Jarson Arday.

Jarson Arday. X

Columnas ANTES DE DESAPARECER

El peso de los títulos de Jason Arday

La escritora Espido Freire analiza cada semana en EL ESPAÑOL una fotografía de actualidad.

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Del título solo vemos un fragmento de tubo.

Es azul, tiene unas rayas doradas y Jason Arday lo sujeta con la mano derecha, como el testigo de una carrera de relevos. El resto queda fuera de la fotografía. No podemos leer qué acredita, quién lo concede, qué palabras solemnes contiene.

Vemos al hombre y el anillo de ese hombre que parece un aro más del propio tubo. De hecho, todo él parece una continuación del tubo, la toga, el birrete rojo, la borla dorada, la muceta, la madera oscura del fondo. Todos los signos exteriores del mérito están ahí, menos el mérito mismo.

Jason Arday sonríe sin la moderación habitual de los retratos académicos, sin la contención exigida a quien ha acumulado suficientes conocimientos como para desconfiar de la felicidad. Muestra, casi enseña los dientes. Abre mucho los ojos.

Si no fuera porque suda profusamente, diríamos que nunca ha sido más feliz, que jamás soñó con verse en otra parecida. Quizás el sudor podría interpretarse de otra manera, pero eso será más tarde en todo caso, no ahora, no en este instante de plenitud y gloria.

Las universidades conservan la curiosa costumbre de vestir a quienes reconocen con el grado máximo de respetabilidad. Cuanto mayor es el mérito intelectual, más inverosímil la túnica, más incómodo el tocado.

De manera similar a la realeza, los siglos de conocimiento occidental no han encontrado nada que represente la sabiduría de forma más convincente.

Arday parece encantado con su atuendo. Había llegado muy lejos. Negro, de origen humilde, diagnosticado de autismo en la infancia, había construido una carrera académica excepcional hasta convertirse en 2023, con treinta y siete años, en el profesor negro más joven de la historia de Cambridge.

Eso fue antes de las preguntas molestas. Preguntas sobre su tesis, sobre posibles plagios, sobre determinadas afirmaciones de su biografía, sobre sus méritos y sus credenciales. Cuestiones legítimas algunas, acusaciones discutidas otras, y alrededor de ellas esa trituradora que arranca cuando una persona se desprende de su carne, de su piel, y se transforma en un caso público.

El profesor Arday dejó de ser Jason Arday y encarnó la diversidad, la meritocracia. Cambridge, el racismo, las políticas DEI: fue la demostración de que el sistema funcionaba y simultáneamente, la prueba de su fracaso.

Vuelvo a la fotografía, rojo el birrete, roja la toga roja, dorado en los bordes. La ropa le queda grande, como toda prenda ceremonial. Las togas no fueron concebidas para mostrar un cuerpo, sino más bien para borrarlo. Las diferencias entre altos, bajos, gordos, delgados se difuminan y nos convertimos en doctores, jueces, profesores, hasta que nos despojamos de ellas.

Jason Arday dimitió de Cambridge el 5 de agosto, mientras la universidad investigaba las acusaciones contra él. Días después apareció muerto. Tenía cuarenta y un años.

Y ahora, quién tenía razón. Quién exageró. Quién investigaba. Quién acosaba. Quién de manera interesada, mintió. Cuánto hubo de racismo, cuánto de periodismo, cuánto de guerra cultural. Y ese cilindro azul.

Necesitamos títulos para saber quién sabe, premios para saber quién vale, cargos para saber quién importa, biografías que puedan resumirse en una línea e historias que puedan contarse sin contradicciones. Héroes y, sobre todo, mitos caídos.

El diploma, recordemos, queda fuera de la fotografía. Y si pudiéramos borrar la toga, el prestigio de Cambridge, las acusaciones, los partidarios y los enemigos, sólo queda un hombre joven, negro, empapado en sudor, que sujeta un tubo azul, y que sonríe como si todavía no supiera cuánto pesa un título.