que la nueva generación de los Martorell continúen", concluye.

Sobre la mesa de aquel Mas de Valls del siglo XV, donde su madre tocaba una campana para llamar a comer a su padre, el destino de un vino que bendice altares en Mongolia y en Senegal sigue, firmemente, en manos de los Martorell.