José Luis Ábalos comparece en la comisión de investigación.

José Luis Ábalos comparece en la comisión de investigación. Europa Press

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El 'putiglovo' de Ábalos que pagas tú

Lo mismo pide un Glovo de nigiris de salmón que solicita el servicio de seis prostitutas. Los Whatsapp de Koldo revelan ese costumbrismo rancio que incomoda lo justo.

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La presidenta de los Estados Unidos en la película Don’t Look Up (No mires arriba) concede 20 minutos a los dos científicos que acaban de descubrir que un cometa gigante va a destruir la Tierra. Mientras ambos intentan explicar la magnitud del catastrófico descubrimiento, el gabinete de la Casa Blanca empieza a divagar sobre cómo abordar mediáticamente la noticia sin, precisamente, afrontar la noticia.

Randall Mindy y Dibiasky se desgañitan en prime time de televisión gritando “todos vamos a morir” pero ni el Gobierno, ni los medios, ni los allegados de los científicos terminan de comprender el alcance del meteorito que está a punto de acabar con el mundo. Se trata, al fin y al cabo, de otra noticia más.

Lo que queda en el aire y lo que sacude a los espectadores de la película no es solo la poca credibilidad que el mundo otorga a estos expertos, sino la anestesia de una sociedad que desayuna, come, merienda y cena con docenas de titulares distintos. Uno ya no sabe qué es lo importante, qué merece alarma o qué debería provocar indignación. Todo escandaliza hasta que llega lo siguiente.

Según un informe de Chartbeat, un usuario dedica de media 26 segundos a la lectura de una noticia. A veces la media puede subir, pero no excesivamente. Ese es el tiempo que habitualmente se emplea para recoger el titular, el subtítulo, la entradilla y navegar por el texto hasta saciar la curiosidad y el interés y pasar al siguiente estímulo.

En un océano de información a través de medios de comunicación y plataformas, incluso lo grotesco termina pasando desapercibido.

El caso Koldo (o el caso Ábalos, o caso “todo lo que les rodea”) es probablemente el mejor ejemplo de esa inmunización colectiva a la que han sometido a la sociedad. Hasta el punto de que lo que más llama la atención de los Whatsapp en los que Koldo García contrata prostitutas son las faltas de ortografía del ex portero de prostíbulo reconvertido en conseguidor oficial.

“Ese ‘valla’ me ha matado”. “Esta gente lo que debería es sacarse el graduado escolar”. “Duelen los ojos”. Y así continúa la retahíla de comentarios que dejan los usuarios ante la exclusiva de este periódico. De las prostitutas pagadas con dinero público, ni hablamos ya.

Razón no le falta a la audiencia, porque el ex asesor de José Luis Ábalos sangra mientras escribe, se pelea a mazazos con el diccionario y fríe las palabras en aceite cada vez que manda un mensaje. Es la vulgaridad estética ortográfica que por un nanosegundo en el metaverso eclipsa la obscenidad de su comportamiento.

Los mensajes destapados por este periódico revelan ese mecanismo que integra la prostitución en cierto ecosistema del poder y que va más allá de una afición puntual al sexo de pago.

El domingo, este periódico publicaba que el Ministerio de Transportes llevó a dos prostitutas de 22 y 21 años al Parador de Teruel para hacer un trío con Ábalos en su viaje oficial tras la visita nocturna a unas obras de Adif. Fue la noche del 15 al 16 de septiembre de 2020, en plena pandemia y con fuertes medidas de restricción en marcha.

El jueves se publicaba la cena que organizó Koldo con su jefe, el empresario chino Miguel Duch y el comandante de la Guardia Civil Rubén Villalba con seis prostitutas el 11 de marzo de 2021 en el Kabuki del Hotel Wellington de la calle Velázquez de Madrid.

Ese día continuaban las restricciones en Madrid, los bares y restaurantes debían cerrar antes de la medianoche y las mesas interiores no podían superar los cuatro comensales. Ese mismo día, las portadas de algunos periódicos desvelaban que Ábalos tuvo un papel clave en el pacto entre PSOE y Ciudadanos para desbancar al PP en Murcia mediante una moción de censura.

Y ese mismo día aún coleaban los ecos de un 8M para el que su partido sacaba un manifiesto reclamando acciones dirigidas a cerrar “las muchas brechas que nos quedan aún pendientes”. También pedía medidas para impulsar la corresponsabilidad y “políticas contra la prostitución y la trata”. “El PSOE siempre ha hecho suya esta agenda feminista. Es una seña de identidad de nuestro partido”, rezaba el texto difundido.

#SerMujerEsAlgoGrande, decía el hashtag. Y tan grande, debió pensar Ábalos, maestro en instrumentalizar a las mujeres a su antojo: bien colocándolas en puestos de trabajo para tenerlas cerquita, bien organizando citas con prostitutas que alimentan su ego. Ese sí que es grande.

Koldo era el brazo ejecutor, el que cumplía los deseos de su jefe. El que organizaba los billetes de tren a las prostitutas de Andalucía o escribía por Whatsapp a la 'madame' para organizar la velada en Madrid. Y las conversaciones no son obscenas sólo por el contenido, sino por la naturalidad y la rutina que destilan: que vengan 5. Y tú. Que sean locas. Que esta se vaya con él. Sindy se irá sola.

Lo mismo pide un Glovo de nigiris de salmón y mochis de té verde que solicita el servicio de seis prostitutas por mensajería instantánea y a cargo de las cuentas públicas. De tus impuestos. Tú pagas su 'putiglovo'.

Este universo que rodea al caso tiene algo profundamente literario. Es el costumbrismo rancio de Mariano José de Larra resucitado en una mesa de mantel blanco del Kabuki y en un Parador de Teruel: el vividor, juerguista, derrochador, frecuentador profesional de tabernas y ambientes nocturnos que representa la frivolidad y decadencia moral.

El hombre obsesionado con la vida social y las apariencias, aficionado a las prostitutas y símbolo de una falsa élite que sabe de todo menos de un trabajo honrado. Que no entiende el escándalo ni la culpa. El viejo-calavera, “un decrépito que persigue a las bellas, y se roza, entre ellas como se arrastra un caracol entre las flores, llenándolas de baba”, como describía Larra.

Pero Ábalos no quiere que se note demasiado. “Dime que vienen discretas. Por Dios. Que vamos a un sitio de la ostia”, exigía su asesor Koldo por Whatsapp a la ‘madame’, preocupado por que los comensales del local no percibieran que aquellas seis jóvenes que cenaban con este grupo de hombres de más de 50 años de media fueran prostitutas. Que parezca que vienen por gusto y atraídas por sus encantos naturales.

Nuestro tiempo, explica la filósofa Adela Cortina, es el de las reputaciones, no el de las conciencias, y habla sobre cómo la vergüenza social puede servir como mecanismo para acabar con la corrupción y con las malas prácticas. La cuestión es que determinados sectores políticos parecen haber aprendido a sobrevivir incluso a esto.

España sigue siendo uno de los países europeos con mayor consumición de prostitución, según diversas fuentes. El Centro de Inteligencia contra el Terrorismo y Crimen Organizado identificó en 2024 a cerca de 8.000 mujeres ejerciendo en clubes o prostíbulos encubiertos, de las cuales muchas están en situación irregular y otras llegaron engañadas con falsas promesas de trabajo hasta quedar atrapadas en redes de trata.

No se trata de simplificar un debate enormemente complejo ni de equiparar realidades distintas, porque existen también organizaciones que defienden la descriminalización de la prostitución libre entre adultos y reclaman separar ese fenómeno de las redes de explotación. La discusión sobre su regulación y los límites entre libertad y vulnerabilidad lleva años dividiendo incluso al propio feminismo.

Lo relevante no es resolver este profundo debate, sino censurar la normalización de determinadas conductas que llevan tanto tiempo incrustadas en ciertas estructuras de poder, y que ni siquiera generan conciencia de escándalo entre quienes las practican o entre el público que lo descubre.

Entre tanta exclusiva, parece que se haya asumido que determinados círculos funcionan así, con este falso costumbrismo de cenas, hoteles, favores… y prostitutas. Ese compadreo que se presume entre iguales pero se tapa en casa por vergüenza. A pocos les llama ya la atención porque todo lo que rodea a Ábalos y a los suyos es excesivo. Están vacunados o anestesiados.

La obscenidad de la conducta, como el meteorito en Don’t look Up, es el escándalo que se vuelve rutina y que nadie ve entre tanto ruido.