Bajo despacio la calle Mesón de Paredes y, desde Tirso de Molina a la Plaza Nelson Mandela, un recorrido más bien corto, contabilizo ocho cafeterías de café de especialidad. Llego a la plaza y miro a mi derecha, al Baobab, el restaurante senegalés al que solía ir a comer todos los miércoles y que cerraron en 2020 para construir un bloque de pisos turísticos. Y después miro a mi izquierda, a La Quimera, el CSO al que solía ir los fines de semana a ver conciertos geniales con una acústica terrible y que cerraron en 2022 no sé muy bien por qué.

Hablar de cómo Lavapiés ha cambiado en los últimos años es como decir que el agua moja. Quejarse de los turistas, de la subida de los precios, de la destrucción de los barrios, de la destrucción de la vida, está convirtiéndose en una cantinela que cada vez cala menos de tanto repetirse, y creo que eso es lo más peligroso de todo, el automatismo en la queja, la naturalización pasiva de ella.

Todo el mundo está ya un poco cansado y aburrido de escuchar esas dos construcciones sintácticas que he mencionado en el párrafo anterior, “bloque de pisos turísticos” y “cafeterías de café de especialidad”. Porque no hay nada que pueda reivindicarse que no se haya reivindicado ya seiscientas veces, e ignoro de qué manera puedo protestar para que pueda tener algún tipo de impacto. Y sin embargo, al mismo tiempo, un poco paradójicamente, es urgente que sigamos haciéndolo de todos los modos que se nos ocurran.

Hace años vi En construcción de José Luis Guerin, de 2001, y aunque me pareció interesante, no me conmovió especialmente. La semana pasada volví a verlo, y esta vez me pareció uno de los documentales más importantes que he visto nunca y no he dejado de pensar en él desde entonces.

Guerin graba la intimidad de los obreros de una construcción en el barrio chino de Barcelona, ahora el Raval. Graba la transformación de las vidas de la gente que habitaba en esas casas, las conversaciones entre ellos, cómo observan los gatos que asoman entre escombros, los andamios que vuelan, la calavera que encuentran de hace dos mil años, los niños que utilizan las placas como tobogán. En un momento alguien grita: “¿Cuándo vais a acabar las obras, chaval, cuándo, eh?”. Y se hace el silencio porque la respuesta es, sencillamente, nunca.

Quejarse de los turistas, de la destrucción de los barrios, está convirtiéndose en una cantinela que cada vez cala menos de tanto repetirse

En otro momento, dos obreros, uno catalán y otro marroquí, charlan entre ellos sobre un poeta palestino y después uno de ellos dice: “El capitalismo no durará tanto, esto no es eterno. Pasará igual que con el esclavismo o el feudalismo, pasará”. Y el otro le responde: “El capitalismo existió, existe y existirá”. En fin, lucho por creer a uno, miro a mi alrededor y solo puedo creer al otro.

Al final, el documental acaba con que las obras finalizan, llegan los nuevos inquilinos, personas muy bien vestidas, y una de ellas dice: “Esperemos que con los años esto sean casas nuevas y las vistas sean mucho más bonitas. Lo que no quiero es que tiendan la ropa en el balcón”. Felicidades a esa señora porque su sueño se cumplió.

A mitad del metraje, empieza a nevar y uno de los albañiles, con su característica poética árabe, dice: “La naturaleza está susurrando a Barcelona mediante la nieve”. Y sí, veinticinco años después, a mitad de enero, nieva también en toda Madrid. Nieva sobre el bar en el que el pasado sábado me cobraron cuatro cincuenta la cerveza, sobre mis amigas que viven cada vez en barrios más lejanos. Nieva sobre los taladros perennes que no me dejan dormir, sobre todos los locales vivos y, por encima de todo, sobre todos los locales muertos.