Rafael Azcona. Foto cedida por la editorial Pepitas de Calabaza

Rafael Azcona. Foto cedida por la editorial Pepitas de Calabaza

Letras

'Los muertos no se tocan, nene': el regreso del Azcona más feroz

Se reedita una de las mejores novelas del legendario guionista, donde dibuja un divertido retrato burlesco de la burguesía.

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Rafael Azcona (Logroño, 1926 - Madrid, 2008) goza de alto reconocimiento como guionista de cine. Lo fue de destacadas películas tanto de tiempos del franquismo (El pisito, El cochecito, Plácido o El verdugo) como de la democracia (La mitad del cielo, La lengua de las mariposas o Los girasoles ciegos). Ello ha tenido la contrapartida negativa del olvido o muy menor aprecio de su prolífica actividad como dibujante y articulista de prensa o como narrador, a pesar de que ya en sus inicios, en los años 50, cultivó la novela.

15 los muertos no se tocan nene

15 los muertos no se tocan nene

Los muertos no se tocan, nene

Rafael Azcona

Pepitas de Calabaza, 2026
159 páginas. 19,50 €

En aquella época, en 1956, publicó una de sus narraciones más logradas, Los muertos no se tocan, nene, que ahora, en el centenario del nacimiento, se reedita tras una nueva salida libre de los rigores de la censura en 1999.

El chocante y desenfadado título del libro sugiere de qué va el libro, los ritos sociales alrededor de la muerte, y a la vez da la clave humorística con que se observan. El índice recoge el claro desarrollo del argumento: ‘El óbito’, ‘Los primeros momentos’, ‘El velatorio’, ‘A hombros’ y ‘El entierro’.

Azcona cuenta en estos breves capítulos el ambiente en la vivienda familiar de una innominada ciudad de provincias en la que muere un anciano de 99 años. Se refieren sus últimos instantes, sabemos de los familiares y desfilan vecinos, conocidos y amistades que velan el cadáver.

También se da cuenta del ritual alrededor de la defunción: el médico que certifica el fallecimiento, los empleados de la funeraria, la elección del féretro, la preparación del cadáver, la redacción de la esquela, los tópicos de las visitas o el traslado al cementerio.

Tira Azcona de lo desacostumbrado e hiperbólico hasta configurar un retablo anecdótico codornicesco

Pero todos estos jalones comunes en los hábitos sociales de la muerte no tienen un tratamiento costumbrista y, sin dejar de respetar la base realista, son sometidos a una mirada expresionista que los abulta y deforma. Ello afecta tanto a los personajes como a los hechos.

El difunto, exjefe de Administración Municipal, taurófilo y medalla al Mérito agrícola, tiene un perfil caricaturesco, al igual que sus parientes. Estos forman una familia estrafalaria con un brigada de la Remonta “todo tripa y mantecas”, una hija descarriada, un buscavidas o un libidinoso bisnieto, poeta clandestino. Un puñado de figuras no menos extravagantes les acompañan en el duelo a lo largo de la noche, desde un alcalde en clave paródica hasta un viejo prostático.

Igual de inusuales son los sucesos que se refieren. Tira Azcona de lo desacostumbrado e hiperbólico hasta configurar un retablo anecdótico codornicesco que rinde tributo a la anormalidad o al equívoco. También se recrea en la transgresión de los modales de la buena crianza con el uso generoso de la escatología. En ello revela un gusto tremendista que se fija en los aspectos más crudos de la realidad y cuyo resultado se acerca al feísmo.

Pero no hay crueldad en esta satírica estampa burguesa. Se limita Azcona a dibujar un divertido retrato burlesco que desnuda el rimero de convencionalismos y tonterías de la clase media. No pretende, sin embargo, convertirlo en alegato, como buscaban muchos escritores de su generación (la de Aldecoa, Sánchez Ferlosio, Martín Gaite, Ferres o Goytisolo). La observación entre quevedesca y neorrealista de la vida evita la moralina y la denuncia expresa. En su lugar, tenemos una mirada ridiculizadora, pero también piadosa, e incluso algo emotiva, del mundo.