Keir Starmer, primer ministro británico, en la sesión solemne del discurso del rey Carlos III, en el Parlamento.

Keir Starmer, primer ministro británico, en la sesión solemne del discurso del rey Carlos III, en el Parlamento. Reuters

Política

Starmer, acosado por los suyos por nombrar a un político vinculado a la prostitución y perder elecciones regionales

La dimisión del ministro de Sanidad británico y el movimiento para que el alcalde de Mánchester entre en el Parlamento auguran un asalto a su liderazgo dentro del laborismo.

Diputados y altos cargos de su partido reprochan al primer ministro haber desdeñado las advertencias sobre los lazos de Mandelson con Epstein y haber llevado a su partido a la derrota.

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Las claves

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Keir Starmer afronta una rebelión interna en el laborismo tras perder elecciones locales y regionales y por el nombramiento de Peter Mandelson, vinculado a escándalos con Jeffrey Epstein.

Documentos revelan pagos y correos entre Mandelson y Epstein, así como favores políticos e intercambio de información privilegiada, lo que agrava el daño reputacional del primer ministro británico.

La situación de Starmer guarda paralelismos con la de Pedro Sánchez en España, ambos afectados por escándalos de corrupción y prostitución que erosionan su narrativa de regeneración política.

El caso Mandelson está siendo considerado el factor decisivo en la crisis de liderazgo de Starmer, debilitando la autoridad moral con la que pretendía diferenciarse de los conservadores.

Cuando Keir Starmer nombró a Peter Mandelson embajador en Estados Unidos, en diciembre de 2024, nadie podría decir que no conocía el pasado de su mano derecha. Es más, muchos entendieron la designación mitad premio, mitad prevención.

Ni el propio primer ministro podía negarlo. Fue algo así como 'vete a Washington, ahora que ha ganado Donald Trump, en cuyo entorno tienes contactos, y aléjate de la City, que ya me has consolidado en el poder tras tomar Downing Street después de hacernos con el partido'.

Mandelson había cumplido. Y su pasado ya sólo podía ser un lastre... y eso que aún no se conocía su relación con Jeffrey Epstein.

Ahora que las filas laboristas se revuelven contra el primer ministro tras la debacle del partido en las recientes elecciones locales y regionales, no hay quien pare las revelaciones y el escándalo de cuándo y cuánto sabía el mentor de Starmer sobre la vinculación con la prostitución de menores del empresario estadounidense.

Y Starmer sólo resiste en el cargo... de momento. La dimisión del ministro de Sanidad británico y el movimiento para que el alcalde de Mánchester entre en el Parlamento auguran un asalto a su liderazgo dentro del laborismo.

Cada vez más diputados y altos cargos del partido reprochan al primer ministro no haber hecho caso a los avisos sobre los lazos de Mandelson con Epstein y no haber sabido corregir el rumbo antes de llevarles a la derrota.

Salvando las distancias con la cultivada imagen de lord inglés, Mandelson es a Starmer lo que José Luis Ábalos a Pedro Sánchez en España. Y la carrera de ambos estrategas es, hoy lo sabemos, una sucesión de escándalos que alargan sus sombras sobre quienes fueron sus jefes.

Ábalos, como Mandelson, fue durante años el hombre de máxima confianza de Sánchez. Lo llevó al liderazgo del partido, lo aupó al poder, fue el consejero de sus iniciativas legislativas... y el nombre de ambos se asocia hoy a un rosario de causas judiciales y escándalos sexuales que ponen en cuestión las narrativas de regeneración de ambos gobernantes.

Y el presidente socialista también está pagando el precio en reveses electorales: tres consumados de momento (Extremadura, Aragón y Castilla y León), y otro en ciernes, en Andalucía.

Siempre se supo

Es cierto que los manejos oscuros de Mandelson se fueron conociendo en directo, a lo largo de toda su carrera política. De hecho, su primera caída en desgracia llegó en 1998, cuando era ministro de Comercio e Industria en el Gobierno de Tony Blair.

Se vio obligado a dimitir tras destaparse que Geoffrey Robinson le había concedido un crédito de 373.000 libras (unos 540.000 euros al cambio de entonces) para comprar una casa en el norte de Londres.

El escándalo incluía tres irregularidades: no había declarado el crédito, según exigían las normas ministeriales; las condiciones eran muy ventajosas; y Robinson fue ascendido después a secretario del Tesoro británico.

Aun así, regresó al Gabinete en 1999, esta vez como ministro para Irlanda del Norte.

Pero duró poco: tuvo que dimitir de nuevo en 2001 después de que se revelara que había intervenido en el proceso de concesión de pasaportes británicos para millonarios indios vinculados al conglomerado Hinduja... que habían donado 1,5 millones de euros para el proyecto de la Cúpula del Milenio, en Londres.

"Cosas raras"

Ábalos fue durante años el hombre de máxima confianza de Sánchez. Hoy, su nombre se asocia a un rosario de causas judiciales y escándalos que contrastan con su discurso de la moción de censura: "Hay que sacar la corrupción de la Moncloa".

El hombre que aconsejaba al líder lo había acompañado en el Peugeot (un Mercedes, en realidad) en su llegada al liderazgo del PSOE.

Lo más que se decía de Ábalos cuando llegó al Gobierno es que había "algo raro": a todas partes lo acompañaba un hombretón dos pasos por detrás, Koldo García, que pagaba sus gastos y lo hacía siempre en efectivo.

En febrero de 2024, el asistente para todo fue detenido y Ábalos se hizo el "sorprendido y decepcionado". Pero su caída en desgracia fue definitiva, no como las de Mandelson, siempre recuperado para la causa.

El exministro de Transportes ha afrontado ya en el Tribunal Supremo el primero de varios juicios, el del llamado caso Mascarillas.

Durante la pandemia, la trama amañó presuntamente contratos públicos, infló precios y cobró comisiones ilegales en la compraventa de material sanitario: malversación, cohecho, organización criminal, tráfico de influencias...

Y hay más. Según las exclusivas de este periódico y los informes de la UCO, el ministerio con mayor presupuesto inversor del Estado se habría convertido en epicentro de una red en la que empresarios con información privilegiada y acceso al poder político obtenían contratos millonarios a cambio de mordidas.

'Favores' a Epstein

Ese patrón —favores políticos entrelazados con intereses privados— se repitió en la relación de Mandelson con Jeffrey Epstein.

Documentos del Departamento de Justicia de Estados Unidos y pesquisas en Reino Unido recogen tres transferencias de 25.000 dólares cada una, entre 2003 y 2004, del empresario condenado por prostitución de menores al político laborista.

Ya no era ministro, pero podía adelantarle operaciones del Gobierno de Su Majestad al amigo americano.

Después, Blair lo designó comisario europeo de Comercio, y Mandelson mantuvo viva la relación.

Correos electrónicos que han salido recientemente a la luz muestran que siguió entregando información privilegiada a Epstein de decisiones sensibles en Bruselas.

En uno de esos mensajes, de 2009, le detalla planes del Tesoro británico para vender masivamente activos inmobiliarios del Estado con el fin de lograr liquidez tras la crisis financiera. En otro, de 2010, le adelanta el diseño de un gigantesco paquete de rescate de la Unión Europea para estabilizar la Eurozona, cifrado en cientos de miles de millones de euros.

'Favores' de Epstein

Todo esto se superpone con la dimensión más tóxica del escándalo: la conexión con la red de prostitución y explotación sexual de menores de Epstein.

Mandelson aparece en los registros de viajes, agendas y contactos del financiero tanto antes como después de la condena de 2008 en Florida por solicitar prostitución de menores.

Epstein fue condenado por un esquema que consistía en reclutar chicas adolescentes para "masajes" en su mansión de Palm Beach, que degeneraban en abusos sexuales remunerados. La documentación judicial y los testimonios apuntan a decenas de víctimas, algunas de 14 o 15 años.

Aunque no hay hasta ahora cargos formales que acusen a Mandelson de participar directamente en esos delitos, sí que hay constancia de que conocía los hechos, tras disculparse públicamente por "no haber valorado en su gravedad" la primera condena al empresario, en 2008.

Se mantuvo en el corazón del círculo de poder que orbitaba en torno al depredador sexual, y tal proximidad y el uso de esa relación para intercambiar favores económicos son ahora objeto de escrutinio policial y político.

Las mujeres de Ábalos

También en el caso Ábalos, a la corrupción estrictamente económica se suma otra todavía más dañina en términos de reputación política: los escándalos de prostitución, en su caso, en primera persona.

EL ESPAÑOL ha publicado en exclusiva informaciones que apuntan a un uso de dinero procedente de comisiones o de recursos públicos para pagar servicios sexuales, extremo que forma parte, en varios casos, de piezas en instrucción.

Entre los episodios relatados por ese medio destaca la contratación de Jésica en dos empresas públicas, sin ir a trabajar siquiera, dada su relación personal con Ábalos.

También se describen tríos con prostitutas en el Parador de Teruel, en un hotel de Santiago antes de una visita oficial al entonces presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, y en un hotel de Zaragoza después de una visita a la Basílica del Pilar que realizó junto a la entonces delegada del Gobierno, Pilar Alegría.

Rehabilitados

A pesar de su historial, Keir Starmer decidió rehabilitar a Mandelson como uno de sus principales consejeros. Tras hacerse con el liderazgo laborista y preparar las elecciones de 2024, le confió un papel central en la estrategia electoral.

Mandelson se convirtió en mentor del jefe de campaña, Morgan McSweeney. Fuentes laboristas admiten que McSweeney consultaba "prácticamente cada decisión" con el viejo spin doctor: diseño de mensajes, alianzas internas, selección de candidatos y prioridades legislativas.

Y pasados unos meses de la victoria aplastante de julio de 2024, Starmer optó por premiarlo y, a la vez, alejarlo de su trastienda.

En diciembre, lo nombró embajador del Reino Unido en Estados Unidos, pese a las advertencias internas sobre el riesgo reputacional de su relación con Epstein. Tras la debacle en las locales y regionales del jueves 7 de mayo, ese despropósito le pasa ahora factura.

Ábalos también dirigió las campañas de Sánchez, incluso pilotó las negociaciones para la moción de censura y tejió la arquitectura de la coalición con Podemos. Durante años, Sánchez confió en él para "prácticamente cada decisión" estratégica, desde los pactos parlamentarios hasta el reparto de poder interno en el PSOE.

El exministro fue, además, el rostro de la interlocución con socios nacionalistas, y combinó el poder interno con el ministerio de la adjudicación de obra pública. Un grado de proximidad que interpela a la responsabilidad política de Sánchez, más allá de lo que determinen las sentencias judiciales.

Porque cuando los rumores ya se habían convertido en las advertencias internas que lo sacaron del Gobierno y del poder total en el PSOE, el presidente no rompió del todo con él: volvió a incluirlo en las listas de las generales de 2023, como número dos por Valencia. Lo hizo, como Starmer, desoyendo advertencias internas sobre el riesgo que implicaba.

Reacción tardía

Todo empezó a saltarle por los aires al primer ministro británico cuando se publicaron los papeles de Epstein, con nuevos detalles sobre los pagos y los correos de Mandelson.

La destitución del embajador a finales de 2025 no contuvo el daño. La percepción de que Downing Street había mirado hacia otro lado se instaló entre diputados y en la opinión pública.

La crisis económica heredada por el Brexit, y el alza del populismo que se llevaba por delante a los conservadores se unieron en una tormenta perfecta en las urnas hace una semana. El laborismo se hundió en feudos clave.

Reform UK logró un avance histórico y se situó como triunfador.

El partido de Starmer perdió alrededor de 1.400 concejales y cedió el control de numerosos ayuntamientos, mientras los tories siguieron hundiéndose y vieron cómo los liberal demócratas les rebasaban en muchos feudos del sur.

El nuevo hombre fuerte es el populista Nigel Farage, que conquistó más de un millar de ediles, al tiempo que en Escocia y Gales los nacionalistas se consolidaron frente al desgaste del bipartidismo clásico.

Muchos cuadros interpretan que el caso Mandelson será la puntilla para Starmer, porque erosiona su narrativa de limpieza ética que usó para oponer a años de escándalos conservadores.

También Sánchez presumía de ser "un presidente limpio" frente al acoso de la oposición, hasta que estalló el caso Koldo y, con él reventó un entramado de intermediarios, empresarios y responsables públicos que fue conectando con otros episodios polémicos: el rescate de Plus Ultra, el Delcygate, el rescate de Air Europa, las sospechas sobre Begoña Gómez, el papel de Santos Cerdán o los contratos de hidrocarburos...

El paralelismo con el caso británico es evidente: como Starmer, Sánchez apostó su capital político a quien hoy concentra el riesgo ético y penal. La diferencia, por ahora, está en la reacción interna. Mientras en el Labour más de 80 diputados han exigido la marcha de Starmer, en el PSOE no hay una rebelión organizada ni en el Consejo de Ministros ni en el grupo parlamentario.

Sólo algún barón territorial se atrevió a la crítica. Emiliano García‑Page y el fallecido Javier Lambán han cuestionado la deriva del partido y la credibilidad del Gobierno.

El sistema de circunscripciones unipersonales británico hace a cada diputado mucho más responsable ante sus votantes que ante el aparato de su partido, al contrario que en España, donde todos dependen del capricho del líder.

Y mientras Sánchez reivindica su inocencia y la de su núcleo más cercano, Starmer se enfrenta a una rebelión interna, con el argumento de que "ha perdido la autoridad moral" tras ignorar las alertas sobre Mandelson y bloquear una investigación parlamentaria completa.

En el corazón de ambas crisis está una acusación simple y devastadora: ambos, Starmer y Sánchez, prometieron "limpiar" la política británica, pero los dos eligieron de compañeros de viaje a quienes han acabado implicados en escándalos de corrupción y prostitución.

El precio se paga hoy en derrotas electorales, credibilidad hundida... y gobiernos tambaleantes. Eso sí, uno más que el otro.