Imagen de una niña sosteniendo a su gato.
La psicología confirma que estar muy unido a tu gato no significa necesariamente tener una mejor salud mental
Tu gato puede ser un gran apoyo emocional, pero no sustituye por sí solo las claves de la salud mental.
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Compartir sofá, dormir juntos, hablarle constantemente y considerar al gato uno de los miembros más importantes de la familia puede proporcionar compañía y momentos de bienestar. Pero existe una idea que la investigación psicológica obliga a mirar con bastante más cuidado: cuanto más estrecho sea el vínculo con nuestra mascota, mejor será necesariamente nuestra salud mental.
La evidencia acumulada hasta ahora no permite afirmarlo. Una revisión sistemática publicada en Animals analizó nada menos que 116 investigaciones científicas sobre el apego hacia perros, gatos y otras mascotas y su relación con la salud mental y el bienestar de sus propietarios. El resultado estuvo muy lejos de mostrar un beneficio universal.
De los estudios incluidos, únicamente 15 encontraron que un mayor apego se relacionaba claramente con una mejor salud mental. Otros 22 encontraron justamente una asociación con peores resultados, mientras 36 obtuvieron conclusiones mixtas y 33 no detectaron ninguna relación significativa.
En otras palabras, querer muchísimo a un gato no funciona como una especie de protección automática contra la ansiedad, la depresión o la soledad.
Los investigadores observaron además una diferencia interesante dependiendo de qué se medía. Cuando los trabajos analizaban conceptos generales como felicidad, satisfacción vital o bienestar, el vínculo estrecho aparecía con más frecuencia asociado a resultados positivos.
Pero cuando se estudiaban específicamente síntomas de problemas de salud mental, como depresión o ansiedad, un vínculo más fuerte tendía con mayor frecuencia a relacionarse con peores resultados. Eso no significa que el gato esté provocándolos. De hecho, esa sería precisamente una de las interpretaciones que la revisión pide evitar.
Un vínculo muy fuerte
La mayoría de los estudios analizados eran transversales: fotografiaban lo que ocurría en un momento determinado. Por tanto, permiten saber que dos factores están relacionados, pero no cuál apareció primero.
Una posibilidad es que las personas con ansiedad, depresión, soledad o dificultades en sus relaciones humanas busquen más apoyo emocional en su mascota y terminen desarrollando con ella un vínculo especialmente intenso.
En ese escenario, no sería el apego al gato el que empeora la salud mental. Podría suceder exactamente al revés: una persona que ya atraviesa una etapa difícil encuentra en su animal una de sus principales fuentes de seguridad, compañía o consuelo.
Los autores de la revisión consideran precisamente que esta posibilidad puede ayudar a explicar por qué algunos estudios encuentran que las personas más apegadas presentan también niveles superiores de depresión, ansiedad, estrés o soledad.
También importa cómo es ese apego, no únicamente cuánto queremos al animal. La psicología distingue, por ejemplo, entre un vínculo seguro y un apego ansioso. En este último existe una mayor necesidad de proximidad y seguridad emocional y más preocupación por la disponibilidad de la figura de apego.
Entre los 14 estudios de la revisión que analizaron específicamente este estilo de relación con las mascotas, 11 encontraron que el apego ansioso se asociaba con peores resultados psicológicos, entre ellos más síntomas de problemas de salud mental y menor bienestar.
Una investigación más reciente con 600 jóvenes británicos propietarios de perros o gatos refuerza la idea de que la relación es compleja. Los participantes habían manifestado dificultades con ansiedad o bajo estado de ánimo y los científicos analizaron su apego al animal, compatibilidad, problemas de comportamiento y síntomas de ansiedad y depresión.
En los propietarios de gatos, un apego más ansioso estaba relacionado con percibir más problemas de comportamiento en el animal y sentirse más molesto por ellos. Sin embargo, los investigadores no encontraron una relación simple según la cual mayor cercanía con el gato significara directamente una mejor o peor salud mental.
También comprobaron que los propietarios con estilos de apego inseguros tendían a percibir una menor compatibilidad con sus animales y una peor calidad de vida de estos. Los propios autores advierten de que esas valoraciones pueden estar influidas por la forma en la que cada persona interpreta el comportamiento de su mascota.
La revisión de los 116 estudios encontró además una diferencia por edades. En niños y adolescentes, los vínculos más fuertes con las mascotas aparecían con mayor frecuencia relacionados con resultados positivos. En adultos, en cambio, la fotografía era bastante más contradictoria.
Nada de esto cuestiona que convivir con un gato pueda proporcionar compañía, afecto, rutina o apoyo emocional. Lo que desmonta es una ecuación demasiado sencilla: más apego no equivale automáticamente a más salud mental.
Una persona puede estar extraordinariamente unida a su gato y encontrarse psicológicamente muy bien. Otra puede desarrollar precisamente ese vínculo tan intenso porque atraviesa una etapa de ansiedad, depresión o aislamiento y encuentra en el animal una fuente esencial de apoyo.
Por eso los investigadores insisten en que hay que mirar más allá de cuánto queremos a nuestra mascota. Importan el tipo de vínculo que construimos, nuestras relaciones con otras personas, el bienestar previo y las razones por las que recurrimos emocionalmente al animal.
El gato puede ser una parte enormemente positiva de la vida. Pero incluso una relación extraordinariamente estrecha con él no sustituye por sí sola aquello que determina la salud mental de una persona.