Semanas atrás, en uno de esos efímeros vendavales periodísticos que por solo unos días ponen de actualidad una tendencia, se habló mucho de los therians. El término deriva del griego theríon, ‘animal salvaje’, ‘bestia’. Se llaman así algunas personas que se identifican psicológicamente con una especie animal y sienten el impulso de mimetizar su aspecto y sus movimientos, empleando eventualmente máscaras y otros accesorios. Las redes han propiciado que los therians se organicen en comunidades más o menos activas y hayan alcanzado así una episódica notoriedad.
Quiera tratarse como una moda, una tendencia o una patología, lo cierto es que el sustrato de esta especie de subcultura se remonta muy atrás, a los albores de la humanidad. Es sabido que en las culturas primitivas, como en muchas religiones, son abundantes las creencias, los mitos, las fábulas, los ritos y las supersticiones que relacionan a los humanos con los animales. Elias Canetti atribuía el desarrollo de la especie humana a su capacidad para metamorfosearse en los animales que cazaba. La antropología abunda en testimonios de una estrecha intimidad de hombres y animales. De modo que el fenómeno de los therians es solo un episodio más de una relación que se pierde en la noche de los tiempos.
El impulso de los therians a articularse como comunidad lo brindó, al parecer, a comienzos de los 90, un foro de internet dedicado al género de ficción de los hombres lobo. Aunque generalmente ligado a los géneros de terror, el muy antiguo mito del hombre-lobo encuentra sustento en algunos casos, documentados en muy distintas épocas y lugares, de niños que, abandonados o perdidos, fueron criados por lobos. Algunos de estos niños, después de hallados, atrajeron el interés de humanistas y científicos, y adquirieron en ocasiones fama internacional.
Mowgli, el famoso personaje creado por Kipling en El libro de la selva (1894), se inspiró en el caso real de Dina Sanichar, un niño salvaje criado por lobos y encontrado en la India por unos cazadores en 1868. François Truffaut, por su parte, se basó, para El pequeño salvaje (1970), en los famosos informes que el médico y pedagogo francés Jean Itard redactó en 1801 y 1806 acerca de un niño-lobo encontrado poco antes en la región francesa de Aveyron, y que él se propuso educar. Lleno de admiración, Rafael Sánchez Ferlosio tradujo estos informes en 1973, y las notas que escribió a su propósito conforman el más desconocido y –según él mismo– mejor de sus libros.
Nutriéndose del apasionante material existente sobre los niños “salvajes” o “ferales”, David Muñoz Mateos (Zamora, 1988) acaba de publicar una excelente novela en la que un narrador muy parecido a él mismo cuenta su relación con un hombre que, perdido cuando aún era niño, convivió durante un tiempo indeterminado con una de las manadas de lobos que todavía merodean por la sierra de Culebra, entre Zamora y Portugal.
Delicada e incisiva, lúcidamente melancólica, meditabunda y profunda, 'Entre las hojas escondido' es una novela singular, llena de alcances y de aristas
Entre las hojas escondido (Muñeca Infinita) es un pequeño prodigio de sabiduría narrativa, en la que se mezclan y dosifican espléndidamente realidad y ficción, ensayo y novela, para obtener una especie de falso documental que termina por adquirir el peso y la gravedad de un testimonio real.
Samuel Carvalho, un caso limítrofe de “niño salvaje” difícilmente reinserto en una sociedad en la que nunca deja de sentirse como un extraño, es un personaje portentoso, dotado de un hablar característico muy logrado, y de una humanidad y una psicología enormemente convincentes.
Delicada e incisiva, lúcidamente melancólica, meditabunda y profunda, Entre las hojas escondido es una novela singular, llena de alcances y también de aristas, escrita a conciencia, con poderío. Acredita una serena y resuelta madurez, y –sobre el horizonte de la catástrofe ecológica y cultural que nos acecha– acierta a plantear cuestiones de enorme actualidad de un modo elegantemente sesgado y ecuánime.