Letras

Seis pistas hacia Delibes

Amigo personal y especialista en su obra, Darío Villanueva, exdirector de la RAE, nos descubre las seis claves para comprender la narrativa de Delibes

7 septiembre, 2020 01:19

En un prólogo de su Obra completa Delibes está hablando de la caza, pero aprovecha asimismo para definir, como quien no quiere la cosa, la esencia de su arte, “esos tres ingredientes que yo considero inexcusables para la novela: un Hombre, un Paisaje, y una Pasión”. En Diario de un cazador había consolidado ya los perfiles del primer pilar de toda novela: la persona. La humanidad de que se trata ha de ser verídica, genuina, e individualizada en personajes singulares. Destaca Delibes en algo sumamente difícil: la creación de protagonistas infantiles de una pieza, como lo son Daniel el Mochuelo de El camino, el Nini de Las ratas o Quico, El príncipe destronado. Cada uno a su aire, con su idiosincrasia inconfundible, contradictorios pero humanamente coherentes, nobles y egoístas, sensibles o pretenciosos, desgraciados o bienaventurados, Lorenzo, Mario y Carmen, Rubes, Adela y Paulina, Pacífico Pérez, Cipriano y Minervina, Paco, Régula y Azarías, Pedro y Jane, Desi o Eloy merecen figurar en el elenco mejor de nuestras letras contemporáneas.

El segundo camino es el paisaje, el espacio de la acción. Porque la esencia humanista la ha buscado el escritor en la naturaleza y el mundo rural. Complementariamente, en la pequeña capital de provincia. Nunca en la gran ciudad, que uniformiza a las personas. Son sus propias palabras: “me parecía que la urbe producía grupos de hombres iguales, indistintos; hombres en serie”. En castellano al hombre-masa se le puede calificar de borrego, y esa será la condición animal y gregaria a que la sociedad implacable condenará a Jacinto San José en La parábola del náufrago.

Mas la dimensión del paisaje tiene otra referencia inexcusable: Castilla y León. Un periodista le preguntó qué juicio lo halagaría más y Delibes contestó: “Con que, cuando se analice mi obra, dentro de equis años, se diga: ‘Acertó a pintar Castilla’”. Umbral afirmaba que Delibes había “desnoventayochizado” el campo castellano cuyos surcos, ribazos y veredas holló amorosamente.

Este es el teatro de las pasiones que nos pinta. Pasiones en plural, pues en cada personaje anidan una o varias de ellas. Pasiones sutiles o tremendas, pues este último rasgo está presente desde sus primeras obras y no cejará en las siguientes, pero doblemente humanizadoras por su simpleza y autenticidad. La mayor parte de ellas pueden calificarse de domésticas, pues tienen su ámbito preferentemente en la familia. Surgen de las relaciones entre personas afines, por lazos de sangre, de parentesco, de matrimonio, de vasallaje o, incluso, de pupilaje. Trenzan una tupida red entre hombres y mujeres, adultos y niños o adolescentes, que experimentan amores y odios, celos y recelos, envidias e impulsos sexuales, temores y venganzas, ideaciones místicas y pulsiones brutales. He ahí una de las claves de su éxito invariable con el público: la sabia elección de las pasiones que mueven a sus personajes cuya cabal plasmación literaria proporciona un ingente caudal de motivos para la empatía, para la identificación de los lectores.

Carlos Fuentes, uno de los escritores mexicanos que contribuyó más al éxito de la novelística hispanoamericana formuló en su día otra definición, “la novela es mito, lenguaje y estructura”, que yo no quisiera ver contrapuesta a la de Delibes.

Así como las tres claves iniciales aportadas por nuestro escritor miran a la novela realista del siglo XIX, las que añadimos con Fuentes parecen estar tomadas directamente del Ulises, a quien el novelista vallisoletano leyó tardíamente, pero cuya genialidad reconocía. “Joyce fue el que puso el cascabel al gato”, afirma Delibes, al tiempo que se pregunta: “¿No están ya en Joyce todas las innovaciones del momento?”. El mito, que el escritor irlandés toma de la Odisea homérica para actualizarlo en la contemporaneidad dublinesa del llamado “bloomsday”, fue también otro de los caminos abiertos a Delibes en dos direcciones.

Como la narración de un suceso acaecido en tiempos fundacionales y primigenios, pleno de significación religiosa o espiritual, gran parte de la novelística de Miguel Delibes está vertebrada por el mito de Caín y Abel. Así, desde La sombra del ciprés es alargada, en donde se describe una guerra inconcreta, hasta El hereje. Incluso en la paradisíaca Arcadia, fuera del mundo de las pasiones políticas, que nos describe El disputado voto del señor Cayo ha echado sus raíces el cainismo, y el protagonista odia a su único vecino, con lo que a la altura de 1978, desencadenado ya el proceso de la Transición, resurge el pesimismo de El príncipe destronado y Las guerras de nuestros antepasados.

Pero cuentan asimismo otras concepciones filosóficas como las formuladas por Lévi-Strauss y Barthes. El mito viene a ser, así, una forma de pensamiento, una configuración ideológica específica expresable en imágenes. En esa clave, el gran mito de Delibes es el del equilibrio consustancial a la Naturaleza, imprescindible para la plena realización del ser humano. Sus ideas al respecto están plasmadas a través de la gran mayoría de sus personajes y situaciones, y en textos teóricos como el discurso de ingreso en la RAE de 1975.

El que no precisa de muchas explicitaciones es el camino del lenguaje. Umbral destacaba en su maestro y amigo “una suerte de ventriloquismo literario, una fabulosa capacidad para poner voces”. De este modo Delibes no está haciendo más que anclar sus novelas en la fuente más genuina del género tal y como Bajtín nos hiciera ver. Los discursos novelísticos resultan de la interacción de varias voces, conciencias, puntos de vista y registros. El dialogismo de Delibes parte de su predilección hacia la novela de personaje, pues en la creación de cada uno de ellos, y en la verosimilitud de su traza, es fundamental el decoro lingüístico. Sus protagonistas son auténticos por sus pasiones, pero también por sus palabras. En definitiva, ellos son sus palabras, pues sus conductas están verbalizadas y, después de las novelas primerizas, el narrador pasa a un segundo plano, cuando no les cede la palabra para que la ejerzan en primera persona.

El sexto camino es el de la estructura. Con ella, en la novela, no sucede lo mismo que con la hermosa Mica de El camino, que según Roque el Moñigo “era la única persona del pueblo que tenía cutis”. Toda novela tiene estructura, pues la obra existe como tal en la medida en que al caos del mundo se le sobrepone una ordenación formal a través del lenguaje que lo haga significar. Con un proceso inicial de aprendizaje que él mismo reconoció con toda modestia, su carrera ha estado jalonada por sucesivos esfuerzos para perfeccionar el tratamiento y la resolución de las grandes cuestiones estructurales de la novela: las visiones, las voces, los tiempos.

Sí; cuando conmemoramos el centenario del escritor no albergo ninguna duda: persona, pasión, paisaje, pero también mito, estructura y lenguaje fueron los seis caminos de Delibes.