Fotografía de Judith Prat de su libro 'Brujas' (La Fábrica)

Fotografía de Judith Prat de su libro 'Brujas' (La Fábrica)

Letras

El retorno de las brujas a la literatura: Alana S. Portero, Nerea Pallares y Roser Cabré-Verdiell celebran su aquelarre

Las últimas y próximas novelas de las escritoras se unen a un fenómeno cultural que reivindica a estas poderosas mujeres que forman parte de nuestro folclore... y de nuestro presente.

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Entre los siglos XV y XVII decenas de miles de personas, principalmente mujeres, fueron ejecutadas en Europa durante la tristemente conocida como caza de brujas. Eran, en su origen, curanderas y mujeres cultas, instruidas en la medicina natural y en saberes ancestrales a las que la moral cristiana tachó durante siglos de peligrosas hasta invertir el sentir popular. Perseguidas duramente en toda Europa, aunque en España la cacería fue menor, algunos de los asesinatos más precoces y relevantes sucedieron en los Pirineos.

Esa es la tesis de la artista Judith Prat que en su evocador fotolibro Brujas, publicado por La Fábrica, rastrea los lugares, hechos y tradiciones que fijaron su huella en el paisaje en un diálogo entre el pasado y el presente, entre aquellas mujeres y las de ahora.

Pero Prat no es la única que ha sentido la inquietud por este particular resurgimiento de las brujas. Algunas de las novelas publicadas en los últimos años coinciden en esa conversación entre nuestro folclore y nuestro presente. Es el caso de Irene Solà y sus libros Canto yo y la montaña baila y Te di ojos y miraste las tinieblas, ambos publicados por Anagrama, que, particularmente el primero de los dos, surgen del interés de su autora por la caza de brujas y las mujeres de agua –figuras femeninas habituales en la mitología del Pirineo catalán-. Pero también, y más recientemente, Punto de araña (Libros del Asteroide), de Nerea Pallares o Que mueran los hijos de los demás (Alpha Decay), de Roser Cabré-Verdiell.

Estas historias nos ayudan hoy igual que lo han hecho siempre: tratan de ser una aproximación a una verdad esencial –explica Pallares-. El pensador rumano Mircea Eliade decía que el mito revela un misterio. Lo que creo que puede estar sucediendo hoy, en un momento tan dominado por la razón lógica, es que quizás no estamos tan abiertos a este tipo de conocimiento, que es, sin embargo, muy valioso”.

En su primera novela, Punto de araña, la escritora parte de un oficio artesanal de hace siglos, el de las palilleiras de la Costa da Morte, para elaborar un relato que nos lleva por el mito de Ariadna, a partir de una joven que acaba de llegar a un pueblo gallego, Camariñas, para encargarse del museo de encaje y ejercer de guía turística. “El origen es pensar en el tejido como forma de lenguaje y, por tanto, como movimiento creador de las realidades del mundo y de sus sociedades. Y, con ello, pensar también en las mujeres como tejedoras: redeiras y palilleiras que moviendo los bolillos mueven el mundo, hacen que funcione. Ellas se encargan de una labor invisible y no reconocida, pero imprescindible”.

"El mito revela un misterio. Estas historias nos ayudan hoy igual que siempre: tratan de ser una aproximación a una verdad esencial". Nerea Pallares

Son esas mujeres quienes movidas por la ira tras un trágico suceso decidirán invocar a las tres deidades de la localidad. “Son las Señoras de Costa da Morte, dueñas del océano y del encaje. Representan el arquetipo de la vieja y de la araña. Son tres tejedoras que nos conectan, por un lado, con otras deidades tripartitas (como la diosa Macha de las leyendas irlandesas o como las tres Moiras, Parcas o Nornas, relacionadas también siempre con el hilo) y, por otro, en su faceta de creadoras de todo lo existente, con la figura de la Diosa-Madre, representada por el arquetipo de la vieja en tantas culturas: Cailleach Bheara, en las leyendas escocesas, o la figura de A Vella, en la tradición mitológica gallega”, explica la escritora.

Al contrario que en el libro de Pallares, donde el motor es la ira y la sororidad, en Que mueran los hijos de los demás el detonante de todo es el miedo. Rebeca, una mujer de 40 años paralizada por el pánico a que cualquier tragedia le pueda ocurrir a ella o a sus dos hijos se traslada a vivir, junto a su familia, en Ocata, una zona de paso situada en El Maresme de Barcelona. A partir de ahí, el trauma y la angustia de este fascinante personaje irá oscilando entre la paranoia y el poderío de una auténtica hechicera.

“Mi literatura, mi manera de escribir es muy poco de método, es muy exploratoria. Parte de obsesiones o de preguntas”, comparte Cabré-Verdiell sobre el origen de esta truculenta historia llena de capas. “En el caso de esta novela, me obsesioné mucho con la zona del Maresme, porque no es el sitio más literario ni más bucólico, pero descubrí que es ahí donde termina el Meridiano Verde –ruta o senda que sigue el meridiano de París desde Dunkerque, al norte de Francia, hasta la playa de Ocata-. Y me gustó la idea de intentar entender de dónde viene esta línea y qué esconde”.

Como Pallares, también la autora catalana se sirve aquí de una mitología y una leyenda reales para, a partir de un narrador nada fiable, reconstruir todo aquello que le sirve para sus intereses puramente literarios. “Es cierto que hay varias corrientes esotéricas que defienden que alrededor de los meridianos, no solo en este, ocurren cosas misteriosas, que antes eran ejes de magia y que eso explica que a su alrededor se hayan encontrado varias estructuras sagradas de todas las épocas, como dólmenes o necrópolis”.

Fotografía de 'Brujas' (La Fábrica), de Judith Prat

Fotografía de 'Brujas' (La Fábrica), de Judith Prat

No obstante, señala, “yo me he inventado un folclore que no existe ahí, pero sí que es verdad que estamos en una tierra donde la tradición de saltar el fuego, de la purificación, se repite en varios rituales. Se trata de coger estos elementos que forman parte de nuestra cultura y resignificarlos. Los utilizo más como una alegoría, un lenguaje simbólico que a mí me permite hablar de cómo interpretamos el mundo”, comparte Cabré-Verdiell.

En la misma línea, también Punto de araña tiene su base en estas tradiciones o supersticiones reales, que funcionan como excusa para abordar otros muchos temas como la relación entre palabra y poder o la importancia de la comunidad y de los relatos que nos sostienen. “Punto de araña es, en sí misma, una leyenda, la que cuenta el origen del encaje, que es también, de algún modo, contar el origen del lenguaje, de aquello que crea realidades al tejerlas, al mencionarlas. Y, aunque es una historia propia sí conecta, en parte, con la leyenda de A Moura, el mito fundacional más importante de Galicia, en el que A Vella es la creadora de todo; una moura que toma muchas formas en las leyendas, pero que es en realidad la misma y que suele aparecer hilando en una roca. Esta figura sigue siendo muy importante en el Entroido”, explica Pallares.

No obstante, la novelista aclara, “hablamos de folclore, que es la forma en la que el mestizaje de tradiciones llega hasta nuestros días, cuando en realidad creo que queremos hablar de sincretismo: de cómo, con la llegada del cristianismo, los antiguos ritos paganos se llenaron de un nuevo contenido y cómo los símbolos cristianos se fusionaron con los que ya existían en el territorio. A mí lo que me interesa es fijarme en los primeros, en las creencias arcaicas, porque creo que son las que nos ayudan a entender mejor la cultura de un pueblo y las formas originarias que tuvo para buscar una explicación del mundo. Eso es lo que seguimos haciendo. Desde el paradigma científico-técnico o desde el que predomine en cada época: no hacemos más que ensayar explicaciones para acercarnos a lo que sigue siendo un misterio”.

También Cabré-Verdiell entona esa reivindicación. "Solo hay que ver cómo se transforman las propias leyendas y cómo ahora nos hablan de la naturaleza humana tal y como hacían hace siglos. Fundamentalmente, se trata más bien de rituales, que vienen a sustituir o a darnos cobijo frente a grandes misterios vitales. En un momento tan hiperrealista y de crisis de fe generalizada es algo que cobra mucha más fuerza. Cuando más perdida está la gente, más ritual necesita”.

"Al escribir me gusta coger elementos de nuestra cultura y resignificarlos, usarlos como una alegoría que me permite hablar de cómo interpretamos el mundo". Roser Cabré-Verdiell

Pero, ¿y qué pasa con las brujas? “Yo no sé nada sobre la desgracia –escribe Alana S. Portero en un hermoso relato que acompaña a las sugerentes imágenes de Prat en Brujas-. Sé que la granada, traída del sur, bien usada, previene el malpreñarse, que el ungüento de mandrágora, fregado en las sienes durante el tiempo que tarda en dormirse una perra cansada, alivia el dolor de huesos, que el beleño machacado y junto con unas gotas de orina de hembra, puesto en los labios, adormece y libra a los sueños de la cola del diablo”.

También la autora de La mala costumbre ha caído bajo el hechizo de estos seres de los que escribirá, como ya anunció en El Cultural, en su próxima novela. “Es sobre el asesinato de 17 mujeres en el pueblo sevillano de Guillena. Quería escribir sobre ello, pero una novela de brujas. Me pregunto si fue por eso por lo que las perseguían. Siempre quise lanzarme con una novela gótica y creo que he encontrado el tema y el lugar para traerla a nuestra cultura y a nuestras heridas”, contaba entonces.

Perseguidas, apaleadas y denostadas por la literatura, en los cuentos populares y en las tradiciones, las brujas vuelven a ser reivindicadas como las mujeres sabias que siempre fueron por estas escritoras. “Yo creo que lo incómodo era -y sigue siendo- las mujeres que tenían voz y que manifestaban un deseo propio", defiende Pallares. "En este sentido, como precuela a la caza de brujas, la filósofa feminista Silvia Federici analiza muy bien cómo la sátira social era ya un mecanismo para mantener a raya a todas las mujeres que se expresaban y entonces la ‘esposa desobediente’, la ‘regañona’, la ‘puta’ y la ‘bruja’ eran categorías para señalar y ridiculizar a las insubordinadas”.

“También hoy en día ser tachada de ‘histérica’ o de ‘intensa’ puede funcionar como una forma de desacreditación y de silenciamiento. Y el principal problema que creo que enfrentamos es el de la ficción democrática: creemos que hemos alcanzado un momento en el que todas las voces, también las que están en los márgenes, se pueden expresar, pero es algo cosmético. Lo que creo que hace el sistema en realidad es asimilar la transgresión para volverla un producto y, con ello, domesticarla. Con todo, creo que estamos haciendo algo muy bien y es el volver a los espacios de reunión: buscar lugares para estar juntas y compartir lo que nos pasa”.

Sobre ese estereotipo habla precisamente Que mueran los hijos de los demás. “Aquí es donde yo lo ligo con el tema de la brujería. Quería reinterpretar el mito de la bruja sin entrar demasiado y teniendo en cuenta que siempre estamos en la cabeza de la narradora. Sobre todo, lo que me interesaba de lo mágico aquí era que funcionara como una lente que deformara la realidad para poder hablar de lo que es socialmente aceptado. Si nos fijamos, en un principio, tenemos una mujer muy miedosa, que se podría decir también que tiene un tipo de locura, es demasiado sobreprotectora, siempre preocupada por lo que le pueda pasar a sus hijos, y sin embargo está mucho más aceptada que cuando ella se libera de este miedo y lo transforma en deseo, en una voluntad por vivir y por ir hacia adelante”.

Una idea con la que trata de romper también la fotógrafa de Brujas, Judith Prat, a partir de imágenes actuales y de cierta simbología que nos evocan aquel imaginario -unos pies apoyados en la tierra, una mujer bañándose en el bosque, hogueras y hombres con antorchas, un gato con la boca abierta...-.

Y es que las meigas siguen aún entre nosotros. “Los arquetipos nunca desaparecen, lo que hacen es mutar. Toda época y también su literatura da forma a sus propios monstruos. Por ejemplo, si entendemos la ‘bruja’ como una categoría referida a la feminidad indócil o, incluso, a lo monstruoso, quizás hoy pueda tomar forma en ese ‘ciborg’ que proponía Donna Haraway para construir una alteridad frente a la feminidad hegemónica, la de la ‘diosa’. Por eso creo que lo más interesante que se puede hacer con un símbolo es apropiarse de él y transformarlo como sea: ironizando, invirtiéndolo, haciendo lo que sea necesario para que hable de otra manera”, señala la autora de Punto de araña.

“Yo creo que no es que hayan vuelto –tercia por su parte Cabré-Verdiell- es que no se han ido nunca, porque a mí me gusta entender la figura de la bruja como una mujer sabia y la literatura de Mercè Rodoreda, por poner un ejemplo, ya está llena de esas mujeres… Yo entiendo la brujería como esa mujer que no sigue los cánones impuestos, que se reinventa, se reencarna en otras vidas o que busca su propio camino. Este es el tipo de brujería que reivindico”, concluye.