Luis Landero. Foto: Cristina Villarino

Luis Landero. Foto: Cristina Villarino

Letras Libro de la semana

'Coloquio de invierno', la nueva novela de Luis Landero: somos juguetes del destino con alma de narradores

El escritor pone a dialogar y a contarse historias a siete viajeros retenidos e incomunicados en un hotelito de montaña por la borrasca Filomena.

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Al frente de su nueva novela, Coloquio de invierno, pone Luis Landero (Alburquerque, Badajoz, 1948) la nómina de los personajes. No es solo un modo de señalar cierta ideación teatral del relato, que también, ni un recurso algo novedoso, sino de una marca congruente con el carácter de la narración que se emparenta, según se alude enseguida, con el prestigioso y clásico modelo que junta a unas personas confinadas por razones forzosas, las cuales ocupan el tiempo muerto contando peripecias. Al estilo del Decamerón, de Boccaccio, o Los cuentos de Canterbury, de Chaucer.

Coloquio de invierno

Luis Landero

Tusquets, 2026
303 páginas. 21,90 €

La circunstancia que Landero imagina es una gran borrasca que, el 8 de enero de 2021, y durante dos días más, retiene en un hotelito de montaña, incomunicados, y sin cobertura para pasar el rato con sus móviles, a siete viajeros.

Allí están reunidos, juguetes del destino, un empleado de ferrocarriles jubilado, un profesor de diversas materias, un médico, un periodista con vocación de escritor, un comandante de Caballería y dos amigas, o algo más, una librera y la otra profesora de Filosofía. Los siete deciden distraerse conversando, contándose historias, según se hacía antaño. A ellos se agrega, con complacencia de los huéspedes, el matrimonio que regenta la hostería.

Llama la atención, en primer lugar, en qué medida absoluta se afirma la inclinación humana a contar. Cuatro necesidades apremiantes nos marcan: "trabajar, comer, procrear y contar". Lo dice un personaje, pero en ello vislumbramos la voz del propio Landero y reconocemos un rasgo capital de su literatura.

Por ello varios personajes –o el autor por su boca– insisten en el asunto: "Todos tenemos algo que contar", todos tenemos "alma de narradores", "si nos pasa algo, estamos deseando contarlo", nuestra especie "tiene una pasión incontenible" e "irrefrenable" a contar. Por otra parte, leemos, se aprende mucho si se escucha mucho.

Sostenidos los recluidos en esta creencia, la ponen en marcha y cada uno de ellos refiere algo de su experiencia personal, episodios unos de apariencia sencilla y otros aureolados de invención o de misterio. Así se va tejiendo un tapiz de historias que llega incluso a formar una muñeca rusa en la que dentro de una se contiene otra. Pero no se trata de un entretenimiento inocente. En esa "mesa de trucos", por decirlo con expresión cervantina, se abordan variedad de asuntos propicios al debate.

Quizás el amor se lleva la parte del león. Tan manido motivo alcanza en este Landero una fuerza reflexiva grande. Pertenece a esa serie de aspiraciones ideales de la vida –de "afanes", el término por excelencia del autor– que no llegan a cumplirse o que se consuman con mudanzas inevitables. Se retrata al amor como algo ideal e inalcanzable, como un espejismo. Y en las abundantes páginas que se le dedican se va devanando la madeja de las aspiraciones imposibles que derivan en fracaso o en desengaño.

La expresión aquilatada de entusiasmo y chasco revela a un Landero que trasmite con hondura y verdad, con clarividencia y sin patetismo desgarrado, su visión acerca de este sentimiento humano básico. Por eso estampa en el "coloquio" opiniones que apelan con intensidad al lector: idealismo y lujuria, amor y deseo no están reñidos, leemos. O, también, que "el deseo es lo más intenso y hermoso del erotismo y del amor". Lo cual no anula una percepción romántica del amor.

El amor –que, por cierto, también es "invención"– abre la puerta a una exploración general del "misterioso" mundo de los sentimientos. Y, como en un racimo de cuestiones relacionadas, los personajes razonan acerca de la seducción, los celos ("pasión autosuficiente"), la afición a las mujeres, el juego erótico, la belleza, la hermosura y la fealdad. O hablan, en este repertorio de inquietudes y determinantes de la especie humana, del destino, de la fragilidad de la vida, de la libertad, de la felicidad.

De modo que Coloquio de invierno tiene entidad de repositorio de ideas. Algunas generales: somos juguetes del destino, el carácter y la formación lo determinan, las personas no son del todo transparentes, la vida es una suma de momentos y a veces se desbarata, nos impulsa una tendencia negativa al proselitismo…

Otras, muy concretas: una de las desgracias de nuestro país es que "el español, ante el deber, si puede se escaquea". En fin, la novela alcanza a presentar la condición extraña de la vida como si se proyectara en una pantalla panorámica: "El alma humana, ¿quién la entiende? ¿Quién entiende la vida?".

Con un cálido fondo emocional, este 'Coloquio de invierno' se lee, además de con gran placer, con mucho interés

Tales observaciones e interrogantes de fondo existencial y filosófico se desprenden de la dinámica y versátil plática de los personajes, en quienes encontramos un continuado contraste de pareceres, de acuerdos y discrepancias, de matizaciones constantes. Nada más lejos de un sermonario o de rigideces dogmáticas.

De este modo, Landero presenta una novela de ideas, pero esparcidas con mucho cálculo en la trama de una narración vivaz, de una peripecia que se plantea y avanza con una gran pericia formal y, en buena medida, como reconocimiento y homenaje a las formas clásicas del relato. Lo expone el militar, pero asume, me parece, la querencia del propio Landero.

El comandante contará su caso –dice– de un modo claro, sobrio y exacto, sin rodeos ni disquisiciones interpuestas que oscurezcan el relato, sin golpes de efecto que busquen el lucimiento del artista.

No hay en Coloquio de invierno rebuscamientos, artificios formales o lucimientos del autor, en efecto, y sí una magnífica dosificación de las anécdotas que cuentan los personajes. La acción se suspende para dormir y continuar a la mañana siguiente.

La historia que se narra se parte en dos veces para mejor mantener la tensión. Las dos amigas cuentan el sucedido que les afecta a dos voces que se suplementan. Se interrumpen las historias con apostillas porque, según se indica en la propia charla, al igual que en los auténticos relatos orales, los comentarios de los oyentes forman parte de la narración.

Luis Landero aúna gusto por contar y destreza formal en este filandón moderno para ofrecer una meditación global sobre la naturaleza humana. Su alcance antropológico no quita ni una sustantiva amenidad ni un cálido fondo emocional, especialmente notable al apreciar valores del pasado –ese sentirse "forastero en el presente" de un personaje– por encima de los rasgos del mundo actual. Si a estas razones añadimos una nítida apuesta a favor de las relaciones humanas, el coloquio invernal se lee, además de con gran placer, con mucho interés.