NOVELAS. En los cuartos de estar de los apartamentos, hoteles y casas rurales, junto a los mazos de cartas, el parchís, los triviales, el Monopoly y otros juegos de mesa, suele haber una pequeña biblioteca para disfrute libre de los huéspedes.

En sus anaqueles ocupan visible lugar las guías sobre rutas, senderos, fiestas, restaurantes, enclaves naturales curiosos, monumentos y templos centenarios de la región. Pero son mayoría las novelas.

Estas novelas proceden, sin duda, de anteriores huéspedes. Unos las olvidaron al marcharse y otros las abandonaron después de haberlas leído, practicando estos últimos una política de usar y tirar, que no es indicativa, precisamente, de un aprecio por los libros ni del objetivo de atesorar una biblioteca propia en sus hogares.

Puede que algunos de los antiguos huéspedes hayan legado deliberadamente sus libros a esas bibliotecas caseras y rurales con la intención, entre solidaria y social, de reforzar una cadena cultural circular y comunitaria. O, tal vez, por haberse llevado en su mochila un libro de su interés y querer compensar y enmendar esa sustracción efectuando un anónimo y razonable intercambio.

BEST SELLERS. He constatado en estas bibliotecas la casi total ausencia de libros de poesía y de ensayo, aunque también la ausencia de libros de autoayuda, lo cual puede deberse a que son muy estimados por sus dueños y lectores, que no desean desprenderse de sus útiles enseñanzas.

La selección de libros para los ociosos desplazamientos del verano es asunto delicado y perfeccionable

Las novelas reinantes, digámoslo ya, son en su inmensa mayoría best sellers de contundente complexión –para que duren unas vacaciones y más allá–, escaseando –o reducidas a un mínimo testimonial– las novelas de escritura y ambición literarias (que no voy a explicar ahora cuáles son, pues ya lo sabemos). Esto no indica necesariamente que el pasajero turista rural no lea novelas de interés literario, sino que las tiene en alta consideración para el incremento de su biblioteca personal y no las va dejando por ahí.

Esa abusiva presencia de best sellers en las estanterías –mayormente, ya saben, policíacos e históricos– de estos paraísos rurales no se debe, creo yo, a que esa clase de relatos sean, como el pantalón corto y las sandalias, una excepcional opción veraniega –algún caso habrá–, sino que refleja el predominio que las listas de libros más vendidos reflejan durante todo el año. La pescadilla se muerde la cola: la mayoría de los lectores lee best sellers y los best sellers lo son porque son leídos por la mayoría lectora.

Y en estas bibliotecas, turísticas y vacacionales, se refleja muy bien la existencia de los long sellers y su larga y provechosa trayectoria. Ellas brindan la posibilidad de llenar una incomprensible laguna: ahí están, vivos y coleando, Los pilares de la Tierra, El alquimista, El médico y, si te descuidas, hasta El perfume, que no agota su fragancia.

EQUIPAJE. Los lectores debemos poner empeño y atención a la hora de hacer nuestro equipaje de vacaciones. Calcetines, cremas solares, paraguas, pasta de dientes, repelente de mosquitos... ¡Nuestras pastillas! Que no falte de nada, aunque lo cierto es que, si vamos a una casa o a un apartamento rural, no nos será difícil reparar cualquier olvido en algún supermercado o tienda de un pueblo cercano. Pero, si fallamos el cálculo con los libros de la maleta, lo mismo nos toca descubrir, al fin, El código Da Vinci.

De cualquier manera, la selección de libros para los ociosos desplazamientos del verano es asunto delicado y perfeccionable. Unas veces tenemos el ojo más grande que el estómago y cargamos con un contingente excesivo de libros que –por esto o por aquello– vuelven a casa sin leer en su totalidad y después de habernos pesado lo suyo. Otras veces nos quedamos cortos y sin lectura a mitad de la fiesta y, entonces, en la biblioteca del edén rural, ya sabemos lo que nos espera: Odessa o nada.