Claudio Magris. Foto: Paolo Magris

Claudio Magris. Foto: Paolo Magris

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Crítica de 'Cruz del sur', el libro de Claudio Magris: las vidas apasionantes de tres europeos en el fin del mundo

El autor de 'El Danubio' se detiene en estas biografías desplazadas y reflexiona sobre la violencia ejercida en nombre de la civilización.

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Juan Benigar, "gringo esloveno, criollo araucano", parecía "un taciturno vaquero de wéstern y un intelectual musiliano". Ingeniero y lingüista, europeo y patagón, Benigar es uno de esos personajes que solo parecen existir en la literatura; en una, además, específicamente quijotesca. En su Zagreb natal estudió a los nativos de América del sur, en las antípodas geográficas de su casa, y terminó instalándose allí y convirtiendo esa civilización "en un espejo de su propio rostro".

Cruz del sur

Claudio Magris

Traducción de Pilar González Rodríguez
Anagrama, 2026
168 páginas. 19,90 €

El primer relato de Cruz del Sur, el nuevo libro de Claudio Magris (Trieste, 1939), está dedicado a él. En los otros dos se detiene en Orélie-Antoine de Tounens, un abogado francés que se autoproclamó rey de la Araucanía, y en Angela Vallese, una monja que entregó su vida a los indígenas de Tierra del Fuego. Los tres comparten destino, aunque no intenciones.

Sus vidas podrían pasar por meras extravagancias si no estuvieran narradas con la gravedad con que Magris se detiene en ellas. A los 86 años, el autor de El Danubio no cambia su modo de encarar la historia: habla de vidas desplazadas, al margen, que puedan iluminar las narraciones unívocas a las que conduce el paso del tiempo.

La primera cuenta, en principio, la peripecia de un emigrante entre muchos. Aunque pronto su historia se despliega en toda su excepcionalidad. A diferencia de los miles de europeos que cruzaron el océano en busca de éxito o seguridad, su búsqueda, según Magris, era existencial, "un viaje a través de la noche" en el que perseguía el destello de "una utópica Navidad en la tierra".

Su boda con Sheypuykin, una mujer mapuche con la que tuvo una descendencia de proporciones bíblicas, nos habla de su forma de ver e insertarse en un mundo ajeno sin recurrir a la dominación, sino a la convivencia.

"En su vida, Benigar no solo amó a sus dos esposas, a sus dieciséis hijos y a sus compañeros y amigos, eslovenos, araucanos y patagones, sino también las gramáticas, los diccionarios y las ordenadas jerarquías de los dioses araucanos", escribe Magris.

El pensamiento de este "hijo espiritual de la Patagonia", como se definía a sí mismo, queda sublimado en imponentes tratados como El indio araucano o La Patagonia piensa, a los que Magris acude para perfilar el personaje.

El triestino corrige ciertos imaginarios. Dice que Benigar fue, al contrario que los caciques de Salgari, un "cacique bueno", no por ingenuidad, sino por elección ética. Era el jefe, pero desde el poder intentó fundar en el gran sur "una comunidad justa, basada en el modelo de la debida armonía familiar y abierta a los demás".

En la segunda historia, la que dedica a Orélie-Antoine de Tounens, rey de la Araucanía y la Patagonia, Magris nos presenta a "un héroe de melodrama del siglo XIX, teatral y caricaturesco, propenso al patetismo y a los grandes gestos, en la frontera entre el drama y la opereta".

En su abordaje hay una mezcla de ironía y compasión. Orélie no es un simple loco –aunque después de su muerte despertara más interés en psiquiatras que en historiadores–, sino alguien que llevó al extremo la lógica de la utopía. Poseedor de una "idea demencial seguida de un comportamiento obstinadamente lógico", resulta ser un personaje enternecedor cuya monomanía le hizo impermeable a "las catástrofes, las derrotas y las humillaciones".

Magris resume la historia de la Araucanía, un territorio disputado y violento. Así se entiende mejor la génesis del nuevo reino, cuya Constitución, dice el autor, "es una obra maestra surrealista o dadaísta". El nuevo y vastísimo reino, que nunca sería reconocido por nadie, era una monarquía hereditaria pero constitucional, con aristócratas sin privilegios, un rey absoluto pero partidario del igualitarismo, un ministro de Estado imaginario y una población mayormente errante e imposible de censar.

Claudio Magris, con su estilo envolvente, convierte el ensayo en relato y la erudición en experiencia.

La mítica Ciudad de los Césares, con sus techos de oro y sus calles empedradas con diamantes, hubiera sido, dice Magris, su capital más propicia, dado el cariz ilusorio de todo el proyecto. Magris dedica a este reino legendario las páginas más sugerentes del libro, y aprovecha para hablar de la persistente tendencia humana a la mitología, a proyectar geografías ideales allá donde la realidad se vuelve insoportable.

Pero la historia de Orélie, que viajó por el mundo en una intensa e inútil labor diplomática, no termina con su muerte. Lo sigue una extravagante línea sucesoria que perdura hoy. De uno de los últimos herederos al trono, un tal Phillippe, hay retratos en los que se observa, dice Magris con ironía, a "un caballero que lleva la paradójica herencia con gran equilibrio, como si fuera una condecoración en el frac". Basta con googlear el nombre del reino para comprobar que es cierto.

La tercera historia es la más sombría. Magris habla de los yámanas, un pueblo de Tierra del Fuego del que solo quedan vestigios: palabras, relatos y un diccionario imposible, el Yamana-English Dictionary, que el reverendo Thomas Bridges elaboró mientras se extinguían. Allí llegó Angela Vallese, la monja piamontesa.

"Los vería morir poco a poco a puñados, pero no por ello dejaría de luchar contra la muerte, la estúpida muerte cruel", leemos. El libro adopta un tono elegíaco con la historia de Vallese, y se abre a una reflexión sobre la extinción cultural y la violencia ejercida en nombre de la civilización.

La monja completa el perfil de los que llegaron al cono sur con intenciones más nobles que los militares. Alejada del interés antropológico de Benigar y del aventurerismo de Orélie, ella llega a la Patagonia con un deseo sincero de mejorar la vida de los indios.

Su orden funda hospitales, talleres, escuelas. Reprueba el exterminio, las atrocidades cometidas por los europeos, pero es "laicamente ajena a cualquier estúpida ideología del buen salvaje". Sabe que los nativos pueden ser violentos y brutales, y aun así quiere ser "padre y madre" de los que se dejen.

Los nativos, dirá, "deben considerarse al mismo nivel que los civilizadores blancos, no iguales a ellos". Según Magris, la frase resume su forma de afrontar la misión: "Muy pocos han mirado a los indios de esta manera, atentos a la igualdad de derechos de las personas y a su peculiaridad irrepetible". Es hija de su tiempo pero refuta con sus actos las afirmaciones racistas de, por ejemplo, el diario de Darwin.

Magris, con su estilo envolvente y abigarrado, entre digresiones y asociaciones inesperadas, convierte el ensayo histórico en relato y la erudición en experiencia. Ahora que la historia de los pueblos indígenas tiende a leerse en clave de consignas, el gran autor italiano se hace cargo de la complejidad del pasado y lo lee sin presentismo.