Siri Hustvedt. Foto: Spencer Ostrander

Siri Hustvedt. Foto: Spencer Ostrander

Letras

Siri Hustvedt se funde con el fantasma de Paul Auster en un libro hondo y conmovedor

La escritora dedica a quien fuera su marido durante 43 años esta obra, que se erige en perfil íntimo del escritor y dialoga con la historia de su complicidad.

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Enterró a su marido esa mañana y por la noche, sola en su dormitorio, Siri Hustvedt (Minnesota, 1955) sintió una "presencia" entrando en la habitación. "En ese breve intervalo de éxtasis, supe exactamente dónde estaba él", escribe la autora de Todo cuanto amé.

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Historias de fantasmas

Siri Hustvedt

Traducción de Aurora Echevarría
Seix Barral, 2026
384 páginas. 21,90 €

El propio Paul Auster le había expresado días antes su deseo de regresar del más allá y ver cómo se las arreglaba sola. "Quiere volver para ver cómo estoy, qué estoy escribiendo", anotó ella en su diario; él se lo repitió más veces: "Quiero volver como fantasma".

A un novelista como Auster, popstar de la literatura en los noventa con aquellos artefactos tan modernos, llenos de habilidad y golpes de efecto, morir de cáncer le parecía directamente un "mal final". Y esa idea tan literaria, la del escritor que vuelve como fantasma, está en el núcleo de este memoir hondo y conmovedor que le dedica quien fuera su mujer durante cuarenta y tres años. Si hay una idea que permea todo el ensayo es esa: cualquier autor permanece en sus libros, que son sus verdaderos "restos mortales"; una idea obvia, pero que se vuelve poderosa al incidir en ella.

Historias de fantasmas reúne los recuerdos de una vida compartida. Cuando la pareja se conoció, Auster era un padre primerizo, inmerso, según Hustvedt, en un matrimonio desdichado. Su primera mujer, la escritora Lydia Davis, no aparece en estas páginas en las que, sin embargo, se trata por extenso la tragedia de su hijo Daniel.

Cuando murió en 2022, el primer hijo de Auster, de 44 años, estaba en libertad condicional. Once días antes lo habían acusado de la muerte de su hija Ruby, un bebé de diez meses, por una sobredosis de heroína y fentanilo. Según la autora, esta fue la gran tragedia en la vida de su marido y llega a sugerir que pudo contribuir a desencadenar su enfermedad. Recordar cuanto sufrió y denunciar el indecente tratamiento mediático del suceso le sirve también para homenajearlo.

La presencia de Auster asoma en los diarios, las cartas y las notas cotidianas que su mujer incluye y comenta en el libro. Las cartas que Auster redactó para Miles, su segundo nieto, a quien conoció solo durante unos meses ("te he visto darte la vuelta y reír", le dice en la última nota que le escribió), son un documento impagable, lleno de verdad, unos textos de una belleza sobria y conmovedora en los que el abuelo, consciente de que morirá pronto, le explica al nieto el mundo en el que acaba de aterrizar.

Auster pretendía armar un libro breve, no más de cien o doscientas páginas, para que Miles lo leyera de adolescente. En estas memorias, el bebé representa la vida y el modo como esta, a menudo, se entrelaza con la muerte. Auster había trabajado en serio en las cartas, había hecho entrevistas con parientes y tomado notas. Y las siete que terminó aportan calidez e intimidad a un libro por momentos disperso, en el que a veces se echa en falta algo más de desarrollo en las vivencias.

Tras la muerte de su marido, Hustvedt se refugió en la literatura científica y en algunos de sus filósofos de cabecera, como Søren Kierkegaard, a quien recurre para teorizar sobre el recuerdo, o Merleau-Ponty, creador del término "intercorporeidad", que designa el modo en que los cuerpos están siempre en relación entre sí. El duelo de Siri, insiste la escritora, no era por Paul, sino por "Siri y Paul"; es decir, por su vida en común.

"Si viviéramos juntos otros cien años, nos convertiríamos en la misma persona", solía decir él. La pareja tenía una gran complicidad intelectual. Se leían los manuscritos, se ayudaban en sus proyectos. Opinaban casi lo mismo sobre los grandes temas. Eran indivisibles.

La presencia de Auster asoma en los diarios, las cartas y las notas que su mujer incluye en el libro

Merleau-Ponty definió el duelo como una amputación que da lugar al miembro fantasma, que el amputado sigue sintiendo aunque ya no esté. La imagen aparecía en la última novela de Auster, Baumgartner –un libro que adquiere otra luz leído tras la muerte del propio Auster, ya enfermo cuando la escribió–, en la que el anciano protagonista la usaba para hablar del duelo por su mujer, cuya muerte aún lloraba nueve años después de que se produjera.

Para superar el duelo, Hustvedt leyó obsesivamente sobre él. "Eso no resuelve el problema, pero me distancia, alivia el dolor", dice. La distancia le ayudó también a soportar la enfermedad, los ingresos, el deterioro de su marido. Se mantenía ocupada: se ve en la minuciosidad con que desgrana la enfermedad en las cartas o el diario, como si la atención al detalle le hiciera olvidar el cuadro general, que no era otro que el de su marido muriendo.

El libro ofrece un perfil íntimo del escritor y un recuento de lo que significó ser Paul Auster en la cima de su popularidad. Según Hustvedt, el autor de La trilogía de Nueva York desconfiaba de la popularidad que lo rodeó siempre. "Al menos todos tus fans han leído tus libros", le decía a ella, una escritora también popular, pero cuyos libros, al menos a priori, no estaban llamados a ser bestsellers.

Auster, recuerda ella, no se sentía lo bastante respetado por la crítica inglesa y estadounidense, que solía reducir sus novelas, dice, a "un conjunto de ingeniosos trucos posmodernos", pasando por alto "la urgencia, la pasión y los pensamientos que había detrás".

Lo cierto es que ambas cosas son compatibles y, en el caso de Auster, dependía de donde cargara más las tintas (del lado del artificio o del lado de la profundidad) para que sus libros le salieran peor o mejor. La autora también intenta aclarar lo que considera ciertos malentendidos sobre su figura. Se queja de haber sido valorada a la sombra de él, cosa que a Auster también le molestaba. Y se reivindica al señalar, por ejemplo, cómo los periodistas daban por hecho que él era un gran especialista en Lacan, cuando lo poco que sabía sobre el psicoanalista francés se lo enseñó ella. "Paul siempre decía que yo era la intelectual de la familia", recuerda.

Hacia el final del libro, se detiene en el momento político de Estados Unidos y es muy precisa al hablar de Trump y del "voto nihilista" que lo ha llevado dos veces a la Casa Blanca. Hustvedt expresa una suerte de desamparo político que se suma al duelo por su marido.

En la última carta a su nieto Miles, Auster se preguntaba también si la república "seguiría respirando" después de su muerte, en referencia a las elecciones de noviembre de 2024, que finalmente ganó Trump y que él, como ya intuía al redactar la carta, no llegaría a ver. Creía que, de sobrevivir, la democracia estadounidense necesitaría "ventilación asistida". A la vista está que no se equivocó.