Imagen de archivo de un gato siendo acariciado.

Imagen de archivo de un gato siendo acariciado. E.E.

Ciencia

Los veterinarios coinciden: la persona favorita de los gatos es aquella que le permite decidir cuándo y cómo interactuar

Aunque se suelen comparar, los gatos y los perros no se comportan igual: cuanto más buscamos la atención de un gato, más probable es que decida ignorarnos.

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Las claves
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Los gatos prefieren interactuar con personas que les permiten decidir cuándo y cómo acercarse.

Un estudio sugiere que dar al gato control sobre el inicio y fin de las caricias reduce conductas agresivas y mejora la relación humano-felino.

Los expertos recomiendan prestar atención al lenguaje corporal del gato y acariciar principalmente mejillas, base de orejas y barbilla.

La insistencia o el contacto en zonas incómodas puede generar rechazo, por lo que es fundamental respetar los límites del animal.

Convivir con un gato implica asumir algunas paradojas, como el hecho de que, cuanto más empeño ponemos en captar su atención, más probable es que nos ignore y decida marcharse.

Y, por contra, cuando dejamos de buscar sus caricias y respetamos sus tiempos, más probable es que el animal venga a buscarnos.

Y no, no es una simple impresión subjetiva por parte de los dueños y convivientes de felinos, sino que es algo que la ciencia ha demostrado y empieza a comprender por qué ocurre.

De hecho, un estudio llevado a cabo por los investigadores de la Universidad de Nottingham Trent y la organización británica Battersea Dogs & Cats Home sugirió que el secreto es, precisamente, dar al animal capacidad para decidir.

El gato es quien debe decidir cuándo interactuar

Esencialmente, esta investigación publicada el pasado año 2021 en Frontiers in Veterinary Science, sugirió que una de las claves para mejorar la relación entre humanos y gatos consiste en dar al animal capacidad para decidir cuándo comienza y cuándo termina la interacción.

Para llegar a tal conclusión, los investigadores analizaron el comportamiento de 100 gatos durante sus encuentros con 120 personas.

Los participantes interactuaron primero con los animales de forma habitual y, posteriormente, después de recibir unas sencillas instrucciones sobre cómo debían acariciarlos.

En esta segunda interacción, cuando se aplicaron las recomendaciones, los gatos mostraron menos conductas agresivas o de incomodidad y más comportamientos afiliativos, es decir, señales relacionadas con una interacción social positiva.

Los investigadores resumieron sus recomendaciones mediante el acrónimo inglés CAT: Choice and Control, Attention and Touch. En otras palabras: ofrecer al gato elección y control, prestar atención a su lenguaje corporal y saber dónde tocarlo.

El primer punto es posiblemente el más importante. En lugar de acercarnos al animal y acariciarlo directamente, los autores recomiendan ofrecer una mano y esperar.

Si el gato quiere contacto, normalmente se aproximará, olerá la mano y frotará contra ella la cabeza o las mejillas. Si no lo hace, lo más sensato es no insistir. Algo similar ocurriría una vez iniciadas las caricias.

En este aspecto, los investigadores aconsejan hacer pequeñas pausas cada tres o cinco segundos. Si el gato vuelve a aproximarse o busca nuevamente la mano, probablemente quiera continuar. Si permanece quieto o se marcha, podemos dar la interacción por terminada.

Todo esto no implica que los gatos sean animales poco sociables. De hecho, otro experimento publicado en Behavioural Processes comparó qué estímulos preferían los gatos domésticos entre comida, juguetes, olores e interacción humana.

Y, a pesar de que existía una importante variabilidad individual, la interacción social con personas fue el estímulo preferido por la mayoría de los animales, incluso por delante de la comida. Por tanto, la cuestión no es cuánto afecto les ofrecemos a nuestros felinos, sino cómo se lo ofrecemos.

Además, también importa dónde ponemos las manos. En general, los gatos que participaron en el estudio toleraban mejor las caricias alrededor de las mejillas, la base de las orejas y debajo de la barbilla.

Por contra, zonas como el abdomen o la base de la cola suelen generar respuestas menos positivas; aunque, de nuevo, existían claras diferencias entre los animales. Aquí aparece otro problema: los humanos no siempre sabemos interpretar cuándo un gato quiere parar.

Girar la cabeza, apartarse, bajar o rotar las orejas, mover bruscamente la cola, lamerse la nariz o dejar repentinamente de ronronear pueden ser señales sutiles de incomodidad.

La capacidad humana para reconocer estos estados es imperfecta, como demostró un estudio recientemente publicado en Scientific Reports: nuestra interpretación del estrés felino a partir de la postura, la cara y la cola varía significativamente según el observador.

Curiosamente, llevar años conviviendo con gatos no garantiza hacerlo mejor.

Otro trabajo del mismo grupo de investigadores encontró que algunas personas que se consideraban especialmente experimentadas tendían a tocar más al animal y a hacerlo en zonas que los gatos suelen preferir menos.

Por esto, para ganarse a un gato, quizá haya que hacer justo lo contrario de lo que nos dice nuestro instinto: acercarnos menos, observar más y aceptar un "no" cuando el animal decide marcharse. En este caso, la insistencia no es la mejor opción.