Image: Treinta años sin Chaplin

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Primera palabra

Treinta años sin Chaplin

Por Luis María Anson, de la Real Academia Española

24 enero, 2008 01:00

Luis María Anson, de la Real Academia Española

Picasso, Churchill, Einstein, Proust, Heidegger, Le Corbusier… entre los grandes genios del siglo XX se alza en lugar destacado el genio del cine, Charles Chaplin.

A los treinta años de su muerte he leído las declaraciones de su hija, la inteligente y sutil Geraldine. Chaplin era ateo "pero no enemigo de la religión. Me envió a la escuela más rigurosa que pudo: un internado de monjas en Suiza. Decía que le gustaría creer pero que no podía". Eso mismo se lo he escuchado a Miguel Ortega, hijo de Ortega y Gasset, médico de relieve, miembro del Consejo Privado de Don Juan de Borbón: "Tengo la desgracia de no creer -decía- Pero me gustaría hacerlo".

Geraldine recuerda la infancia pobre de su padre. Todos los regalos que Chaplin niño recibía en Navidad se reducían a una naranja. Y define la hija al personaje en su dimensión humana: trabajador, estudioso, inquieto, atento a su familia, preocupado por el futuro incierto. Siempre fue un hombre cercano al pueblo. Por eso le quería todo el mundo. Geraldine lo explica muy bien. Cuando empezó a trabajar como actriz, "sentía que era el hombre más amado del planeta porque la gente se identificaba con él". Para la hija de Chaplin, el genio " conoció a muchos grandes artistas, escritores y políticos, pero siempre mantuvo un perfil muy humilde, jamás le vi hablar en términos presuntuosos".

Un día, durante un almuerzo en casa de la Reina Victoria Eugenia, en la Vieille Fontaine de todas las nostalgias, tuve ocasión de escuchar a Chaplin. Lo he contado muchas veces y no voy a repetirlo. Me causó una profunda impresión la honradez con que se expresaba. Dijo algunas cosas sorprendentes como que la decadencia del arte cinematográfico derivaba del fin del cine mudo.

Durante la sobremesa, Don Juan, que escuchaba al genio con enorme atención, le dijo:
-Mis hermanos se reían mucho con sus películas, que nos ponían en Palacio. A mí me producían mucho más que risas. Viendo sus películas aprendí el verdadero progresismo que consiste en estar al lado de los desfavorecidos. En sus películas usted está siempre a favor del pobre y en contra del rico, a favor del débil y en contra del fuerte, a favor de la mujer y en contra del hombre, a favor del humilde y en contra del orgulloso, a favor del negro y en contra del blanco, a favor del discapacitado y en contra del prepotente… Aquel anciano de pelo blanco un poco alborotado miró a Don Juan con ojos de Charlot y, volviéndose a la Reina Victoria, afirmó: "Su hijo, Señora, ha comprendido muy bien el mensaje de mi cine. Yo expresé en imágenes lo que algunos poetas dijeron con sus versos, algunos pintores con sus lienzos, algunos filósofos con su pensamiento".

Treinta años sin Chaplin, el hombre libre perseguido por los dictadores, también por el fundamentalismo norteamericano. De los grandes genios que iluminaron el siglo XX no queda ninguno vivo. El creador de El chico, el genio de Luces de la ciudad es uno de los nombres claves de la pasada centuria. Gracias a él y a su obra ingente y profunda, se ha llamado al siglo XX el siglo del cine. La industria, el negocio, el dividendo, han barrido en considerable medida el cine artístico, el cine como una de las bellas artes junto a la literatura, la música, la pintura, la escultura, la arquitectura, la danza. Chaplin no se rindió nunca y su hija Geraldine, que tiene el alma un poco melancólica y por eso mismo delicada y profunda, lo ha explicado con palabras yacentes cuando se cumplen los treinta años de la muerte del genio y el lago Leman, junto a Corsier-sur- Vevey, vuelve a cubrirse de recuerdos y lágrimas.

ZigZag

Walter Lippman pudo ser filósofo de prestigio, catedrático de Universidad en Harvard, ensayista de éxito, político presidenciable. Pero quiso ser periodista. Nada más y nada menos. Desde su juventud escribió columnas independientes, lúcidas, sagaces, en diversos periódicos y revistas. Su influencia se hizo más que inmensa, decisiva. Los presidentes norteamericanos tras su elección acudían a su despacho para escucharle. Reyes, Jefes de Estado y de Gobierno de todo el mundo querían que Lippman les entrevistara. él estaba por encima de oropeles y vanidades. No se ocupaba más que de sus lectores. Fue alumno de Santayana, polemizó con Bernard Shaw, escribió miles de editoriales sin firma, millares de artículos firmados. Protegió a sus compañeros más jóvenes. Se enfrentó al presidente Johnson. Aclaraba lo que a todos parecía complejo. Buscaba la esencia de las cosas y desechaba la hojarasca. Fue un trabajador solitario y solía retirarse a su "laguna de silencio" para cogitar sobre "el lejano pasado y el todavía más lejano futuro". Era un periodista. Sólo un periodista. Recomiendo a los alumnos de las Facultades de Ciencias de la Información la lectura de El periodista y el poder, un libro ciertamente extraordinario, escrito por Ronald Steel, catedrático de una gran Universidad norteamericana.