Francisco Velázquez de Cuéllar Paracchi, embajador del Consejo Europeo de Innovación (EIC), exmiembro de su consejo y fundador de Axon Partners Group, firma global de inversión especializada en tecnología e innovación.

Francisco Velázquez de Cuéllar Paracchi, embajador del Consejo Europeo de Innovación (EIC), exmiembro de su consejo y fundador de Axon Partners Group, firma global de inversión especializada en tecnología e innovación. Cedida

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Francisco Velázquez, embajador del EIC: "En inteligencia artificial está claro que Europa ha perdido la carrera"

El portavoz del Consejo Europeo de Innovación y fundador de Axon Partners Group analiza las fortalezas ocultas del continente frente al resto del globo.

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"Depende de la tecnología. En inteligencia artificial estamos por detrás, pero en energía, biotecnología o computación cuántica Europa puede competir al mismo nivel".

Con este diagnóstico matizado, Francisco Velázquez de Cuéllar Paracchi dibuja un mapa complejo de la innovación europea, lejos de los relatos simplistas que sitúan al continente en una posición de derrota frente a Estados Unidos y Asia.

El embajador del Consejo Europeo de Innovación (EIC) insiste en que el debate se ha distorsionado por el foco casi exclusivo en la inteligencia artificial, donde Europa sí ha cedido terreno. "Nos dejamos llevar mucho por los grandes números de la IA, que es donde está ahora mismo el foco", explica.

Sin embargo, esa lectura oculta fortalezas estratégicas. Pues, Europa concentra una parte significativa de los datos globales —materia prima esencial para la IA— y mantiene posiciones competitivas en ámbitos como la energía, la biotecnología o la computación cuántica.

El problema, por tanto, no en sí de capacidad tecnológica, sino de narrativa y de prioridades.

Velázquez de Cuéllar desmonta también el concepto de deeptech, convertido en etiqueta omnipresente en el ecosistema innovador. "No tiene nada de especial: es la tecnología de toda la vida", afirma. Lo que ha cambiado es el contexto.

Durante tres décadas, la digitalización ha monopolizado la inversión y la atención. Internet, la movilidad o las redes de comunicación absorbieron recursos y talento, generando una economía basada en capas de servicios sobre infraestructuras ya desarrolladas.

Pero ese ciclo está llegando a su madurez. "El proceso de digitalización prácticamente ha tocado su techo", sostiene.

El resultado es una nueva ola de innovación más vinculada a la ciencia profunda, tal como la energía, semiconductores, inteligencia artificial avanzada o computación cuántica. Sectores que, además, están íntimamente ligados a la seguridad, la sostenibilidad y la autonomía estratégica. "La independencia exige volver a invertir de forma fuerte en tecnología", resume.

En este punto, Europa se enfrenta a una paradoja. Por un lado, posee una base científica sólida —con niveles de producción tecnológica y patentes comparables o superiores a los de otras potencias—, pero, por otro, carece de los mecanismos adecuados para transformar ese conocimiento en empresas líderes.

Catalizador frente a la falla

Aquí entra en juego el Consejo Europeo de Innovación, creado hace apenas seis años con una misión clara: financiar aquello que el mercado no financia. "Es un catalizador de proyectos científico-tecnológicos que surgen de los centros de innovación europeos", explica Velázquez de Cuéllar.

El EIC acompaña a las empresas desde las fases más tempranas —cuando la tecnología apenas ha salido del laboratorio— hasta su escalado industrial, combinando subvenciones a fondo perdido con inversión directa en capital. Su objetivo último es construir soberanía tecnológica europea.

La lógica es sencilla: el capital privado europeo no asume determinados riesgos. Y no lo hace, según el inversor, por una cuestión estructural. "Los fondos tienen que responder ante inversores con una aversión al riesgo muy alta", señala. Fondos de pensiones y aseguradoras, principales financiadores del capital riesgo, concentran cerca del 90% de sus carteras en renta fija.

La comparación con Estados Unidos es contundente. Allí, entre un 10% y un 15% de estos fondos se destina a tecnología de alto riesgo. En Europa, apenas un 1%. "Esa es la diferencia", afirma.

Francisco Velázquez de Cuéllar Paracchi, embajador del Consejo Europeo de Innovación (EIC), exmiembro de su consejo y fundador de Axon Partners Group, firma global de inversión especializada en tecnología e innovación.

Francisco Velázquez de Cuéllar Paracchi, embajador del Consejo Europeo de Innovación (EIC), exmiembro de su consejo y fundador de Axon Partners Group, firma global de inversión especializada en tecnología e innovación. Cedida

Las consecuencias, asimismo, son profundas. No solo se limita la creación de grandes empresas tecnológicas, sino que también se reduce la rentabilidad de los propios sistemas de pensiones. "No es lo mismo generar un 2% que un 11% durante 40 años. Te jubilas con cinco veces más dinero", advierte.

Pero si el capital es un problema, no es el único. Europa también falla en la conversión de innovación en negocio. "La clave no está en la tecnología, sino en la ejecución", subraya.

Y es que el continente produce ciencia, pero carece de suficientes perfiles capaces de escalar empresas. Falta una combinación crítica de talento científico y mentalidad empresarial. "No vale con científicos; hace falta capacidad de ejecución", insiste.

Este déficit se agrava en países como España, donde el talento emprendedor tiende a concentrarse en sectores tradicionales como el turismo o el inmobiliario. El resultado es un ecosistema desequilibrado, con menos proyectos tecnológicos ambiciosos y, por tanto, menos candidatos a liderar la próxima generación industrial.

Cambiar la cultura

La transformación, según Velázquez de Cuéllar, pasa por un cambio cultural que ya ha comenzado, aunque de forma desigual en Europa. Francia es el ejemplo más avanzado, con políticas fiscales que incentivan la inversión en activos de riesgo.

España, en cambio, avanza más lentamente. "Es un problema también educativo", señala. No se trata únicamente de diseñar incentivos, sino de explicar a instituciones y ciudadanos los beneficios de asumir más riesgo.

El margen es enorme. Solo en España hay más de un billón de euros en ahorro en cuentas corrientes y depósitos, en muchos casos sin remuneración significativa. Canalizar una parte de ese capital hacia la innovación podría transformar el ecosistema.

Mientras tanto, el sector público intenta compensar la brecha. El presupuesto del EIC se ha multiplicado por cuatro en el nuevo marco financiero europeo, alcanzando cerca de 40.000 millones de euros para los próximos años.

Por ese motivo, de cara a 2026, la estrategia europea se articula en torno a tres grandes ejes: digitalización —con foco en inteligencia artificial, semiconductores y computación cuántica—, energía —especialmente independencia y redes— y biotecnología.

El abanico de financiación es amplio, desde subvenciones en fases iniciales hasta inversiones directas que pueden superar los 100 millones de euros por proyecto. "Las oportunidades son más grandes que antes", afirma.

Pero el mensaje final del embajador es claro: el dinero está ahí, la tecnología también. Lo que falta es ambición. "Si uno tiene una buena tecnología y capacidad de ejecución, no debería dudar en intentar conseguir financiación", concluye.

Europa no parte de cero. Pero el tiempo para decidir si quiere liderar —o simplemente seguir— se está agotando.