José Guirao. Foto: La Casa Encendida.

José Guirao. Foto: La Casa Encendida.

Letras

José Guirao, una vida inacabada que desemboca en 'Las aguas de la noche'

La ensayista y traductora española Olvido García Valdés recordó al escritor y exministro de Cultura en la presentación de su novela póstuma en La Casa Encendida.

Más información: El libro póstumo y debut literario de José Guirao, el ministro de Cultura con alma de escritor

Olvido García Valdés
Publicada

Pensaba estos días, leyendo este espléndido libro, en la inacabada vida de José Guirao, esa rara cualidad en la que la muerte irrumpe. No me refiero a lo prematuro de la edad, o no solo. Yo tuve una intervención quirúrgica grave en marzo de 2021 –los idus de marzo, me dijo Pepe cuando se lo conté, y se refería a su propio diagnóstico que había ocurrido también en esas fechas–, y tuve la convicción en aquellas semanas preparatorias de que, dados mis condicionantes previos de salud, me quedaría en la anestesia.

Y eso me parecía bien; nada que ver con la angustia que el ir a morir me producía cuando me diagnosticaron un cáncer muy agresivo y probablemente letal 25 años antes. Ahora ya había cumplido 70, había publicado mi último libro de poemas, confía en la gracia, y la amplia antología de Cátedra, dentro del animal la voz, y sentía que era un momento perfecto para quedarse dormida y desaparecer. Lo comentaba con los más próximos y lo viví como una serena y dulce despedida. No fue así. Me desperté de la anestesia con unos dolores insoportables en la UCI –que me pareció tan ruidosa y extraña como la plaza de Xemáa el-Fná–, en la que me tuvieron varios días. Y aquí estoy.

La inacabada vida de José Guirao a la que me refiero tiene que ver con la escritura, con un propósito creativo que solo había cumplido en parte en el ámbito cultural –dibujar espacios para lo contemporáneo en el Museo Reina Sofía; o en esta Casa Encendida, que creó como un milagro pero que estaba sólidamente pensada como un espacio integrado en el barrio de Lavapiés, y atento a propuestas alternativas que integraran las nuevas formas del arte, el cine, la poesía y las artes escénicas, con las propuestas feministas y la inquietud ecológica y medioambiental para un mundo sostenible o los proyectos sociales autogestionados; o igualmente, en los proyectos que ideó desde el Ministerio de Cultura y que no pudo, que no pudimos llevar a efecto–.

Portada de «Las aguas de la noche» de Joseì Guirao

Portada de «Las aguas de la noche» de Joseì Guirao

En mi intervención en “Recordando a Guirao”, el homenaje que se le tributó en 2023 en el aniversario de su muerte, yo hablé de esto, de lo que propiamente no hizo, de una vocación en cierto modo siempre aplazada, y que, sin embargo, él sentía íntimamente como lo más propio, y que le ocupó y alimentó para todo lo demás: su relación con la poesía, con la escritura, con la literatura.

José-Miguel Ullán, junto a Juan Goytisolo y José Ángel Valente fueron, quizá, las figuras más decisivas, más formadoras, para Guirao; y en el caso de Ullán no solo en el ámbito literario, sino también en el de las artes plásticas. Con los tres mantuvo una amistad personal que duró décadas; tuvo un importante papel, por ejemplo, en la decisión de Valente de comprar una casa e instalarse en Almería, y se ocupó, de manera muy afectiva y cercana también, de la obra y la memoria de Goytisolo. En 2018 Guirao, desde la Fundación Montemadrid, intervino con la alcaldesa Manuela Carmena en el homenaje a Juan Goytisolo por el que se dio su nombre a la plaza situada ante el Museo Reina Sofía.

Como recogía la prensa en aquel momento, Guirao definió al autor de la Reivindicación del conde don Julián como “feroz enemigo de la España ortodoxa y un defensor de la España heterodoxa”, defensor de la diversidad, la homosexualidad y la igualdad. “Estaba dónde casi nadie llegaba”, afirmó, y quiso recordarlo precisamente con un poema de José-Miguel Ullán.

En ese mismo año, siendo ya ministro de Cultura, donó al Centro Andaluz de la Fotografía (CAF), que entonces dirigía Rafael Doctor, la colección de fotos que Goytisolo y el cineasta Vicente Aranda habían realizado en un viaje con unos amigos franceses –entre ellos Simone de Beauvoir–por la provincia de Almería, viaje del que procederían tanto la escritura de Campos de Níjar, como la profunda transformación estética y existencial de Goytisolo.

La perspectiva de Guirao respecto a la cultura y la literatura española contó siempre con una sabiduría anclada en el conocimiento de otras tradiciones, otros puntos de vista, otros modos de relatar la historia, como se ve en su vínculo con esas tres figuras tan relevantes, tan imprescindibles, y en cierto modo tan excéntricas dentro de la cultura “oficial” española. A Guirao le importaba mucho la poesía, una actividad antieconómica, con una lengua propia que, en los poemas que valoramos, tiene una textura y una intensidad singulares.

En el poema se produce una detención, nos pone frente a nosotros mismos en una disposición de escucha. Y es un decir poderoso en sí mismo, en la energía que convoca y que transmite. Por eso la cultura, que es uno de los brazos de lo político, del sistema político-económico, elogia y teme a la poesía; la elogia tanto como la teme, como aquello ajeno, aquello casi afuera, que puede pensar de otro modo. Esa raíz exigente de la literatura Guirao la había interiorizado desde siempre.

Evocaba yo entonces la última conversación que habíamos tenido, al mediodía de un domingo de finales de junio. Fue la primera vez que dijo: “Olvido, esto se acaba”. Esa semana tenía cita con la oncóloga, pero estaba contento porque podía leer y me insistió en que le contara a Miguel que estaba leyendo su libro sobre Ullán y que ya desde el título, Fidelidad, ¿qué alientas?, era maravilloso. Comentamos esa frase de Ullán, y yo le dije que por él nos habíamos conocido todos y que ahí estaba nuestra revista, El signo del gorrión, y que habíamos sido muy afortunados; “por eso necesitamos que espabiles”, y él se reía.

Pepe Guirao no publicaba, pero siempre escribió. Cuando dejó el Ministerio de Cultura, en aquel momento de cierta decepción por no poder materializar con su equipo sus proyectos, me habló –era la Semana Santa de 2020, estaba en La Vera–, de una novela que por fin había empezado a trabajar de modo sistemático. Las aguas de la noche, dijo que era el título, pero que ahora se iba a llamar Las oscuras aguas de la noche. ¿No se escora un poco hacia el simbolismo?, comenté. Y me respondió con gracia y con la frase de Ortega Cano cuando le preguntaban, antes de casarse con Rocío Jurado, si era gay: “Lo que en otros es cursi, en mí es natural”. En la novela se trataba del mar. Y la noche. Era la historia de una familia, tres personajes –“dos más uno”, dijo–, contada por un hijo; quería ser también un homenaje al mundo de la minería de Pulpí, una cultura enlazada con la fenicia y la griega hasta no hace tanto; y un homenaje al arqueólogo Luis Siret, y al cine, aquel cine que su padre alquiló a la compañía minera… En el legado de Guirao hay muchos cuadernos, y poemas y relatos.

Aquella novela, entonces en marcha, es esta, está aquí. Y no se escora hacia el simbolismo, como yo temía: “Lo que en otros es cursi, en mí es natural”. El texto es una aleación perfecta entre el apasionante argumento de un melodrama español de serial radiofónico de los años 40, con el tratamiento perspectivista del modernismo inglés, el de El cuarteto de Alejandría, de Durrell, por ejemplo, del que se nos entrega solo el primer volumen, quién sabe si habrá más. Las novelas del cuarteto, tan de la juventud de los personajes principales, son lectura en voz alta que entrelaza unos meses la vida de dos personajes.

Pero en el libro es también extraordinaria la presencia del paisaje de la provincia de Almería, no como el mero afán descriptivo de un amor por aquellas tierras minerales y desnudas de la infancia y juventud del autor, sino como medio y hábitat –casi causa–, del que surgen las vidas que se nos relatan. Ese paisaje es también una lengua, precisa y tersa, dulce y maleable, que nos trae el mediterráneo eco de la prosa de Miró.

Y, sin embargo, está la conciencia y presencia fuerte de la historia –de la antigua, con los lazos de las estructuras mineras fenicias y griegas que llegan casi al presente–, pero también la historia de los asesinatos a bocajarro durante la guerra civil, o la explotación salvaje de las empresas mineras y la miseria hasta lo infrahumano de hombres y bestias. Y está especialmente una forma de entender el mundo y nuestro lugar en el mundo, una forma no posesiva, no tajantemente identitaria, una posición que hoy se llamaría no binaria y que se refiere a una manera fluida y cuidadosa de percibir y desplegar los sentimientos y los afectos entre hombres y mujeres, tan diferente de las formas tradicionales en una sociedad burguesa provinciana.

O ese otro modo de relación, que para Guirao fue siempre como un continuum de conciencia y solidaridad entre todo lo vivo, su profunda relación con los animales. Sin embargo, nunca describiría Las aguas de la noche como un libro a la moda ecológico-no-binaria-y-animalista. No se trata de eso, y, no obstante, todo eso está ahí, bien presente, porque todo eso sustentaba las convicciones más genuinas de su autor.

Recuerdo que sentí, al ir a empezar a leer el libro, un leve temblor y la impresión de que iba a oír una voz, de que una voz saldría a mi encuentro. Y me dispuse a escuchar (y quizá la poesía sea también eso, una voz que sale a nuestro encuentro). Al cerrar el libro, me quedé callada y sentí que la propuesta que se nos transmitía era un canto a favor de la felicidad y de la bondad, de una verdad de la vida y el mundo que se encontraban junto a la felicidad y la bondad. Y este breve párrafo donde nos aguarda el título –pág. 180 “Fue a medianoche , con la luna sobre el mar y sobre nosotros, cuando volvimos a a entrar en el agua y sin más palabras nos abrazamos y así, abrazados, pasamos mucho en medio de las oscuras aguas de la noche. Desde ese día estuvimos casados”– enuncia esa felicidad de la bondad y la risa en su grado más extremo.

El otro punto era más silencioso y nombraba la extrañeza, la extrañeza de algo que nos ocurre, y que nos funda en lo que somos –pág. 170: “Llegué a un lugar especialmente sombrío y me senté en la tierra, sobre las agujas secas, apoyada la espalda contra el tronco de un gran pino, que formaba con sus ramas, una especie de cueva, una de las estancias que la vida te regala, ahora lo pienso muy de tarde en tarde, en las que tienes la sensación de que están hechas solo para ti y en las que sientes el deseo de habitarlas para siempre. Desde aquel lugar se divisaba, a pocos metros, un pequeño claro del bosque en el que apenas entraba la luz del sol. Al poco tiempo apareció, en el centro del claro, un ciervo enorme, majestuoso, que andaba, sin hacer ruido, entre los árboles. En un momento, nuestras miradas se cruzaron, después desapareció sigilosamente, sin temor, como había llegado. Nunca he vuelto a ver una mirada tan hermosa. Sentí que el gran ciervo, el más huidizo de los animales, me había mirado como un habitante más del bosque. Seguí allí, inmóvil, durante mucho tiempo, maravillado por aquella visión que me había hecho sentir que aquel lugar era mío, que nadie antes que yo había pisado el territorio sagrado de los ciervos y que ellos me habían aceptado como un animal extraño que había encontrado su lugar en el mundo. Sólo las llamadas angustiadas de búsqueda de los adultos me hicieron salir de aquella hermosa madriguera”.