Miguel Morey. Foto cedida por Sexto Piso

Miguel Morey. Foto cedida por Sexto Piso

Letras

Miguel Morey, la elegancia del filósofo 'flâneur': crítica de su libro 'Nuevas doctrinas de la soledad'

El pensador vuelve a autores como Nietzsche, Foucault, Rimbaud o Trías con una frescura inaudita, invitándonos a releerlos.

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¿Es posible desprogramar nuestro régimen de atención a las entumecidas realidades mediante un exigente cuidado de cómo nos contamos? ¿Cómo relatarnos de modo que nuestra vida se tense como un arco en busca de una experiencia, al menos, justa? Creo no equivocarme en decir que, durante varias décadas, el viaje pedagógico y teórico de Miguel Morey (Barcelona, 1950) ha pivotado obsesivamente sobre este centro de gravedad cada vez más depurado, elegante y desnudo.

Nuevas doctrinas de la soledad

Miguel Morey

Sexto Piso, 2026
760 páginas. 34 €

Sobrio, pero siempre de forma intempestiva, este gesto ha interpelado a varias generaciones de lectores dispuestos a entender la práctica de la filosofía como un ejercicio ligado a una exigente ética de la comunicación. Es por ello una excelente noticia que la editorial Sexto Piso siga regalándonos, siempre con tan buen gusto, la recuperación de su obra dispersa con esta recopilación de textos que en absoluto pueden ser calificados de “menores”. Por cierto, ¿para cuándo una reedición de Deseo de piel roja (1994)?

No es exagerado afirmar que la aparición de un libro de Morey es siempre un acontecimiento silencioso. Si en la primera fase de su obra observábamos a un autor comenzando a explorar de forma tentativa las posibilidades de articular un nuevo estilo filosófico más honesto tras la denominada por Nietzsche “muerte de Dios”, y teniendo muy presente el testimonio de Mayo del 68 (Deleuze, Foucault) desde el gris prisma español, en estas contribuciones el lector se enfrenta a una experiencia de no menor intensidad, pero más curtida y aún, si cabe, más aceradamente precisa por el paso del tiempo. Sobre ella, una sostenida y depurada reflexión estilística en torno al estatuto ficticio de la subjetividad, y acerca del sentido y valor de lo que nos pasa.

Prolongación de las Pequeñas doctrinas de la soledad, editado hace casi dos décadas, esta nueva entrega sigue mostrando la cálida y hospitalaria vitalidad de la obra de Morey. En este caso seguimos encontrando su tentativa de hallar filiaciones entre la literatura y la filosofía, donde también brilla, entre otras problemáticas, la reflexión sobre el significado de la traducción.

Si algo caracteriza el estilo de Morey es siempre una rara generosidad, como si su escritura nunca se guardara nada, como si nada importara más que la propia tensión intrínseca de su proceso inmanente. En efecto, se trata de “abrir una puerta en el pensamiento del lector que lo conduzca hacia una experiencia de conocimiento que tan solo el lector puede hacer, y cada lector la suya. Tal como en una buena conversación”.

Si algo caracteriza el estilo de Morey es una rara generosidad, como si su escritura nunca se guardara nada

En estos “portales” abiertos encontramos, desde luego, a sus referencias habituales –Nietzsche, Foucault, Deleuze, Benjamin, Handke, Colli–, pero también otras figuras no tan frecuentadas –Santayana, Val del Omar, Rimbaud, Trías, entre otros–.

El lector exigente hallará no pocas pistas de lucidez en estas contribuciones, insinuaciones e invitaciones que podrían ser desarrolladas en el futuro. Por ello en estas páginas no encontramos en ningún caso la exposición habitual escolar de autores comentados hasta la extenuación, sino más bien sus gestos, sus “soledades”, sus bloqueos. Autores que aparecen aquí con una frescura inaudita, como si nos hicieran un guiño para seguir releyéndolos –¿no se trata justo de eso: de releer?– desde otro ritmo, desde otro tiempo suspendido de todo programa oportunista.

Morey, como genuino flâneur, nos invita a deambular sin rumbo para, quizá, encontrarnos de otro modo. Por eso no podía terminar este volumen sino apuntando a los “filósofos del futuro” y sus nuevos desafíos. Estas páginas muestran, ciertamente, algunos de estos intempestivos pero necesarios caminos.