Durante años se ha hablado de los ODS como un marco aspiracional. Un conjunto de principios bienintencionados que decoraban memorias y acompañaban compromisos públicos. Pero las transformaciones en el empleo, la industria y la normativa europea muestran otra realidad.

Hoy, los ODS 8 y 9 no son una referencia complementaria. Son un criterio que explica por qué unas empresas avanzan y otras pierden margen para adaptarse.

La falta de talento cualificado se ha convertido en uno de los grandes límites al crecimiento. No hablo solo de cifras, sino de lo que ocurre cuando las organizaciones no logran cubrir puestos necesarios.

La rotación desgasta y ralentiza procesos. Esta situación hace que el empleo de calidad del ODS 8 sea un requisito para sostener la productividad. Un puesto bien diseñado, con formación y estabilidad, es la base del funcionamiento de la empresa.

A esto se suma un contexto demográfico y económico que amplifica el problema. España cerró 2025 con un crecimiento del PIB del 2,8%, pero esa expansión convive con un estancamiento de la productividad y un envejecimiento acelerado de la población activa.

Cada año se jubilan más profesionales de los que entran en el mercado laboral, y el relevo no alcanza para cubrir la demanda. Este desequilibrio convierte la falta de talento en un obstáculo estructural.

En paralelo, la tecnología se ha vuelto la infraestructura de cualquier decisión. La automatización y el análisis de datos permiten avanzar, pero también exigen una modernización que muchos han pospuesto.

El ODS 9 refleja ese cambio. No se trata de innovar por tendencia, sino de sostener el día a día con procesos más estables y una industria capaz de responder a escenarios cambiantes.

La regulación europea también acelera esta evolución. La Directiva de Informes de Sostenibilidad Corporativa (CSRD, por sus siglas en inglés) obliga a tratar la información no financiera con rigor.

El Mecanismo de Ajuste en Frontera por Carbono (CBAM, por sus siglas en inglés) exige trazar la huella de carbono de bienes que antes pasaban por aduanas sin demasiada atención.

El pasaporte digital transformará la relación con proveedores y materiales. No adaptarse supone una desventaja en coste, financiación y posicionamiento.

España, sin embargo, cuenta con una oportunidad. La industria tiene capacidad para renovar su base tecnológica, y los fondos públicos han abierto camino para que esa transición sea viable. Cuando empleo, innovación y decisiones de inversión se mueven a la vez, las empresas progresan con más seguridad y el tejido económico se vuelve más resistente.

En LKS Next llevamos años acompañando estos procesos. Buena parte del equipo trabaja ya en áreas digitales y esa experiencia nos permite ver cómo cambian las organizaciones cuando conectan formación, tecnología y estrategia.

A veces el cambio empieza por disponer de datos que antes no existían. Otras veces exige revisar procesos completos. En ambos casos, el resultado suele ser el mismo. Las empresas que se modernizan ganan claridad y reducen incertidumbre.

Lo que vemos coincide con el espíritu de los ODS 8 y 9. Una empresa preparada ofrece mejores oportunidades a sus profesionales. Una organización que integra tecnología de forma inteligente crea empleo más estable y cualificado.

Ese equilibrio no responde a modas, sino a decisiones que determinan cómo se produce, cómo se gestiona y cómo se cuida a las personas.

La sostenibilidad, entendida desde el negocio, no es un adorno. Es una forma de revisar si lo que hacemos hoy tiene sentido para mañana. Por eso, ODS 8 y 9 funcionan como una brújula que ayuda a orientarse en medio de cambios rápidos y permiten que la modernización industrial y el empleo de calidad avancen en la misma dirección.

***Elena Zarraga, directora general de LKS Next