El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, junto a la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, en el Despacho Oval.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, junto a la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, en el Despacho Oval. Evelyn Hockstein Reuters

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Meloni es todo lo que Sánchez querría ser y no puede

Lo de Sánchez no es exactamente trumpismo. Es algo más europeo, más pulcro, más presentable. Menos protestante, pero mucho más calvinista. Y precisamente por eso más inquietante.

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Pedro Sánchez lleva demasiado tiempo intentando convencernos de que Donald Trump representa exactamente lo contrario de lo que él encarna.

La democracia frente al caudillismo.

La moderación frente al populismo.

Europa frente al ruido americano.

El problema es que, a estas alturas, todos sabemos que la distancia entre ambos es más de modales que de principios.

Sánchez condena en Trump aquello que discretamente ha ido normalizando en España. La sospecha permanente sobre el Poder Judicial cuando no le es favorable; la hostilidad hacia la prensa que no le es útil; la ocupación metódica de las instituciones; la utilización de la religión cuando le conviene y su desprecio cuando no; y esa pulsión tan contemporánea de gobernar desde la emoción antes que desde el límite.

Begoña Gómez y Pedro Sánchez en China.

Begoña Gómez y Pedro Sánchez en China. Efe / Moncloa

Trump publica fotos horteras creyéndose Jesucristo y Sánchez nos escribe cartas cursis.

Cada uno con lo suyo.

Lo de Sánchez no es exactamente trumpismo. Es algo más europeo, más pulcro, más presentable. Menos protestante, pero mucho más calvinista. Y precisamente por eso más inquietante.

Durante años, la izquierda europea ha querido atribuirse en exclusiva la autoridad moral para combatir a Trump. Como si bastara con declararse su adversario para ser su antídoto.

Sánchez habla de Trump con la insistencia de quien necesita convertirlo en referente. Lo invoca como amenaza democrática, como símbolo del populismo, como caricatura de todo aquello que él dice combatir.

Pero mientras el presidente español ha intentado construir esa confrontación como una credencial internacional, Trump apenas parece registrar su existencia política.

Hay pocas humillaciones más refinadas en política exterior que dedicar años a buscar un adversario que ni siquiera se toma la molestia de tenerte en cuenta.

En cambio, quien ha empezado a demostrar una autonomía política real frente a Trump no es Pedro Sánchez, sino Giorgia Meloni.

La paradoja es incómoda para nuestro presidente, porque la dirigente italiana, a quien durante años buena parte de la izquierda europea ha presentado como una anomalía inquietante, ha sabido conquistar todos los espacios que Sánchez ansía dominar.

Ha conseguido proyectar una solidez internacional que nuestro líder progresista lleva una década intentando fingir. Y ha sido señalada por Trump con nombre y apellido, incluso con insultos, que en su particular lenguaje diplomático no dejan de ser una forma de atención.

Todo ese amor tóxico que Sánchez lleva años mendigando de Trump ha acabado, cruelmente, en brazos de Meloni.

Porque Trump, como tantos narcisistas políticos, sólo mira a quienes percibe como una extensión de su propio poder: aliados útiles o enemigos dignos.

La primera ministra italiana, Giorgia Meloni.

La primera ministra italiana, Giorgia Meloni. Reuters

La clave en los liderazgos de uno y otra está en que Meloni no necesita ser validada desde fuera para existir políticamente. Sánchez, en cambio, ha hecho de la validación externa una forma de política interior. Y esa diferencia lo explica casi todo.

Por no hablar de que el partido de Meloni sí es el más votado en Italia y de que la oposición se ha cerrado en bloque para respaldar a la primera ministra frente a Trump. Escucho las loas que Elly Schlein, líder de la oposición italiana, le ha dedicado a Meloni y visualizo a Sánchez leyéndolas despacio, casi con ternura, salivando. Imaginando por un segundo a Feijóo hablándole alguna vez en esos términos.

Porque si hay una fantasía política que Sánchez no ha abandonado nunca es la de ser discutido con ferocidad, pero legitimado por todos. Al fin y al cabo, es un hombre que todos los días se mira al espejo y se pregunta cómo será recordado por la historia.

El binomio Trump-Meloni es la peor pesadilla de Sánchez porque le susurra un escenario posible que el presidente ni se había planteado: el de acabar, sencillamente, en el olvido.

"¿Dónde estabas tú cuando Meloni plantó cara a Trump?", le preguntarán sus nietos con genuina curiosidad.

Y Sánchez responderá, enjugándose una solitaria lágrima, que redimiendo la democracia.