El embalse y presa de la Llosa del Cavall se sitúan en la Vall de Lord, comarca del Solsonès en la provincia de Lérida (Lleida), Cataluña.

El embalse y presa de la Llosa del Cavall se sitúan en la Vall de Lord, comarca del Solsonès en la provincia de Lérida (Lleida), Cataluña. iStock

Historias

España encara el reto del 81% renovable con solo un 12,4% hidráulico: "Hay presas con un 40% de probabilidad de fallo"

Esta energía clave convive con un parque de infraestructuras envejecido, déficits de mantenimiento y riesgos crecientes en plena transición.

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España avanza hacia un sistema energético cada vez más verde, pero no necesariamente más estable. En 2025, el 55,5% de la electricidad generada en el país procedió de fuentes limpias, con la eólica y la solar fotovoltaica concentrando cerca del 40% del total.

Frente a ellas, la hidráulica apenas representó un 12,4%. Sin embargo, su peso estratégico se sobrepone a las cifras. Pues, hoy por hoy, es la única renovable capaz de aportar estabilidad real al sistema eléctrico.

En ese sentido, el objetivo europeo es claro: debemos alcanzar un 81% de generación renovable en 2030. Pero ese horizonte no resulta posible sin plantear alguna que otra pregunta incómoda: ¿es factible sostener esa transición sin reforzar el papel de la hidráulica?

Para Jesús Contreras, vocal de la Asociación de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos y experto en infraestructuras hidráulicas, la respuesta es contundente: "No creo que sea posible".

Y aquí la clave es la previsibilidad que aporta esta fuente de energía frente a la solar y la eólica, que son "absolutamente inestables".

"Tienes ráfagas de viento, variaciones de radiación... En cambio, cuando pones a funcionar un embalse con turbinas, sabes el caudal que está pasando. Es totalmente estable", explica Contreras.

Por ese motivo, es precisamente en esa previsibilidad donde radica el valor de la hidráulica, pues, el sistema eléctrico requiere de una base firme que amortigüe las oscilaciones de las renovables variables.

"Necesitas un porcentaje importante de energía estable para que las oscilaciones no tumben la red", advierte.

Embalses, las grandes baterías

Generación energética aparte, los embalses desempeñan un papel in crescendo como sistemas de almacenamiento energético.

Pese a que lo que nos encontramos hasta la fecha es un escenario de sobreproducción solar diurna y déficit nocturno, las centrales de bombeo prometen invertir el pulso de este sistema.

"El embalse funciona exactamente como una batería", resume Contreras. "Utilizas la energía sobrante para bombear agua a un nivel superior y, cuando la necesitas, la dejas caer para generar electricidad".

La Presa de Aldeadávila está situada en el río Duero, en el municipio de Aldeadávila de la Ribera, al noroeste de la provincia de Salamanca (Castilla y León).

La Presa de Aldeadávila está situada en el río Duero, en el municipio de Aldeadávila de la Ribera, al noroeste de la provincia de Salamanca (Castilla y León). iStock

Sin embargo, esto no es ninguna novedad y España ya cuenta con infraestructuras de este tipo, como la de La Muela, ubicada en la provincia de Valencia. El problema es que no se están aprovechando en su máximo potencial.

Según el experto, algunos proyectos en estudio contemplan potencias de hasta 280 MW y capacidades de almacenamiento de entre 3 y 4 GWh. "La idea es utilizar toda la red de embalses para esta operación", señala.

Y es que este mecanismo, además de almacenar energía, permitiría ajustar la oferta a la demanda en tiempo real, un elemento crítico en sistemas con alta penetración renovable.

Pese a ello, la capacidad hidráulica nacional contrasta con el estado de sus infraestructuras. Bien es cierto que España cuenta con unas 2.500 presas, de las cuales 1.300 son grandes. Pero su edad media ronda los 60 años, y 122 superan el siglo de vida.

Al problema de la antigüedad se suma el de la falta de mantenimiento, porque, como denuncia Contreras, "en los últimos 25 años prácticamente no se ha hecho nada".

De las presas estatales —unas 375—, más del 75% no dispone de un plan de emergencia implantado. Algo que, a pesar de ser obligatorio desde 1994, no se encuentra entre los atributos de gran parte de ellas.

A esto se añaden deficiencias técnicas graves: 170 presas tienen desagües de fondo inoperativos o insuficientes; otras 170 presentan problemas en los sistemas de evacuación de avenidas; y entre 160 y 180 muestran déficits de seguridad estructural.

"El drenaje se obstruye, aumentan las filtraciones y eso desestabiliza la estructura", explica el experto. "No se van a caer mañana, pero si coinciden factores como una avenida o un sismo, el riesgo es real".

Por ese motivo, el déficit de inversión no hace más sino agravar esta situación. Pues, mientras el mantenimiento anual requerido se estima en unos 500 millones de euros, el Estado apenas destinó 16 millones en 2023. "Es nada", sentencia Contreras.

Infraestructuras clave

El deterioro de las presas no se circunscribe al ámbito energético. Y es que estas infraestructuras sostienen buena parte del modelo territorial español.

Gracias a ellas, el país puede abastecer a más de 49 millones de personas; sin ellas, la capacidad se reduciría a apenas 9 millones.

Además, cumplen funciones esenciales como la regulación de ríos, el control de inundaciones, el apoyo al riego agrícola, la prevención de incendios y el impulso de actividades económicas y recreativas.

Su valor es, al mismo tiempo, histórico y paisajístico, dado que casi la mitad fueron construidas antes de 1970 y siguen en funcionamiento.

Central hidroeléctrica en la reserva natural del río Duero en Castronuño-Valladolid.

Central hidroeléctrica en la reserva natural del río Duero en Castronuño-Valladolid. iStock

Sin embargo, para Contreras, el origen del problema es político y se remonta a principios de siglo. "En 2004 se demonizaron las presas con la llamada nueva cultura del agua", afirma.

Y es que el Plan Hidrológico Nacional, que contemplaba la construcción de 250 nuevos embalses y un aumento de 9.000 hectómetros cúbicos de capacidad, fue abandonado.

Desde entonces, la inversión en grandes infraestructuras hidráulicas ha sido prácticamente nula. "En los 25 años anteriores se construyeron unas 350. En los siguientes, cero", resume.

Más presión, más urgencia

El contexto climático añade presión al sistema. Pues, un escenario marcado por sequías más prolongadas y episodios de lluvias extremas exige una mayor capacidad de regulación.

"¿Cómo se pretende mantener el nivel de vida de 50 millones de personas con los embalses actuales?", se pregunta el experto. "Va a hacer falta mucho más".

Además, las infraestructuras hidráulicas han demostrado su eficacia en eventos extremos recientes. "Donde había presas, se limitaron los daños. Donde no, vino el desastre", señala Contreras en referencia a episodios como la dana acontecida en Valencia en octubre de 2024.

De ahí que la falta de mantenimiento no se concentre únicamente en un problema de ineficiencia, y se convierta en un riesgo potencial de gran magnitud.

"Un accidente en una presa puede ser muy superior a uno ferroviario en términos de víctimas", advierte.

El problema se agrava por la falta de supervisión independiente. El mismo organismo que gestiona muchos embalses es responsable de su control de seguridad. "Es juez y parte", critica.

El resultado es una inacción prolongada: "Tienen más de 200 presas sin plan de emergencia y no se sanciona a nadie". Y pone el ejemplo del Embalse de Calanda, en la provincia de Teruel: "Cuenta con un 40% de probabilidad de fallo en 50 años si no se toman medidas. Es una barbaridad".

Ahora, España encara la recta final hacia 2030 con cuatro años de margen de actuación y una paradoja evidente: apostar por renovables intermitentes sin reforzar suficientemente su principal herramienta de estabilidad.

Y es que el reto ya no es tecnológico, sino político y presupuestario. Porque, como concluye Contreras, "el riesgo cero no existe, pero el riesgo controlado sí. Siempre que se mantenga lo que ya tenemos".