La arzobispo de Canterbury, Sarah Mullally, junto al clérigo pakistaní Hafiz Muhammad Tahir Mehmood Ashrafi y su esposa, en el Palacio de Lambet.
La mujer de Ashrafi
La escritora Espido Freire analiza cada semana en EL ESPAÑOL una fotografía de gran impacto.
No sé por qué sonríen. La arzobispa de Canterbury, Sarah Mullally, rubia como un ángel prerrafaelita, ríe sosegadamente ante la cámara.
Hafiz Muhammad Tahir Mehmood Ashrafi muestra también una satisfacción tranquila bajo el turbante blanco, monturas de oro, poblada barba, tez morena.
Entre ambos, la tercera persona de la fotografía puede que sonría o puede que no. No lo sabremos nunca: la esposa de Ashrafi, niqab negro, medalla de oro al cuello, cinta azul como un dogal, como la que colocamos a las maletas para identificarlas en la cinta de equipajes del aeropuerto, revela apenas una estrecha franja de piel, una rendija para los ojos.
La fotografía oficial fue tomada en el Palacio de Lambeth este 11 de septiembre, durante la entrega a Ashrafi del premio Hubert Walter, concedido por su trabajo en favor de la armonía entre confesiones y, según Lambeth Palace, por su apoyo a las minorías religiosas de Pakistán, incluida la cristiana.
Seis días después el premio fue retirado al conocerse unas declaraciones de 2007 en las que Ashrafi proponía honrar a Osama bin Laden con el título de Saifullah, "Espada de Dios". Todo esto ocurrió, sí, han leído bien, en pleno 25º aniversario del 11-S.
Ashrafi, nada de esto debe extrañarnos, sostiene que aquellas palabras, que cualquiera consideraría poco ambiguas, se han sacado de contexto.
Pero todo eso ocurrió fuera de la fotografía. Volvamos, por favor, a la imagen.
Es que están sonriendo, sonríen los dos líderes religiosos ante una mujer. Dos mujeres junto a un hombre.
Una de las dos es la primera en ocupar la sede de Canterbury, vean su elegante cruz, y ha alcanzado la cúspide de una institución que durante siglos le estuvo vetada.
"¿Qué pinta ahí esa mujer de negro sin rostro y sin nombre junto a la que ha conquistado el derecho a hacerse visible en el lugar más preeminente de su Iglesia?"
La otra no tiene nombre: es "la esposa de Ashrafi". Su cuerpo se funde bajo la tela negra hasta tal punto no distinguimos dónde terminan los brazos, dónde empieza la cintura. Su portavoz ha defendido expresamente que el velo es una decisión personal y religiosa de esa mujer y de su hija.
¿Qué pinta ahí esa mujer de negro sin rostro y sin nombre junto a la que ha conquistado el derecho a hacerse visible en el lugar más preeminente de su Iglesia? Aparece porque es ella quien lleva al cuello la medalla que acaba de recibir su marido.
Ashrafi explicó después que se la había cedido a su esposa como reconocimiento a su apoyo y a su contribución a su trabajo. Corrió el rumor de que se obró así para evitar que la arzobispa la colocara sobre el cuerpo de Ashrafi, puesto que él no admitiría ese contacto con una mujer; pero, seré sincera, no he encontrado confirmación oficial de que ese fuera el motivo. De manera que la fotografía oficial de un premio concedido por una sacerdotisa protestante a un clérigo musulmán termina sobre una mujer desdibujada, anónima, oculta.
Quisiera ofrecer acerca de todo esto una explicación razonable, una respuesta a tantas preguntas sobre el islam, sobre el feminismo, sobre la ingenuidad de la Iglesia anglicana, sobre los límites del diálogo interreligioso.
Pero no tengo respuestas, sólo esta fotografía, desobediente, incómoda. No sé por qué sonríen. Yo, desde luego, no lo haría.