Todos los novelistas son escritores, aunque no todos los escritores sean novelistas. Todos los poetas son escritores, aunque no todos los escritores sean poetas. Todos los periodistas son escritores, aunque no todos los escritores sean periodistas. El periodismo es a la vez una ciencia de la información y un género literario.

La literatura consiste, si analizamos su aspecto más sustancial, en la expresión de la belleza y del pensamiento por medio de la palabra. Provoca en el lector un placer puro, inmediato y desinteresado. Ese placer se sintió en el siglo XVI español principalmente a través de la poesía; en el siglo XVII, a través del teatro; en el siglo XVIII, a través del ensayo; en el siglo XIX a través de la novela y en el siglo XX a través del periodismo.

Dentro de la manifestación periodística, los géneros más cercanos a la expresión literaria son el artículo, la crónica, la crítica y la necrológica.

Julián Quirós es antes que nada un periodista. Un gran periodista, por cierto, en una época que escupe a puñados muchas de las viejas fórmulas del periodismo convencional. Quirós es también un notable poeta. En Pérdidas y ganancias hierve la piel clara de la mujer y el deseo se convierte en la fiesta que azota el amor fracturado. Cuando el poeta mira hacia atrás contempla el temblor de los días consumidos, la danza vegetal de las hojas en el árbol de la melancolía.

Oscurecido de soledad, Julián Quirós se esfuerza por escribir poesía escapándose de las alambradas digitales. Armado solo con un puñado de versos recentales, publica un libro, Antes de que Google nos alcance, para enfrentarse con el tsunami electrónico. Transita entonces sobre los primeros escombros digitales, y escucha los pasos aviesos del César Google que llega.

Quirós ha fijado los cimientos del edificio en que se asienta la novela y demuestra su dominio de la escritura en los espléndidos diálogos

Periodista y poeta, Julián Quirós irrumpe ahora con El último brindis (Harper Collins) en el mundo de la novela. Se trata de “una magnífica zambullida en las turbiedades del poder”, según Juan Manuel de Prada, escritor que se mueve en cabeza de la novelística española.

Quirós ha fijado sólidamente los cimientos del edificio en que se asienta la novela. Ha profundizado en la psicología de los personajes que vertebran el relato. Demuestra su dominio de la escritura literaria en los espléndidos diálogos de Brindis. Se expresan, en fin, con el adecuado lenguaje sus personajes, sus personajes reales difícilmente enmascarados en la ficción. Y prende el interés del lector desde la primera a la última página tras escribir y discurrir sobre “la historia de un desmoronamiento colectivo con sus múltiples sacrificios”.

Julián Quirós refrigera el pensamiento del lector y pone un espejo ácido y sin brillos delante de la sociedad que forma una comunidad autónoma. En él se reflejan el presidente incensado y luego procesado; la alcaldesa querida, profundamente inocente, perseguida hasta la distorsión y la muerte por los rivales políticos; múltiples personajes de casi todos los estamentos sociales, así como el director de periódico que muchos lectores identificarán con el autor, el cual, sin embargo, ha dicho: “En lo que más me parezco a Yelbes es en que cita a Montanelli, que dijo: lo que me ha salvado el oficio es no tomarme nunca en serio”. No sé si mi inolvidado Indro pronunció esa frase, pero ciertamente la practicó a lo largo de toda su vida profesional. Estaba más cuerdo que una cabra.

Personajes mayores y menores desfilan, en fin, por una novela que Julián Quirós descarna sobre los festines y las envidias, sobre la corrupción que se ha hecho endémica en casi todas las democracias pluralistas de la vieja Europa.

El novelista supera la tentación corruptiva y describe la vanidad jactanciosa de las mujeres y los hombres cuando ocupan esporádicamente cargos de poder. Llueve la novela de Quirós sobre los políticos melancólicos “y sobre el eco azul de sus palacios”, mientras la escritura del autor llora a lágrima viva.

Mario Vargas Llosa creía que la gran novela es la que expone un profundo problema moral y no lo resuelve. Deja al lector que lo haga. La novela de Julián Quirós, que no parece una primera novela, no resuelve nada. Sumerge al lector en las imágenes inquietantes del poder, las envidias y las corrupciones. No juzga ni el bien ni el mal. Se limita a dejar testimonio de la realidad social. La carnicería de sus palabras descarna la oquedad de los políticos obtusos y acalla los alaridos del poder.