La influencer Wafae Atid.

La influencer Wafae Atid. Redes sociales

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La 'influencer' Wafae y cómo pierden la credibilidad los medios

Ningún medio necesita manipular para equivocarse, le basta con dejar de comprobar.

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El pasado 18 de agosto, la agencia Reuters publicó un reportaje sobre la vulnerabilidad de las mujeres inmigrantes que dormían a la intemperie cerca del CETI de Ceuta. En él se entrevistaba a varias mujeres, entre quienes estaba Wafae Atid, una joven marroquí de veintiocho años que declaraba haber llegado a nado el 30 de julio.

Wafae denunciaba la inseguridad y los episodios de acoso sufridos durante la noche en el asentamiento improvisado donde dormía junto a otra decena de mujeres, cerca de una furgoneta policial, buscando protección.

Luego explicaba que prefería vivir en la calle en España antes que regresar a Marruecos, porque su familia religiosa no aceptaba que hubiera dejado de creer en el islam.

Un día después, el reportaje audiovisual firmado por la periodista Virginia Martínez para el diario El País convertía el caso de Wafae en una historia individual sobre la opresión familiar y las restricciones que sufre como mujer en Marruecos.

Contada por ella misma, en perfecto inglés, algo ciertamente chocante en una joven que lamenta haber sido obligada por sus padres a dejar el colegio tras sólo cinco años de escolarización.

Poco tardaron las redes en reaccionar con estupor, mostrando incontables imágenes de Wafae libre y feliz en distintos lugares del mundo, incluso representando a su país en algunos casos.

Una página pública de Facebook a nombre de Wafae Atid conserva varios vídeos suyos grabados en Qatar.

En uno, publicado en diciembre de 2025 y titulado Qatar metro interview, es ella misma quien se presenta ante la cámara desde el metro de Doha.

Otra publicación, del 30 de diciembre, hace referencia al partido entre Marruecos y Jordania, la final de la Copa Árabe de la FIFA, disputada el 18 de diciembre de 2025 en Lusail y ganada por Marruecos por 3-2.

Un perfil de LinkedIn a su nombre la presenta además como estudiante en Dubái con experiencia en establecimientos hosteleros. Un dato que coincide, no contradice, con la experiencia y el dominio del inglés que ella misma menciona en la entrevista.

Las fotografías de Turquía y Malasia proceden, en cambio, de una cuenta de Instagram ya no disponible, cuyas fechas no pueden verificarse con la misma precisión.

Nada de ello permite determinar cómo era realmente su relación familiar, ni descarta que sufriera presiones por sus creencias o su forma de vestir. Tampoco convierte en falsas sus denuncias sobre la inseguridad que viven las mujeres inmigrantes en los asentamientos. Y, desde luego, impulsa su objetivo vital de trabajar en un hotel en Barcelona.

La cuestión es que la historia de una mujer oprimida y encerrada en la casa familiar, dispuesta a lanzarse al mar para buscar la libertad, resultaba demasiado poderosa. La de una joven con viajes internacionales, experiencia en hostelería y presencia pública en redes desde al menos 2022, no.

No se trata de juzgar a Wafae. Su biografía, con sus zonas de sombra y sus posibles contradicciones, es asunto suyo, no del debate público.

Se trata de juzgar el trabajo periodístico que ha convertido su testimonio en pieza destacada dentro de la crisis humanitaria, de seguridad y soberanía más grave que ha vivido España en años.

Conviene precisar que la periodista que firma el reportaje no es ajena a Ceuta ni tropezó por casualidad con una historia que desconocía y le resultó atractiva. Es una redactora de la sección de España que lleva desde mediados de agosto informando sobre el refuerzo fronterizo, el desembarco de guardias civiles y militares y el crecimiento del asentamiento de la playa de El Trampolín, el mismo lugar donde se encontraba Wafae.

No, no era una periodista que pasaba por Ceuta. Llevaba días contando Ceuta. Y eso no disculpa nada, más bien lo agrava. Cuanto mejor se conoce un terreno, más se sabe qué preguntas hay que hacer antes de convertir un testimonio en símbolo.

Dar voz a una mujer inmigrante en un momento en que buena parte del debate público prescinde de los propios protagonistas, es legítimo. Pero la buena intención no sustituye la comprobación, y una historia que encaja con tanta precisión en un marco narrativo previo merece, precisamente por ello, un escrutinio mayor, no menor.

En Ceuta, el estándar de comprobación debería ser máximo, no mínimo. Una historia mal comprobada regala un argumento fácil a quienes quieren minimizar el sufrimiento real. Se defiende a las víctimas exigiendo el máximo rigor a quien cuenta su historia, no dudando de ellas.

El artículo 20 de la Constitución protege el derecho a comunicar y recibir información veraz. El Tribunal Constitucional lo ha explicado desde hace décadas: veracidad no equivale a infalibilidad, sino a diligencia razonable en la comprobación de los hechos antes de publicarlos.

El periodista puede equivocarse, faltaba más. Pero lo que la Constitución no ampara es la falta de diligencia disfrazada de urgencia informativa.

Además, aquí no había tal urgencia, pues la historia llevaba semanas construyéndose, con tiempo de sobra para contrastarla con lo que ya sabía otra agencia internacional.

No se trata de exigir a una periodista que sepa de antemano si un entrevistado dice toda la verdad, sino que haga las preguntas para distinguir lo comprobado de lo meramente testimonial. Ningún medio necesita manipular para equivocarse, le basta con dejar de comprobar.

Un medio no pierde autoridad porque se equivoque. La pierde cuando no explica cómo se equivocó, qué falló en el proceso y qué hará para que no vuelva a ocurrir.

Y cuando el medio es de referencia, esta diligencia debida no es un adorno deontológico. Ha de formar parte de su razón de ser.