Novela

Mercado de espejismos

Felipe Benítez Reyes

15 febrero, 2007 01:00

Felipe Benítez Reyes: Foto: Sergio Enríquez

Premio Nadal. Destino. Barcelona, 2007. 397 páginas, 19’50 euros

El premio Nadal ha recaído en esta ocasión en un escritor con obra considerable. Excelente poeta, agudo articulista, Benítez Reyes se ha adentrado también en distintas ocasiones en el territorio de la literatura narrativa, con obras tan notables como El novio del mundo. En Mercado de espejismos exhibe el autor virtudes ya probadas, como la riqueza de su prosa y la facilidad para la caricatura y la pirotecnia verbal. Sin embargo, Mercado de espejismos es una novela decepcionante. En primer lugar, por su punto de partida. Plantear ahora una parodia de los bestsellers más o menos esotéricos que inundan el mercado parece una empresa de escasa ambición, cuando tantos asuntos importantes de nuestro alrededor están pidiendo a gritos su fijación artística. ¿A quién le importan -si hablamos de literatura- las novelas de templarios, de sociedades secretas o de códigos enigmáticos? Se podrá decir que Cervantes intentó parodiar los libros de caballerías, pero es una simplificación: parodió y puso en solfa muchas más cosas y, además, sentó las bases de la novela moderna. Un arranque en apariencia modesto condujo a un final deslumbrante. éste no es el caso. La historia de Jacob Vinuesa, encargado por su amigo Sam Benítez de robar las reliquias de los Reyes Magos custodiadas en la catedral de Colonia, se reduce a un sinfín de idas y venidas sin demasiada justificación, trufadas de encuentros con personajes pintorescos ante los cuales la preocupación del autor parece haber sido caracterizarlos mediante rasgos abultados: el padre de María Trujillo intenta "amaestrar culebras para que zigzaguearan al son de la música de Verdi" (p. 346), el Penumbra "se había teñido el pelo de azul ultramar, con mechas amarillas" (p. 235), Lorre "tenía un ojo bastante más grande que el otro" (p. 334), etc. Por las páginas de la novela desfilan tipos como el Penumbra, Abdel Bari, el primo Walter, Federiquito Arreola, los diversos e improbables Dakauskas, Cristi Cuaresma, sin que, en rigor, suceda nada, porque casi todos los hechos decisivos son narrados por los personajes, incluso el desenlace, puro humo en que se disuelve la inconsistente trama de las acciones. Entre unas y otras apariciones, numerosos tiempos muertos se rellenan con la interpolación o glosa de historias y noticias conocidas, como las de Simón el Mago, Fulcanelli o el Libro de las maravillas de Mandeville, o bien se copian textos supuestamente ajenos, como los del tío Walter o el artículo traducido del francés de "Philippe des Rois", juego que transparenta el nombre del autor.

Como consecuencia de esto, el ritmo narrativo decae con frecuencia. Las prolijas y tediosas explicaciones, los numerosos personajes de perfil huidizo que aparecen y se esfuman sin llegar a tener función alguna en la historia, los continuos trampantojos a que se somete al lector, hacen que el relato se tambalee por su inanidad y pierda interés en muchos momentos. El propio narrador confiesa al final que su relato es "un memorial caótico de unos lances sin porqué, sin para qué y sin más sentido que el que tienen las cosas que nos pasan a cada instante" (p. 373). La vida puede no tener sentido, pero la novela es otra cosa. Ni siquiera nos compensa el estilo brillante del autor, concentrado como está, al parecer, en mostrar ingenio verbal con metáforas y comparaciones inesperadas más que en ser propiamente instrumento narrativo. Así, "Caín, que es un psicópata inventado por el antepasado de Stephen King que escribió el Génesis" (p. 173). No faltan las aposi- ciones construidas como greguerías: "la pesadilla, ese sucedáneo democrático de la fantasía" (p. 11); "Sócrates, aquél desventurado muñeco de ventrílocuo del redicho Platón" (p. 41). Pero una novela debe ser algo más que un despliegue de ingeniosidades -y en estas páginas hay una copiosa antología-, como una buena comedia es más que una yuxtaposición de gags y chistes. Poco hay que oponer al Benítez Reyes prosista: el uso de "sisear" por ‘sisar’ (p. 55); la conjetura de "que te rompan la cabeza en seis mitades" (p. 245) o la utilización exclusiva de la fórmula de tufillo funcionarial "al día de hoy" (pp. 16, 72, 74, 92, 116, 148, 265, etc.). Al novelista, en cambio, convendría repetirle las palabras que Ortega y Gasset dedicó a Valle-Inclán, a propósito de la Sonata de otoño, confiando en una futura obra del escritor gallego que le hiciera exclamar: "He aquí que don Ramón del Valle-Inclán se deja de bernardinas y nos cuenta cosas humanas, harto humanas en su estilo noble de escritor bien nacido".