La primera ministra italiana Giorgia Meloni recibe al Secretario de Estado, Marco Rubio.

La primera ministra italiana Giorgia Meloni recibe al Secretario de Estado, Marco Rubio. STEFANO RELLANDINI/Pool via REUTERS

Europa

Un americano en Roma: el viaje de Rubio, último episodio de la compleja relación histórica entre EEUU e Italia

Son dos potencias -diversas y excepcionales- resignadas a competir, pero también encontrar puntos de referencia.

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Julio Ocampo
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Las claves

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La visita de Marco Rubio a Roma busca rebajar la tensión entre EEUU e Italia tras semanas de conflictos geopolíticos y desacuerdos comerciales.

Rubio se reunió con el Papa León XIV, el ministro de Exteriores Antonio Tajani y la primera ministra Giorgia Meloni para reforzar la cooperación bilateral.

La relación entre EEUU e Italia ha estado marcada históricamente por episodios de competencia, colaboración y tensiones políticas, económicas y diplomáticas.

El viaje de Rubio también pone en valor su doble identidad de católico y latino de origen cubano, relevante de cara a las elecciones presidenciales estadounidenses de 2028.

Durante la visita a la Necrópolis vaticana, una de las mayores sorpresas de los turistas es cuando descubren que los restos de San Pedro ya no están en su lugar original, bajo el Trofeo de Gaio. Los sacó de ahí el emperador Constantino en el siglo IV y creó el famoso Muro G para introducirlos, sellándolo como caja fuerte.

Hoy aparece perforado con, dentro, los huesos recogidos en pequeñas cajas de metacrilato que la NASA ha fabricado, en exclusiva, para el estado más pequeño del mundo. Un arrebato de ciencia y espiritualidad, siempre condenadas a entenderse, al menos aparentemente. Hay algo de todo esto en la visita clave de Marco Rubio a Roma.

La presencia del Secretario de Estado de EEUU al otro lado del Tíber supone un alegato para rebajar la tensión -también en salsa católica- de las últimas semanas entre Donald Trump e Italia, sacudidas por el decorado de un paisaje desalentador: fuego cruzado entre EE.UU. e Irán, ataque a la base italiana en Líbano, la perpetua crisis en Medio Oriente y las diatribas en torno a los férreos aranceles que quiere imponer el tycoon a Europa.

“Santa Paciencia”, tituló hace días Il Manifesto, rotativo de izquierda. “Línea prudente de diálogo y paz”, celebró el Corriere della Sera en la edición de este viernes 8 de abril. “La paz y el desarme son inflexibles”, apostilló L’Osservatore Romano, diario de la Santa Sede. Muchos temas, evidentemente, encima de la mesa de un Marco Rubio que se citó con Papa León XIV, primero, y después con Antonio Tajani -ministro de Exteriores- y la primera ministra Giorgia Meloni, quien le acogió en Palazzo Chigi.

El objetivo es la cooperación Roma-Washington en el tablero geopolítico, pero sobre todo la idea de reforzar, en óptica elecciones presidenciales americanas en 2028, la doble identidad de católico y latino de origen cubano. De ahí la esencialidad de diálogo con el agustiniano Prevost, quien acaba de cumplir un año en la cátedra de Sumo Pontífice.

La historia no es compleja ni simple. Es, principalmente, repetida. Son dos potencias -diversas y excepcionales- resignadas a competir, pero también encontrar puntos de referencia. Dicho a la Sorrentino: “No sé si te quiero demasiado o demasiado poco”. Y es que el flirteo entre el poder tecnológico y el espiritual no viene de ahora.

Tampoco va a terminar aquí, perdido entre la animosidad de católicos y cristianos protestantes que claman por una linfa menos ornamental, un fulcro más austero. La necesidad de aquiescencia, aunque a veces suene a platonismo, en realidad es un mantra constante. Casi un perseguir lo imposible.

Todo comenzó en el siglo XVIII con la primera misión americana al, entonces, Estado Pontificio. Lo consideraba epicentro estratégico en el corazón del Viejo Continente, de ahí la celeridad por fijar un bastión consular. No fue fácil, más que nada por las objeciones americanas mostradas en los albores de las relaciones diplomáticas entre estos dos mundos-artefactos.

De hecho, EE.UU. reconocía al Papa en calidad de soberano y no en las vestes espirituales de capo de la Iglesia católica romana. Una distinción que rige, también hoy, la embajada americana por la Santa Sede (el primer embajador en Roma fue Wayne MacVeagh, en 1984).

El siglo XIX también sufrió algunos vaivenes. Matrimonios y rupturas en sus relaciones, motivo por el cual Franklin Delano Roosevelt, en 1939, nombró a Myron Taylor como nexo para tener comunicación directa entre la Casa Blanca y el Vaticano, refugio para muchas víctimas y prisioneros de guerra aliados.

También con Truman, ya al inicio de la Guerra Fría, fue necesario el canal entre las dos orillas del Atlántico para, de alguna manera, minimizar riesgos en medio de una convulsión internacional. Eso condujo a la gran sintonía entre Ronald Reagan y Juan Pablo II algunos lustros después, con las aguas más calmadas.

Todo -parido y regido- por la praxis del filosófico francés Tocqueville, tan querido por Benedicto XVI, en especial su análisis de la democracia americana para sostener el rol público de religión y fe. Además, la aristocrática defensa de una visión que muestra cómo las instituciones laicas puedan vivir en armonía bajo el paraguas de una moralidad de fondo. Evitando así privatizar la fe. Dotándola de un aura más heterogénea, sin limitaciones materiales.

Meloni en el Palazzo Chigi

Tras el deseo de reconquistar a los católicos sin ceder Cuba, tocaba atravesar el río hacia la Roma imperial. Ahí, no pasó desapercibida tampoco la visita de Rubio a Giorgia Meloni, cuyo ejecutivo se apresta a convertir -en pocos meses- en el gobierno más longevo de la República italiana, desbancando así al Berlusconi bis (2001-05).

Una cita sin chispa para cicatrizar las heridas entre el belpase y EEUU, sin duda la potencia militar y tecnológica con más músculo hoy. Aunque la reunión fue como una fiesta sin comida ni alcohol, supone un primer paso hacia la reconstrucción de una relación en ansia tras las tensiones con Trump respecto a Oriente Medio, la OTAN (cuenta con importantes bases militares estadounidenses en Sicilia, Campania y Toscana) y la inestabilidad de Ormuz, estrecho de la discordia.

Supone todo un capítulo más -alternando fricciones y fresas con natas- de dos naciones contradictorias que se necesitan recíprocamente. Especialmente desde la II Guerra Mundial, cuando los Aliados acuden al rescate para liberarlos de las hordas de Hitler y Mussolini. A partir de ahí, comienzan a establecerse una serie de relaciones bilaterales en las que Italia, sí, se erige en un partner trasatlántico fuerte e incisivo.

Una espía americana, el caballo de Troya de la CIA en una Europa amenazada por el comunismo y socialismo. De hecho, su injerencia fue clave en la financiación de partidos moderados y de centro-derecha (Democracia Cristiana) o en la creación de estructuras stay-behind, como Gladio, financiada por servicios secretos americanos e ingleses. Siempre con la premisa de operar ante una hipotética invasión soviética.

Es la letra pequeña, un poco el manual de instrucciones para entender el vínculo que establecen EE.UU. e Italia, beneficiada en los sesenta del efluvio económico Marshall, traducido en un enorme desarrollo político y cultural. Cinecittà se convirtió en Hollywood. Fueron los años de La Dolce Vita, la antesala de la década del plomo, donde aparecieron algunos episodios más oscuros.

Destacado fue el asesinato de Aldo Moro para frenar el compromesso storico con Enrico Berlinguer (entonces líder del PCI). Un gatillazo, al parecer, orquestado por la CIA en connivencia de Giulio Andreotti, viejo zorro democristiano, siete veces primer ministro. Sospechoso, según él, de todo "salvo de las guerras púnicas". Nunca le faltó sarcasmo y una sutil ironía. Sí.

'Petróleo', de Pasolini

El final del cuento carece de hadas. Meloni y Trump, a través del intermediario Marcos Rubio, tratan de tejer la tela que, como Penélope, ellos mismos destejieron. Siempre fue así, y a la vez no. Así como Silvio Berlusconi trató de fortalecer vínculos con Bush, esto no sucedió en los ochenta, entre Reagan y Bettino Craxi, quien en 1985 se negó a extraditar a los terroristas palestinos que habían secuestrado el barco italiano Achille Lauro, matando además a un pasajero americano. Luces y sombras, en definitiva.

Hay una novela incompleta publicada a título póstumo que supone una especie de caja negra de la política italiana y sus tentáculos macabros con EEUU. Petróleo, de Pier Paolo Pasolini, un monolito casi pornográfico donde se cuentan muchas cosas y se insinúan más (“Yo sé, pero no tengo pruebas”).

Una es la muerte de Enrico Mattei, fundador de ENI, esa compañía petrolífera que se había quedado sin su trozo de tarta, repartida entre las famosas Sette Sorelle… Algunas inglesas o americanas, quienes monopolizaron deliberadamente el suministro energético mundial. Mafia y masonería ejercieron, en ese caso, de perfectas catalizadoras.

La ecuación de hoy, en definitiva, sigue sin resolverse, aunque ha menguado. Si no se entiende bien lo de San Pedro y el metacrilato, lo ideal es ver Un americano en Roma, la cinta interpretada por Alberto Sordi (dirigida por Steno) que narra la vida de un tarado genial fascinado con la cultura anglosajona, especialmente de USA. Lo curioso es que mientras más la imitaba, más terminaba por alejarse de ella y enfatizar la suya propia.

El paisaje es obtuso, pero bello y lleno de color, folclore costumbrista adulterado: en Nettuno (entre Roma y Nápoles) se juega al béisbol… También subrayar que Renato Carosone compuso la canción Tu vuò fà l’americano, y que la película neorrealista de Vittoria de Sica (El limpiabotas) se titula en realidad Sciusà, vocablo napolizado del Shoeshine. Era 1946, los años de la posguerra, pero eso ya es otra historia. De amor-odio, como la actual. Necesaria e incomprensible. Fuego fatuo amigo.