Donald Trump rodeado de pastores en la Casa Blanca.

Donald Trump rodeado de pastores en la Casa Blanca. Casa Blanca

Tribunas

Catedrales católicas contra garajes evangelistas

El evangelismo ha sido, en las últimas décadas, un decidido estratega en apariencia destinado a devorar el mapa electoral de Occidente.

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Hace pocas semanas, Donald Trump nos obsequió con una de esas imágenes icónicas que están ilustrando para la posteridad su segundo mandato.

Se trata de una estampa, cuanto menos, pintoresca.

El presidente norteamericano, con ese rictus de mística impostada que tan bien ensaya, aparece en el Despacho Oval rodeado de un grupo de pastores evangélicos que, manos sobre sus hombros, claman al Altísimo por la salud política (y física) del magnate.

Mas a pesar de la consecuente perplejidad a los ojos del desapasionado europeo medio, tampoco es nada nuevo bajo el sol americano. Desde el born again del diácono Jimmy Carter hasta las cantatas gospel de Barack Obama, el revestimiento religioso de los mandamases de Washington ha sido una constante.

Pero detrás del amén coral de Trump debemos exprimir una realidad mucho más prosaica y, para los entusiastas del teocratismo, bastante más inquietante: el poder evangélico.

El evangelismo ha sido, en las últimas décadas, un decidido estratega en apariencia destinado a devorar el mapa electoral de Occidente. Han demostrado ciertamente una influencia clave para el ascenso y mandato de distintos líderes conservadores, especialmente en el continente americano.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. White House

Sin embargo, ay, los datos nos indican que ha empezado a tocar techo.

Durante la última década, el avance de las iglesias pentecostales ha sido un rodillo imparable.

En Guatemala, presidentes como Jimmy Morales o Alejandro Giammattei convirtieron el país en la "Capital Provida de Iberoamérica", utilizando la retórica religiosa como un escudo ante las acusaciones de corrupción. Fue un intercambio de cromos: impunidad política a cambio de leyes morales.

Sin embargo, la popularidad de Morales se hundió del 80% al 10% en tiempo récord.

"En Zambia, Edgar Lungu llegó a crear un Ministerio de Asuntos Religiosos y declaró el país como 'nación cristiana' para perseguir a la oposición"

Pero este no es sólo un fenómeno americano. Si miramos a África, los evangelistas han rediseñado gobiernos enteros.

En Kenia, la victoria de William Ruto en 2022 fue saludada como el triunfo del "evangelista en jefe". Ruto convirtió su toma de posesión en un servicio religioso masivo, apoyándose en las iglesias para presentarse como el defensor de los hustlers (los buscavidas) frente a las dinastías políticas tradicionales.

En Zambia, Edgar Lungu llegó a crear un Ministerio de Asuntos Religiosos y declaró el país como "nación cristiana" para perseguir a la oposición.

Son casos donde la fe no es una guía moral, sino una infraestructura de control social y movilización rápida que el catolicismo, con su lentitud burocrática, ya no puede ofrecer.

Incluso en Extremo Oriente, el evangelismo ha jugado sus cartas. En Corea del Sur, las megaiglesias (algunas con cientos de miles de fieles) han sido el soporte tradicional de la derecha conservadora. Presidentes como Lee Myung-bak, un anciano de la iglesia presbiteriana, fueron acusados de favorecer a sus correligionarios en puestos clave del Estado.

Fue paradigmático el caso de Brasil, donde eclosionó la "bancada evangélica", un grupo de presión que fue el pulmón de Jair Bolsonaro. Se les conocía como la Bancada BBB, iniciales de Boi, Bala e Bíblia: el buey para el agronegocio, la bala para el sector militar y la Biblia para la fe.

Sin embargo, tras el paso de Bolsonaro, el poderoso grupo ha mostrado sus primeras grietas. Los datos más recientes del Latinobarómetro revelan que, por primera vez, el porcentaje de evangélicos en Latinoamérica ha caído del 23% al 19%.

El desgaste de la mezcla de "púlpito y política" parece, pues, real. El fervor evangelista ha servido para ganar elecciones, pero se agota cuando choca con la cruda gestión de la inflación o el desempleo.

La propia imagen de Bolsonaro, el gran paladín evangélico, está sumamente deteriorada.

Partidarios de Jair Bolsonaro en una protesta en apoyo al expresidente.

Partidarios de Jair Bolsonaro en una protesta en apoyo al expresidente. Reuters

Incluso en Estados Unidos, el matrimonio ideal muestra también signos de agotamiento. No se dejen engañar por las fotos del Despacho Oval: los datos de Pew Research de 2026 indican que el apoyo de los evangélicos blancos a Trump ha caído casi diez puntos en un año.

Hay una “fatiga ética”, según el think tank, especialmente entre los jóvenes, que empiezan a encontrar el "nacionalismo cristiano" más parecido a un club de negocios que a una experiencia espiritual.

¿Y en España?

Si trasladamos la mirada a casa, el fenómeno presenta un trampantojo estadístico engañoso.

A simple vista, el crecimiento evangélico en España parece vigoroso: el Observatorio del Pluralismo Religioso registra ya casi 5.000 lugares de culto (4.763), con Cataluña y Madrid a la cabeza. Es una capilaridad asombrosa que se nutre de la inmigración latinoamericana y de una estrategia de proximidad en barrios donde el catolicismo parece haber dimitido.

Empero, el número de locales no equivale a número de fieles, y mucho menos a peso político. Los datos del CIS de 2025 actúan como un jarro de agua fría sobre cualquier pretensión de crecimiento crítico.

La radiografía espiritual de la España de 2025 nos devuelve una imagen libre de filtros mesiánicos y excesos de optimismo pastoral: el catolicismo, moviéndose entre el rito y la inercia cultural, mantiene aún al 56,2% de la población, mientras que los declarados laicos (indiferentes, ateos y agnósticos) escalan hasta un imponente 41,8%.

Mientras tanto, el muy cacareado "boom" de las minorías religiosas, incluido el evangelismo, se queda en un testimonial 2,8%; un porcentaje que demuestra que en nuestro país la verdadera fe emergente no se reza en templos de garaje, sino que se vive desde las parroquias y hermandades de siempre hasta la más absoluta y soberana indiferencia hacia lo sagrado.

Como se observa, el evangelismo en España es una minoría estadística y de peso poco relevante. A diferencia de lo que ocurre en América, aquí el descenso del catolicismo no alimenta al pastor pentecostal, sino que fluye directamente hacia el secularismo.

Además, el crecimiento evangélico en España tiene un techo demográfico: depende casi exclusivamente de la población migrante.

Los estudios sociológicos, como el ILSEG (Investigación Longitudinal de la Segunda Generación en España), ya advierten de que la segunda generación, los hijos de esos inmigrantes, se está secularizando a la misma velocidad que sus compañeros de instituto españoles.

Y sin conversión del nativo, el boom evangelista es un fenómeno coyuntural, no una reforma estructural. Aquí tampoco hay "bancadas evangélicas" capaces de tumbar leyes; hay una fe de resistencia que se estrella contra el muro de una sociedad que prefiere el catolicismo o la indiferencia antes que cualquier nueva liturgia.

"El catolicismo retiene la diplomacia, las nunciaturas y la confianza social, situándose veinte puntos por encima de las iglesias evangélicas en términos de credibilidad ética"

¿Significa esto, por extensión, que el catolicismo ha muerto? Al contrario. Mientras el evangelismo es poder rápido y volátil, el catolicismo confirma que es un poder lento pero institucional.

Incluso ya sabemos que en los últimos tiempos, en Europa asistimos a un "renacimiento silencioso". Países como Francia o el Reino Unido registran aumentos sorprendentes en bautismos de adultos y jóvenes.

El catolicismo sabe jugar el largo brazo de la influencia institucional. Verbigracia, en la Corte Suprema de Estados Unidos, la mayoría conservadora es abrumadoramente católica, no evangélica.

El catolicismo retiene la diplomacia, las nunciaturas y la confianza social, situándose a menudo veinte puntos por encima de las iglesias evangélicas en términos de credibilidad ética.

Es la victoria de la catedral frente al garaje transformado en templo. La permanencia frente a la moda.

En definitiva, estamos asistiendo a un cambio de tendencia evidente. Si bien la plataforma evangelista para aupar al poder a sus afines es clara y se ha demostrado en los últimos años como eficaz, la realidad es que pocos modelos han conseguido convencer a través de la gestión.

Y en Europa ni se les espera.

Y ahí, en aparente silencio, no sólo aguanta, sino que crece la Iglesia católica. La vieja, omnipresente y por todos conocida Iglesia católica. Como lleva haciendo los últimos dos mil años.

*** Andrés Ortiz Moyano es periodista y escritor.