Toni-Morrison

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Letras

La eterna fuente de Toni Morrison

‘La fuente de la autoestima’ es un libro de ensayos, discursos y meditaciones, muchos de ellos inéditos, que supone quizá la más importante creación de la gran dama de la literatura estadounidense

17 febrero, 2020 07:36

La fuente de la autoestimaToni Morrison

Traducción de Carlos Mayor Ortega. Lumen. Barcelona, 2020. 464 páginas. 21,90 €

En 1982, cuando tenía 24 años y trabajaba como reportero para el Boston Globe, me mandaron a informar sobre la entrega del premio Mujer del Año que otorga la Sociedad Hasty Pudding de la Universidad de Harvard. En esa ocasión, el galardón recayó en Ella Fitzgerald. El acto tuvo lugar en un teatro abarrotado de estudiantes. Cuando Fitzgerald subió al estrado para dar las gracias, uno de los jóvenes exclamó: “¡Canta, Ella!”. Pronto, un coro de voces envolvió la sala. “¡Canta, Ella!”, gritaban.

Yo observaba la escena indignado. Fitzgerald ya había cantado. Se había pasado 40 años cantando. El día de la entrega del premio tenía 64 años, estaba débil, casi ciega, y la diabetes que habría de atormentarla ya había empezado a entorpecer su capacidad de hablar. Y esos chicos privilegiados querían que cantase. Cantad vosotros, imbéciles, pensaba yo.

Pero la Primera Dama de la Canción se acercó elegantemente al micrófono y cantó a capela unos versos de I’ve Got a Crush on You. A medio cantar se le olvidó la letra, luego la recordó, y acabó señalando a los estudiantes con el dedo y cantando "Te quiero … y a ti … y a ti…". Fue una locura maravillosa.

Treinta y siete años después sigo recordando la gentileza de Fitzgerald, su estilo. Era la Primera Dama de la Canción. Lo cual me trae a la mente a otra primera dama en su terreno. Toni Morrison (Lorain, Ohio, 1931-Nueva York, 2019), Nobel de Literatura en 1993. Yo nunca la conocí, pero tenía numerosas similitudes con Ella Fitzgerald. Igual que ella, ascendió desde sus humildes orígenes hasta la eminencia mundial. Como Fitzgerald, era intensamente celosa de su intimidad y también entregó hasta la última gota de su extraordinario talento e inteligencia al gran sueño americano. No al de las armas y las bombas que estallan en el aire, sino al otro, al de la paz mundial, la justicia, la armonía racial, el arte, la literatura, la música y el lenguaje, que nos enseña a ser libres envueltos en él. Todos los premios, todas las aclamaciones que recibió, fueron merecidos.

Y, sin embargo, antes de morir volvió a depositar una joya a nuestros pies. La fuente de la autoestima es un libro de ensayos, discursos y meditaciones; un recordatorio de que la vieja música sigue siendo la mejor, de que en esta época tumultuosa en la que el lenguaje vulgar se dispara a diestro y siniestro y el país se tambalea de crisis en crisis liderado por un presidente con la gracia de un cíclope y el cerebro del tamaño de un guisante, la fuerza, la calma, el poder y la belleza de las palabras ofrecidas de manera reflexiva, razonada y coherente siguen siendo portadoras de la imparable energía de mil martillazos. Ellas aplican el bálsamo de la rectitud que puede devolvernos el futuro. Este libro es una nueva demostración de que Morrison era algo más que la abanderada de la literatura estadounidense. Fue nuestra más grande cantante, y La fuente de la autoestima quizá sea su canción más importante.

'La fuente de la autoestima' es un libro de ensayos, discursos y meditaciones; un recordatorio de que la vieja música sigue siendo la mejor

Cierren los ojos y pidan un deseo. Deseen que una de las personas mejor informadas, más inteligentes y con más éxito de su profesión entre en el salón de su casa y le diga: “Esto es lo que he pensado”. Eso es La fuente de la autoestima. El libro está estructurado en tres partes: “El hogar del extranjero”, “Lo(s) negro(s) importa(n)” y “El lenguaje de Dios”. Cuarenta y tres reflexiones en total. Empieza con un emotivo homenaje a las víctimas del 11-S para luego desplegarse y entrar en cuestiones de arte, lengua e historia. Una de las piezas es un precioso elogio a James Baldwin en forma de poderoso discurso dirigido a Amnistía Internacional. Titulado “La lucha contra el error”, trata de la necesidad de “reforzar la lucha contra el fomento de la ignorancia, el silencio forzoso y las mentiras y sus metástasis”.

Otras son meditaciones sobre las ideas que hay detrás de algunas de sus primeras novelas importantes. En esta serie de estallidos de reflexión, la autora examina la historia mundial, la religión de la falda, la filosofía de la purga, el racismo, el antisemitismo, la femineidad, la guerra y los cuentos populares, salpicándolos de referencias a escritoras como Isak Dinesen. Hay incluso uno o dos chismorreos sobre su vida personal, tan celosamente protegida. Pero la verdadera magia reside en ver la mente y la imaginación de Morrison en acción, tan ágiles y fértiles como el jazz. De hecho, es a través del jazz como mejor se puede entender la potencia imaginativa y la maestría técnica que la creadora alcanzó a lo largo de su viaje literario. No se me ocurre ningún escritor, presente o pasado, que incorpore el jazz a su estilo con un resultado mejor.

Una manera de apreciar la suprema combinación de creatividad técnica y literaria de Morrison sin leer ni una palabra de sus libros es escuchar la versión sin editar que hace Nina Simone de la grabación de “Good Bait”, el tema que Count Basie hizo famoso. En la grabación, Simone, un genio de la música y la canción, no canta; solo toca el piano. Tras empezar con una maravillosa fuga improvisada a la que más adelante se unen el bajo y el batería,se desprende del trío y se lanza a interpretar en solitario una invención a contrapunto al estilo de Bach. Cierra el tema con un pujante desenlace sinfónico en la tradición de Beethoven después de haber viajado a través de tres cambios de clave y cuatro de compás. Esto no es jazz; es composición. Esto es también Toni Morrison.

Cabe mencionar que, en su juventud, Nina Simone participó en una audición para ser admitida en el Instituto Curtis de Música de Filadelfia, la principal institución musical de Estados Unidos. El instituto la rechazó, y ella nunca olvidó el desaire. Morrison tampoco fue nunca en su juventud la niña mimada del sector editorial o de ningún otro sector. Nació en Lorain, Ohio, en el seno de una familia de clase media-baja. Tras licenciarse en la Universidad Howard, tradicionalmente frecuentada por alumnos negros, y obtener un máster en Letras en Cornell, dio clases en dos Estados y crió a dos hijos como madre soltera antes de aceptar un empleo de editora en Nueva York, en el que dio a conocer a unos cuantos escritores negros de talento.

Toni Morrison fue nuestra gran dama de la literatura y la fuente de la autoestima, quizá su más importante creación

Su generosidad con los jóvenes autores es poco conocida fuera del sector, ya que ha permanecido oculta tras una personalidad tímida y cautelosa y un personaje práctico y directo. Hace años contó en una entrevista que, cuando era joven, trabajaba limpiando la casa de un blanco rico. Un día, su patrón le dijo a gritos que era una inútil. Morrison volvió a casa desolada. Su madre le dijo que dejara el trabajo, pero su padre, un empleado de la industria del acero, le dio un adusto consejo que Morrison nunca olvidó: “Ve a trabajar, coge tu dinero y vuelve a casa. Tú no vives allí”.

Me alegra que Morrison le hiciese caso. Antes creía que Dios la había creado para aquellos que no tienen voz; que se había arrodillado y había animado a una niña negra de Lorain, Ohoi, a que susurrase “quiero tener los ojos azules” a su amiga Chloe Wofford (su verdadero nombre), la cual, 30 años, dos niños, y un divorcio después, a los 39 años se sentó y clavó un alfiler en el globo de la supremacía blanca y en los siseos que siguieron a la creación de Ojos azules, uno de los más grandes sonetos de la literatura estadounidense. Pero ya no lo creo.

Toni Morrison no pertenece al Estados Unidos negro. Tampoco al Estados Unidos blanco. No es “una de nosotros”; es todos nosotros. No es un país; es todos los países. Su vida era un manual de instrucciones sobre cómo ser lo bastante humilde, pequeña, diminuta, gentil, grande y cordial para hacer lo que Ella Fitzgerald hizo en Harvard hace 36 años: ponerse a un público desconocido en la palma de la mano y decirle, “Te quiero … y a ti … y a ti …”. Querer a alguien. Ese es el mayor acto de democracia que pueda imaginarse. La más grande novela jamás escrita. ¿No es esa al fin y al cabo la razón por la que leemos?

© New York Times Book Review