Julian Barnes. Foto: Marzena Pogorzaly

Julian Barnes. Foto: Marzena Pogorzaly

Letras

Crítica de 'Despedidas', el nuevo libro de Julian Barnes: "Este es el principio del final"

El escritor británico mezcla autobiografía y ensayo en esta novela, una aceptación sobria, a veces irónica, del deterioro y la muerte.

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Un día Julian Barnes (Leicester, 1946) se quedó sin olfato. No fue algo dramático, sino un hecho casi doméstico (un virus), que él asumió con esa civilizada mezcla de ironía y resignación que lo caracteriza. Entonces, dice, quedó vedado para él cualquier "posible Momento Magdalena".

Despedidas

Julian Barnes

Traducción de Jaime Zulaika
Anagrama, 2026
216 páginas. 19,90 €

Pero también se le presentó la ocasión de hilvanar, como ocurre en uno de los múltiples saltos mortales con los que se entretiene en Despedidas, esa pérdida del olfato con la vejez y la muerte, los recuerdos y la inevitable y alargada sombra de Proust, la memoria involuntaria y algún otro protoproustiano en ese sentido, como Mallarmé (a quien, tras aspirar el aroma de "un seno ardoroso", se le representó el "vivo ensueño" de una isla paradisíaca).

Barnes le habla aquí al lector como a un viejo amigo del que tal vez toca ya despedirse. Juega con esta idea hasta el final de su libro, aunque conviene interpretarla como un gesto narrativo, no tanto como una declaración testamentaria. Barnes se dirige al lector con cortesía, mediante medidas alusiones que lo invitan a compartir este último viaje, que empezó con un diagnóstico de cáncer y una nota en su libreta: "Este es el principio del final".

El escritor tiene ochenta años, un tipo de leucemia que lo debilita, aunque no lo matará, y cada vez menos amigos vivos. Salen Martin Amis, Christopher Hitchens o la editora Carmen Callil, a la que dedica un homenaje sobrio y conmovedor. Apenas dos páginas le bastan a Barnes para añadir a Callil a la nutrida galería de mujeres fuertes, inteligentes y con un fino sentido del humor que entran y salen de muchos de sus libros. Jean, una de las protagonistas de esta historia, es otro buen ejemplo.

Barnes parece cansado, pero aún le gusta escribir. Es una actividad, confiesa, durante la que a veces se aburre a sí mismo, pero que aún le hace sentirse "más vivo y original" que cuando habla. Tal vez tema aburrir a los lectores, que a estas alturas ya saben que, con mayor o menor tino, él ya le ha cogido el truco a lo que escribe. A sus dudas, sus titubeos, a esa engañosa inseguridad.

Como en otros libros suyos ("esa cosa híbrida que tú haces", le dice el personaje de Jean al narrador Julian), el autor de El sentido de un final (novela que también incorporaba una meditación sobre la memoria) mezcla autobiografía y ensayo, con un relato novelesco en el corazón de la obra. La historia avanza entre digresiones, incisos, recuerdos que se corrigen o matizan entre sí.

El núcleo de la novela es la historia de Jean y Stephen, dos compañeros de universidad de Barnes cuya relación, que terminó cuando se enfrentaron al abismo de formalizarla ("o nos casamos o rompemos", se dijeron), propició el escritor. Tras un "agujero en el medio" de cuarenta años, Jean y Stephen, otra vez gracias a su amigo escritor, reanudan la relación y se casan. Pero la unión no soporta los estragos de la vejez. Ni el hecho de que él la quiera más de lo que ella está dispuesta a soportar a esas alturas.

Como resume Jean, el novelista es en este punto "un liante con las vidas ajenas", afirmación que vale tanto para su vida como para su literatura. Barnes, que les prometió que no escribiría nunca sobre ellos, se convierte en el depositario de las confidencias de los dos amigos, en un mediador reticente, no muy distinto a la narradora de los libros de Rachel Cusk.

Él mismo reconoce que acaba siendo para ellos una "caja de resonancia". En la historia de Jean y Stephen hay separación, muerte, despedidas. El final se integra sin dramatismos en el flujo natural del relato, con lo que el autor sugiere que todas las historias terminan del mismo modo.

Barnes perfila a sus personajes con unas pocas pinceladas; como otras veces, él mismo es el mejor definido, aunque no necesariamente el que mejor sale en la foto. Pero vemos con claridad a Jean, espontánea e inteligente, y a un Stephen más tontorrón y enamoradizo.

El hilo narrativo se rompe a menudo para introducir pasajes ensayísticos: sobre la literatura y su relación con la realidad ("a mi juicio no hay problema en falsear el contexto si uno respeta la veracidad central, fundamental, de la historia"), sobre la memoria ("sin ella no hay identidad").

Barnes es un narrador elegante, astuto, alérgico a la grandilocuencia. Aúna profundidad y forma y confía en la precisión

Otros temas se abordan mediante la narración de hechos, como la vejez (cuyo patetismo comparece a través de un registro corporal explícito, coherente con la obra de cualquier provecto practicante de alguna forma de autoficción) y la muerte (al hilo del fallecimiento de su mujer, protagonista de la formidable Niveles de vida, que se enfrentó a un diagnóstico fatal con "valerosa ecuanimidad").

Su clara conciencia de la literatura como artificio –aunque sus avances parezcan intuitivos: ese es tal vez su gran encanto– le lleva a Barnes no tanto a evitar los tópicos como a señalarlos, a exhibirlos antes de seguir adelante ("No, esto es paternalista, hasta cínico", se reprocha en un punto, para más tarde formular una serie de tópicos que quiere decir, pero no dice, aunque los escribe, etc.). Por este lado arroja valiosas lecciones sobre escritura.

Julian Barnes es un narrador elegante, astuto, alérgico a la grandilocuencia, con el precioso don de la naturalidad. Aúna profundidad y forma. Rehúye el énfasis y confía más en la precisión que en el impacto.

Despedidas no supone ninguna ruptura con obras anteriores; es una depuración de motivos ya conocidos, tal vez un punto final. "A medida que los escritores cumplen años –escribe–, una de dos: o se vuelven egocéntricamente expansivos, o piensan: contente y ve al grano".

La veta autobiográfica se nutre de sus diarios, sobre cuya utilidad también reflexiona: sugiere, como no podía ser de otra forma en él, que el diario sin "cocinar", en el que uno registra solo los momentos "infelices, desolados, mentirosos, envidiosos o mezquinos" es apenas un cúmulo ilegible de "ira y autocompasión". Y, por tanto, algo alejado por completo de la realidad (uno, en la época en que escribe los diarios, suele tener también sus momentos felices).

Habla de su juventud con ironía distante, indulgente, como cuando señala que en la universidad, al ponerse elegantes, no eran tanto una "versión más madura" de sí mismos como una "copia imperfecta de sus padres".

Despedidas no se inscribe ni mucho menos en la épica del final, sino en una aceptación sobria, a veces irónica, del deterioro y la muerte. Barnes sugiere que la literatura es, por encima de todo, una conversación que no ha de interrumpirse de golpe, sino que debe apagarse poco a poco, con elegancia y pudor.