Gabriel Alonso-Carro ocupa lugar destacado en el más alto sector de la intelectualidad española. Los medios de comunicación, salvo algunas excepciones relevantes, se deslumbran con los fuegos artificiales de escritores que carecen de fundamento. Pero en medio de la frivolidad, España cuenta con intelectuales a los que el estudio constante y el pensamiento profundo han convertido en los auténticos guías de las nuevas generaciones.

Gabriel Alonso-Carro ha dedicado su vida entera al estudio y a la meditación. Especializado en el mundo internacional y en la globalización, carga ya sobre sus espaldas un equipaje bibliográfico de consideración, respaldado por la admiración de sus discípulos y el respeto de los críticos.

Las raíces intelectuales de Gabriel Alonso-Carro se hunden en el pensamiento religioso, en la vibración católica que enlaza al hombre con Dios y que, generación tras generación, esclarece la gran incógnita del ser humano: no saber adónde vamos ni de dónde venimos.

En su último libro Globalizar la solidaridad (Editorial Última Línea) Gabriel Alonso-Carro se enfrenta con la ética política internacional sin que le zarandee el pesimismo. Todo en su escritura es moderación y estudio. Un contenido optimista vertebra su obra. Acentúa una serie de solidaridades que progresan en el respeto a los derechos humanos y en la verdad que nos hace libres.

El autor afirma que varias épocas del siglo XXI, aun con sus tensiones epilépticas, se pueden interpretar como periodos de racionalización creciente. “Es el resultado –afirma Alonso-Carro– de la especialización y de la tecnificación de la civilización de Occidente, que ha conducido a ese mayor acontecimiento que es el desarrollo humano en forma de capitalismo industrial moderno”.

El autor, junto a la reflexión filosófica, se desgrana en un conocimiento teológico que completa su personalidad intelectual, ciertamente excepcional

Se acerca el autor a mi maestro, Arnold J. Toynbee. Está más próximo en todo caso de la metafísica de la esperanza, de Gabriel Marcel, que del desgarro de Unamuno cuando se detiene en el sentimiento trágico de la vida.

Gabriel Alonso-Carro no desdeña la significación actual de nuestra herencia en América y en este sentido, la tradición hispánica tiene mucho que decir “por su configuración histórica y cultural: en razón de su universalismo y de su visión más optimista del ser humano, diversa del pesimismo antropológico protestante. Nuestro acervo intelectual internacionalista de siglos, tanto español como iberoamericano, posee un potencial alternativo anglosajón para la situación actual de las relaciones internacionales aún por explotar a fondo”.

Elogia el autor la Crítica de la razón instrumental, de Horkheimer, ahonda en las reflexiones de la Escuela de Frankfurt y reflexiona sobre la “acción comunicativa” y la “acción técnica” de Jürgen Habermas. Pero sobre todo desmenuza la Sollicitudo Rei Socialis, del Papa santo Juan Pablo II, tal vez porque “para un cristiano”, lo determinante “es su naturaleza específica de ser creado por Dios a su imagen y semejanza”.

La solidaridad avanza en el mundo, entre tensiones que no decaen, gracias a la voz religiosa del pensamiento incesante y es la religión la que desempeña un papel crucial en la pacificación de los conflictos.

“La vida interna que está regida por el Derecho de Gentes, cuya alma se puede decir, es la moral internacional”. Gabriel Alonso-Carro se ha esforzado en este espléndido libro en subrayar “la importancia crucial, definitiva del principio personalista… que prolonga la gran tradición de la filosofía moral clásica occidental”, sobre todo en su versión humanista.

El autor, junto a la reflexión filosófica, se desgrana en un conocimiento teológico que completa su personalidad intelectual, ciertamente excepcional.