INTERÉS. Los cinéfilos de mi generación nos iniciamos desde muy niños, como he recordado alguna vez, en los cines de los colegios y en los parroquiales. Es obvio que en ese tiempo nuestro objetivo y nuestra recompensa eran el entretenimiento y la diversión. Pero el hábito de ir al cine un par de días por semana fue el que sembró un interés que muy pronto se sustanciaría en la inclinación a ser cinéfilos exigentes, dedicarnos a la crítica o a hacer películas.

El caso es que en esta deriva tuvo un papel singular el actor y director norteamericano Jerry Lewis (1926-2017). Y digo que su papel y protagonismo fueron singulares porque fue de los pocos cineastas que nos acompañó y de los que retuvimos su rostro y su nombre siendo niños y nos siguió acompañando, con interés renovado y creciente, ya en posesión de nuestras herramientas de análisis, siendo adultos.

CREATIVIDAD. Ahora que lo pienso, es esta una característica solo compartida con los grandes cómicos, pues nos sucedió lo mismo con Buster Keaton y Charles Chaplin. Los grandes maestros del cine cómico no solo aportaban risa y jolgorio. Fuimos descubriendo su enorme inteligencia, su extraordinaria creatividad visual, técnica y fílmica, su aportación crítica sobre el ser humano y la sociedad, su posible carga política y, al fin, la otra cara de sus patochadas: la soledad, la tristeza, la derrota, el idealismo, la lucha por la felicidad.

La filmografía de Jerry Lewis –este año se celebra el centenario de su nacimiento– fue ingente: sus dieciséis películas formando pareja con Dean Martin entre 1946 y 1956; una docena de películas, aproximadamente, como director y protagonista y las quince, también aproximadamente, que hizo con otros directores, aunque diseñadas y concebidas por él y a su servicio.

En las primeras con Martin y en estas últimas tuvo el buen ojo de ponerse a las órdenes de directores de comedia tan relevantes como Frank Tashlin y Norman Taurog, hasta llegar a su dramática y testamentaria despedida con Martin Scorsese en El rey de la comedia (1982).

Fue el mago de la comedia física, de la mueca, del color, de la inventiva formal, del gag visual y sonoro

DOCUMENTAL. Son Martin Scorsese, Jean-Luc Godard y Pierre Étaix, nada menos, quienes le reconocen como un genio en el impresionante documental –está en Movistar– From Darkness to Light (2024), de Eric Friedler y Michael Lurie, coproducido por Wim Wenders, sobre su inacabada y desaparecida película de 1972 The Day the Clown Cried, que hizo naufragar su vida y, prácticamente, su carrera.

El productor lo abandonó antes del fin del rodaje, Lewis piensa que su trabajo como director era muy malo. No lograba encontrar el punto de una historia casi imposible de contar y cuyo solo resumen ya duele: un payaso prisionero en un campo de concentración nazi se afana en hacer reír a los niños judíos para aminorar su dolor y acepta, para ocultarles con sus gracias su inmediato destino, conducirles, como un flautista de Hamelín, hasta la puerta de un horno crematorio.

El documental, además de una larga entrevista, aporta muchas escenas de esta terrible película inédita. Jerry Lewis era judío. Su vida tuvo zonas muy oscuras: adicciones, presuntos abusos, el trato a sus dos esposas y a sus siete hijos, el suicidio de uno de ellos... En la pantalla, entre vulnerable, despreciado e incapaz, fue el mago de la comedia física, de la mueca, de la torpeza, de la destrucción, del color, de la inventiva formal, del gag visual y sonoro.

El profesor chiflado (1963), su versión de Jekyll y Hyde, fue su obra maestra. Pero nunca olvidaremos su personaje mudo de El botones (1960), ni su frenético teclear al ritmo de una música sobre una máquina de escribir inexistente en Lío en los grandes almacenes (1963), ni la casa de tres plantas partida por la mitad con las habitaciones a la vista que creó para El terror de las chicas (1961), ni...