Óscar Puente.

Óscar Puente. Rubén Cacho ICAL

Columnas LA CAMPANA

Los inútiles

El deterioro abstracto de las instituciones acaba permeando en el mundo real y tangible.

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Te pones a hablar de la erosión de la democracia liberal, y la gente se aburre. Es normal, porque es algo abstracto, difícil de relacionar con cosas concretas.

"Morir por la democracia es como morir por el sistema métrico decimal", decía Agustín de Foxá, pero es lo contrario: es morir por algo que no se puede tocar, pesar ni medir, y eso no estimula a nadie para hacer grandes sacrificios.

Por eso, cuando uno dice que Pedro Sánchez está anulando el papel del Parlamento, y pretende hacer lo mismo con el Poder Judicial, suele ser escuchado cortésmente, pero normalmente el oyente no suele sentirse muy preocupado.

Sánchez comenzó su carrera presidencial modificando el Código Penal a medida de sus socios, continuó cambiando investidura por impunidad, y ha acabado organizando una cloaca contra los que investigan la corrupción socialista, pero sigue teniendo un 25% del voto.

Esta ha sido la primera fase del sanchismo, y ahí sigue él, tan feliz en La Mareta.

El problema es que el deterioro abstracto de las instituciones acaba permeando en el mundo real y tangible. Recuerden la crisis financiera y el rescate de las Cajas.

Pedro Sánchez.

Pedro Sánchez. J.J. Guillén EFE

Básicamente, el problema fue debido a que estaban controladas y gestionadas por políticos, que por un lado asumían inversiones poco justificadas, y por otro llenaban los consejos de administración de inútiles.

Recuerdo en la comisión de investigación en el Congreso a cierto político, expresidente de una de las cajas, explicando orgulloso que él había dado un curso básico a sus consejeros, para que entendieran conceptos contables elementales como el activo, el pasivo y la cuenta de resultados.

Era una medida prudente dado que, en general, los requerimientos para el cargo no incluían un conocimiento sofisticado de finanzas, y de hecho se llegó a incluir en un consejo a una bailarina e incluso al propio Pedro Sánchez.

Lógicamente, cuando se ha excedido cualquier precedente en cuanto a colonización de instituciones, el afloramiento de la inutilidad (que es la segunda fase del sanchismo) ha tenido que ser especialmente visible, y así ha sido.

Ahí tienen por ejemplo, la empresa pública Correos, que tras la presidencia de Juan Manuel Serrano, amigo personal de Sánchez y ex jefe de su gabinete, ha tenido que ser rescatada con 3.000 millones del erario.

Y vean el caso del eximio Óscar Puente. La alta velocidad española era un modelo de funcionamiento, un orgullo nacional. Ahora, no sólo se acumulan las incidencias y retrasos, sino que las deficiencias en el mantenimiento dejaron cuarenta y seis muertos en las vías.

A ustedes lo que les molesta es que lo hago muy bien, recriminaba el ministro a la oposición, y lo decía en serio, porque no se sentía de ningún modo obligado a dar explicaciones ni a asumir responsabilidades.

En esta segunda fase, la de la inutilidad, necesariamente la rendición de cuentas ha tenido que desaparecer.

En resumen, el Gobierno se había ocultado en la jungla de lo abstracto hasta que ha aflorado el desastre concreto. Y entonces ha tenido que recurrir masivamente a dos estrategias: el manejo selectivo del foco, y echar la culpa al Partido Popular.

En realidad, lleva haciéndolo con éxito desde la Covid. Gracias al reparto de competencias (este es el único aspecto de la arquitectura institucional española que realmente ha interesado a Sánchez), cuando una cosa salía bien, el mérito era del Gobierno. Y cuando salía mal, la culpa era de la comunidad autónoma del Partido Popular que estuviera a tiro, normalmente Madrid.

Ahora, en este nuevo afloramiento de realidad que se ha producido en Ceuta (realmente, es una montaña), hemos podido escuchar a los tentáculos ministeriales y mediáticos explicar que la normalidad es absoluta y, al mismo tiempo, que la culpa del desastre es del presidente ceutí.

Ahora parece que estamos entrando en una nueva fase. Se parece a esos momentos recurrentes de las películas de ciencia ficción, en los que se encienden luces intermitentes y suenan alarmas estridentes que avisan de la inminente desintegración de la nave espacial.

No es una perspectiva muy tranquilizadora y menos en verano, lo sé. Pero es que, cuando los escándalos anegan el sanchismo, y las muestras de su inutilidad se multiplican, se ha escuchado la alarma ensordecedora de Óscar Puente atacando al rey.

Todo parece indicar que Sánchez, que no para de hablar del cohete español, está dispuesto a cargárselo para intentar escapar en la nave auxiliar de la Tercera República. Así acabará, de una vez, con el molesto corsé institucional. Nos dejará atrás y podrá continuar, hasta el infinito y más allá.